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viernes, 26 de agosto de 2016

Breve historia del Astillero del Cantábrico

En el año 1855 se inaugura el ferrocarril de Langreo y con ello Gijón se coloca definitivamente en el camino de la industrialización. Con el ferrocarril llegará a la ciudad un aprovisionamiento económico y regular de carbones procedentes de Langreo y Siero. Gijón, con su pequeño puerto, se convierte en la vía de salida de buena parte de los carbones asturianos, creándose las condiciones necesarias para que en la ciudad se desarrolle una industria moderna. Todos aquellos sectores industriales que requieren grandes consumos de carbón tienen ahora la oportunidad de desarrollarse en la, hasta aquel momento, pequeña villa del Cantábrico.

La llegada de combustible provocó un rápido crecimiento en la ciudad del sector metalúrgico, un sector que desde el primer momento tropezó con dos importantes problemas: la insuficiencia de los capitales locales y regionales y la falta de técnicos.

En este ambiente de expansión se puso en marcha, en 1859, una pequeña fundición emplazada junto a la Puerta del Infante en lo que entonces era el límite de la ciudad. El nombre de la fundición, Hulton y Cía, pone de manifiesto la constante presencia de técnicos y capitales foráneos en estos primeros pasos de la industrialización gijonesa. Esta fábrica era una modesta instalación que daba trabajo a 24 obreros.

En 1861 la joven esposa del señor Hulton fallece acosada por la iglesia católica para su conversión, un caso este que traspasó nuestras fronteras y tuvo su eco en la prensa nacional. A partir de este momento dejamos de tener noticias del establecimiento hasta que a finales de la década, en 1868, se recoge en la publicación La Marina Española una referencia a la participación de una fundición gijonesa de los señores Cifuentes y Caveda en la exposición de París de 1867:

 “Es cierto que allí sólo se presentó una máquina de los Señores Cifuentes y Caveda, de Gijón, y algunos modelos, planos, dibujos y memorias de obras de puertos pertenecientes al Ministerio de Fomento”.

Por tanto creemos que en esta fecha la fundición ya había cambiado de manos, apareciendo Anselmo Cifuentes como uno de los propietarios. Podemos ya percibir con claridad la vocación de la empresa que parece desear orientar, al menos en parte, su trabajo hacia la fabricación de maquinaria para buques. Esta noticia pone de manifiesto también el escaso, casi nulo, desarrollo de la construcción naval en España y cómo Gijón, y la empresa de Cifuentes, estuvieron desde los primeros momentos comprometidos con esta actividad industrial. 
A comienzos de la década de 1870 la empresa aparece con el nombre Fundición Anselmo Cifuentes y sigue dedicándose a la fabricación de maquinaria y estructuras metálicas en general. La fábrica seguía en el mismo emplazamiento y disponía sus modestos talleres en torno a un pequeño patio.
A comienzos de la década de 1880 Anselmo Cifuentes decidió orientar la producción de su establecimiento a la construcción de barcos de vapor con casco metálico, para lo que adquirió en 1882 unos terrenos junto al mar, en el Natahoyo. En ellos pretendía instalar un pequeño astillero y construir un dique seco. En estas fechas los empresarios particulares dedicados a la construcción naval eran muy pocos, dado que la mayor parte de las compañías navieras seguían adquiriendo sus buques en Gran Bretaña y la inversión requerida para instalar un dique seco era cuantiosa y todavía con pocas garantías de éxito.
Aunque en 1885 el diario de Madrid El Imparcial esperaba que el comienzo de las obras del dique y los nuevos talleres fuera inminente, lo permisos de obra seguían sin emitirse. En 1886 la situación permanecía igual. De hecho, un cronista de la época sugería que los retrasos se debían a los enfrentamientos políticos dentro de la Villa.

Anselmo Cifuentes, dispuesto a alcanzar su sueño de orientar la producción de su establecimiento a la fabricación de vapores con casco de hierro, decidió emprender la construcción de un pequeño buque en su pequeño establecimiento de la Puerta del Infante. La falta de espacio le obligó a montar el barco fuera de la fábrica y a conducirlo posteriormente al mar, con ayuda de 40 bueyes, a través de las calles de la ciudad. En 1886 eran ya dos los buques construidos, pero los permisos de obra no acababan de llegar.
En 1888 comenzó por fin el traslado de los talleres a la playa del Natahoyo. La empresa cambió de nombre con la incorporación de un nuevo socio, que se encargaría de la dirección técnica: Cifuentes, Stoldtz y Cía (s. en c.). Además de nuevos talleres para las construcciones metálicas en general, construyó un dique seco, tarea compleja en aquellos años en la que se empleaban habitualmente un mínimo de 2 ó 3 años. El nuevo dique (de 87 metros de largo, por 14 de ancho y 5,20 de calado) se inauguró en 1892, fecha en la que el conjunto del establecimiento ocupaba unos 14.000 metros cuadrados, dando empleo a unos 150 trabajadores.

Para valorar bien la iniciativa de Anselmo Cifuentes y su nuevo socio, debemos tener presente que los primeros barcos de guerra realizados en España íntegramente de hierro, siguiendo modelos de otros buques encargados a los astilleros ingleses, tienen su origen en las R.O. de 1882 y 1883, que encargan estas construcciones a los astilleros reales de La Carraca, El Ferrol y Cartagena.
En el nuevo establecimiento de Cifuentes, Stoldtz y Cía. La construcción y reparación de buques debía ser una actividad fundamental, pero en combinación con la construcción de máquinas, calderas, grúas y materiales mineros. En este establecimiento se construyeron varias grúas de vapor para los muelles gijoneses, calderas para las fábricas de vidrio de Gijón y Avilés, materiales de vías y para planos inclinados de las explotaciones del Marqués de Comillas en Ujo, etc. De estos talleres salieron por tanto, buena parte de las construcciones metálicas de las industrias de la provincia.
En 1894 el diario El País publicaba esta referencia al establecimiento:

 “(…) la fábrica “El Dique” está recomendada en las guías de Gijón como uno de los centros fabriles dignos de verse, y es visitada por todos aquellos forasteros que no van solamente a darse tono y á lucir sus más o menos formas esculturales en la playa.”

Aunque Anselmo Cifuentes apenas pudo ver finalizada su obra al fallecer en 1892, la empresa continuó sus trabajos con éxito, alcanzando su momento álgido en la Exposición Gijonesa de 1899.


En enero de 1901 El Dique pasó a formar parte de la Sociedad Española de Construcciones Metálicas junto con la Maquinista Guipuzcoana de Beasain, los Talleres Zorroza de Bilbao y la Constancia de los Hermanos Caro de Linares. La nueva sociedad, con sede en Bilbao y oficinas y administración en Madrid, potenció los establecimientos de Beasain y Zorroza y construyó una nueva y moderna fábrica en Madrid, mientras que los establecimientos de Gijón y Linares apenas vieron modificadas, por el momento, sus instalaciones tradicionales.
En 1901 la superficie de la fábrica gijonesa llegaba a los 15.942 metros cuadrados que incluían un taller de calderería, un taller de fundición de hierro y bronce, un taller de modelos y el dique.

De la mano de la Sociedad Española de Construcciones Metálicas, el Dique continuó su actividad sin grandes cambios hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial. En estos años la construcción naval española generó un volumen de negocio tal, que muchas empresas de transformados metálicos desplazaron sus intereses hacia la fabricación de buques. Así en la bahía gijonesa la antigua Sociedad Riera y Cía se transforma en Astilleros Riera en 1917 y establece sus astilleros en la playa del Arbeyal. La Constructora Gijonesa, que había trabajado también ocasionalmente en la construcción de buques desde 1909, cede parte de sus instalaciones al Conde Mieres para impulsar la construcción de buques, dando paso a la nueva empresa Astilleros de Gijón.

Es en estos años cuando se ocupará intensamente el espacio marítimo de la ciudad, llegando incluso a establecerse una clara rivalidad entre las empresas por la apropiación de los espacios entre los muelles del Fomento y la Playa del Arbeyal. Los antiguos talleres del Dique quedaron en este momento limitados para una futura expansión: por el Oeste la Sociedad Industrial Asturiana ocupará 139.000 metros cuadrados entre el Dique y el monte Coroña; por el Este se establecieron los Astilleros de Gijón y por el Sur limitaba la expansión la carretera. 

Si a esto añadimos el río Cutis, canalizado al este del Dique, podemos comprender la penuria de espacios que afectó al astillero a partir de este momento. En 1918, aprovechando el auge de la construcción naval y teniendo en cuenta las limitaciones espaciales de las que hemos hablado, la Sociedad Española de Construcciones Metálicas instaló dos nuevas gradas para la construcción de buques y prolongó ligeramente el dique.

Al finalizar la Gran Guerra la construcción naval se contrajo, de forma tan repentina y acusada, que se produjeron cierres y despidos masivos en los astilleros españoles. La Sociedad Española de Construcciones Metálicas estaba atravesando serias dificultades económicas que la llevaron a cerrar parte de sus establecimientos.

En enero de 1924 parece probable que los talleres de El Dique gijonés estuvieran ya paralizados. En octubre de ese mismo año la Fábrica Moreda y Gijón alquiló los antiguos talleres de El Dique para instalar en ellos producciones metálicas orientadas al abastecimiento de materiales mineros.
En 1926 los Astilleros de Gijón, que habían conseguido sortear mejor la crisis, se hicieron cargo del antiguo Dique Seco, que seguía siendo propiedad de la Sociedad Española de Construcciones Metálicas. En estos astilleros se fabricaron un buen número de motonaves a comienzos de la década de 1930 que, como la mayor parte de la producción de los astilleros gijoneses estuvo orientada a abastecer a las empresas asturianas de pequeños buques para la navegación de cabotaje. En 1933 también los Astilleros de Gijón se ven afectados por la crisis económica que desde Estados Unidos se ha extendido por Europa y se ven obligados a cerrar sus instalaciones en marzo.

Apenas un año después, en 1934, aprovechando las antiguas instalaciones del Natahoyo, se pone en marcha una nueva empresa dedicada a la construcción naval: Astilleros del Cantábrico. En 1935 la empresa seguía realizando pequeñas obras, pero sin perder la esperanza de conseguir encargos de la Armada. Con el estallido de la Guerra Civil la actividad del astillero debió quedar prácticamente paralizada, pero las autoridades seguían mostrando interés por las antiguas instalaciones en las que la Consejería de Industria pretendía poner en marcha un astillero capaz para buques de 1.000 toneladas, pero teniendo en cuenta del desarrollo de la guerra esta iniciativa nunca llegó a ponerse en marcha.

Al terminar la Guerra Civil Duro Felguera se hará cargo de las instalaciones del antiguo Dique. En ese momento “las techumbres de los talleres estaban derruidas, las compuertas del Dique inutilizadas, la grada abandonada y muchas máquinas también inservibles”. La empresa se vio obligada a remodelar el astillero para ponerlo de nuevo en activo: se construyeron dos gradas de 80 y 90 metros respectivamente, se adquirieron grúas eléctricas y se electrificó la grúa todavía existente y se prolongó el dique hacia el norte 16 metros.

Esta remodelación de 1941 marcaría el límite de lo que podemos considerar el astillero histórico. Aunque no disponemos de un plano detallado correspondiente a dicha remodelación, podemos estudiar algunos de los componentes de las viejas instalaciones a través del plano de 1955. En él podemos observar no uno, sino dos diques, el más pequeño de los cuales ya ha desaparecido. También podemos ver que algunas de estas naves e instalaciones permanecen aún en pie en el mismo lugar en que se hallaban cuando se levantó en 1936 el plano de la figura 1 para señalar las gradas construidas en 1918.

Esta parte antigua del astillero, en la cual aún podemos ver naves construidas con muros de sillería del modo en que se hacía a finales de la década de 1880, es la que merece toda nuestra atención y la que debe ser preservada junto con parte de la maquinaria y el archivo que pueda conservarse.


sábado, 23 de julio de 2016

Exposición: paisajes del carbón (Museo del Pueblo de Asturias)


En 1916 la Sociedad Hulleras de Turón, que en 1890 se había constituido en Bilbao para abastecer de carbón a la boyante siderurgia vasca, encargó a un fotógrafo nacido en Madrid, de origen francés y con estudios primero en Bilbao y después en Gijón y Oviedo, unas fotografías del valle mierense de Turón, donde se acometían en aquel momento las obras de profundizacón del pozo Santa Bárbara.
Eran buenos tiempos para la minería, tanto que mientras se arrancaba la hulla del subsuelo iban naciendo viviendas de obreros, hospital, lavadero, economato o una central termoeléctrica de la mano de la propia compañía, que ejercía ese paternalismo industrial que también se advierte en otros espacios como Bustiello. Se iba, en definitiva, transformando el paisaje rural para adaptarse a aquellos tiempos en los que, en plena I Guerra Mundial, el carbón asturiano abastecía a la desabastecida Europa.
Todo ese pasado se hace presente en la exposición que se inauguró ayer en el Museo del Pueblo de Asturias y que recoge catorce fotografías de Luis Vallet de Montano (Madrid, 1858-Oviedo, h. 1936), reveladoras por diferentes razones. En primer lugar, como se encargaba de destacar el director del museo gijonés, Juaco López, por la propia calidad de las imágenes, tanto desde el punto de vista fotográfico como en lo que a su conservación y tamaño se refiere. Pero es que además son un testimonio y retrato fiel de aquel ayer hoy prácticamente desaparecido, porque muy poco se conserva ya de lo que esas fotos recogen en sepia. Y en la propia exposición se advierte ese cambio, puesto que se presentan instantáneas actuales de esos mismos enclaves captadas por Roberto Álvarez Espinedo.
La muestra se complementa con un estudio realizado por María Fernanda Fernández sobre la Sociedad Hulleras de Turón y la minería en el valle de Turón y de Francisco Crabiffosse sobre el fotógrafo Luis Vallet de Montano, que en breve estará disponible en la web del museo. A la inauguración de la exposición asistió, además de la concejala de Cultura de Gijón, Montserrat López, el alcalde de Mieres, Aníbal Vázquez. Ambos escucharon los temas interpretados para la ocasión por el Coro Minero de Turón.
Precio de entrada
- Tarjeta ciudanana: gratuito
- General: 2.50
- Reducida: 1.40
Fuente: El Comercio

lunes, 4 de julio de 2016

La Plazuela de San Miguel (Gijón)

(C) El cuaderno del geografo
 La Plazuela de San Miguel, toma el nombre de Evaristo San Miguel, militar liberal gijonés, que llegó a ser Capitán General de Aragón y Ministro durante la regencia de Espartero, y que hoy aparece homenajeado en un busto del centro del parque que fue instalado en 1922.
Para encontrar el origen de este pequeño pulmón hay que remontarse hasta 1868, año de su trazado sobre la punta de estrella más oriental de la fortificación que ciñó el perímetro de la ciudad con motivo de la guerra carlista. Desde 1909 se cerró a la circulación rodada en su andén central y apenas sufrió más modificaciones hasta 1946 cuando las obras de urbanización propiciaron el retiro de su arbolado original compuesto por olmos. Entonces se conservaron un par de palmeras y se plantaron
algunos Castaños de Indias. Para completar el resto de los huecos que dejaron los viejos árboles también se incluyeron tilos holandeses, que todavía están presentes en hileras paralelas, ciruelos rojos y drácenas. Así mismo, los jardines fueron sometidos a un vistoso diseño geométrico a base de setos podados por el jardinero Manuel Marco quien también abrió praderas y añadió notas florales. La renovación de la plaza se completó con la instalación de un kiosco de trazas racionalistas, protegido igualmente dentro del Catálogo Urbanístico.
 A la vista del gijonés que pasea a pie, el dibujo de la plaza parece inalterado desde su creación, algo que puede deberse a su estratégica situación a caballo entre la ciudad histórica y el ensanche, y al interesante legado arquitectónico que la envuelve y que ha convertido este lugar en una de las zonas más céntricas y valoradas de la ciudad.

La Quinta del Infanzón o Quinta de Duro (Gijón)

(C) La buena pitanza 
La Quinta del Infanzón o Quinta de Duro se encuentra en la parroquia de Cabueñes, Gijón.  Se trata de un típico conjunto de casa, jardín y campo de labor que en esta zona recibe el nombre de Quinta, realizado a finales del S. XVIII sobre una edificación principal más antigua (del S. XVII) y una finca de labor. En esa época las clases pudientes de la ciudad comenzaron a realizar en su entorno cercano conjuntos de Quintas formadas por jardines, tierras de labor, casas principales y de criados, con el fin de utilizar esos jardines y casas principales como lugares de esparcimiento y excursión de día. De esa época son los espléndidos ejemplares de coníferas. En la primera mitad del S. XIX, la finca fue adquirida por D. Pedro Duro, magnate de la industria siderúrgica asturiana que hacia 1.870 modernizó y amplió considerablemente el edificio principal dotándolo de una bonita columnata en su fachada sur, con vistas a su utilización de forma permanente durante los largos veraneos de las clases pudientes de la época. 

El edificio original fue transformado a mediados del siglo XIX en una quinta de recreo al gusto de la época. En épocas muy recientesha sido objeto de rehabilitación por parte de sus propietarios para permitir su uso terciario, manteniendo con acierto el encanto del edificio original.

El jardín, de influencia inglesa, está compuesto por ejemplares de nogal, secuoya, cedro del Líbano y del Himalaya, palmera, roble, magnolio chino, fresno, pino piñonero, tejo, castaño, falso ciprés de Lawson, avellano turco, pino de Servia, falsa acacia, bananero, pino de Monterrey, níspero, encina, alcornoque, higuera, arce noruego, laurel, ciruelo japonés, tilo, plátano de sombra, acebo, palmera de Fortune, circe o árbol del amor, peral, mimosa, manzano cerezo, gingko y castaño de Indias, la mayoría centenarias y con un porte excepcional. Otras especies son las hortensias, bambúes, bojes recortados, plantas de temporada y adornos florales. La estatuaria del jardín está compuesta por monumentales jarrones, una estatua alegórica de la Fe hecha artesanalmente en piedra, otra de un niño montado sobre un pez, originaria de Guadalajara y que es utilizada como adorno de la fuente principal, y otra en la trasera de la casa principal titulada “El Herrero” y hecha por el artista Mariano Benlliure (1862-1947). Desde Pedro Duro, ha sido una propiedad familiar y siempre ha estado habitada, utilizándose principalmente como casa de veraneo. Hoy, tras cinco generaciones familiares, Manuela y Carlos, junto con sus hijos Germán, Jesús y Pablo regentan un hotel con encanto conocido como Hotel Quinta de Duro.


jueves, 9 de junio de 2016

Asturias independiente y Gijón Capital

Hubo un tiempo en el que Asturias fue independiente y tuvo su capital en Gijón. Sucedió entre el verano y el otoño de 1937, en plena guerra civil española y con Asturias convertida en una ínsula republicana en el Norte del país. En respuesta al aislamiento, cuando ya habían caído Santander y Bilbao en manos nacionales, se proclamó el Consejo Soberano de Asturias y León. El próximo sábado se cumplen 75 años de aquel día.

«El Consejo Interprovincial de Asturias y León (...) cree llegado el momento de asumir la plena responsabilidad del mando soberano en el territorio de su autoridad», quedó escrito en el decreto aprobado en Gijón «a veinticuatro horas del día veinticuatro» (entró en vigor el 25), en el que se dice en las primeras líneas el porqué de las cosas: «Quien repase en su memoria hechos históricos hallará confirmación de que una ciudad sitiada asumió siempre la integridad de su responsabilidad».
Eso ocurría en Asturias. La situación era dramática. No había, tal y como detalla el documento, división entre lo civil y lo militar, porque todo en Asturias y las áreas leonesas de Pajares y la comarca de Babia eran únicamente frente. Pero, pese a esas circunstancias de incomunicación con el mando republicano y la imposibilidad de recibir refuerzos, no gustó en exceso al Gobierno de Azaña esa declaración de independencia que convertía en Soberano al que hasta entonces había sido Consejo Interprovincial de Asturias y León. Fueron éstos los órganos creados por el Gobierno republicano para administrar los territorios tras el levantamiento de Franco en 1936.

Al frente del asturiano -con y sin soberanía-, Belarmino Tomás (1892-1950), socialista de Sama por el que tampoco sentía especial simpatía Manuel Azaña y al que llamó a consultas a Valencia -no acudió- tras la proclamación de la 'independencia'. Muy vinculado a la figura de Manuel Llaneza -trabajaron juntos en el pozo Fondón-y a la lucha sindical, se implicó en la Revolución de Octubre del 34 y acabó siendo encarcelado. Luego, ya en 1936, se convirtió en diputado electo del Frente Popular. Fallecido en México en el exilio, Tomás fue el líder de un Consejo Soberano que tuvo los días contados, pero que incluso llegó a acuñar sus propios sellos y papel moneda. De hecho, fue él precisamente quien bautizó como 'belarminos' a los billetes que se emitieron en la época -no solo durante la época del Consejo Soberano sino también cuando era territorial-.

Fueron meses fatigosos, de batallas muy duras para tratar de mantener el Frente Norte en manos republicanas, pero acabaron siendo, dos meses después de la proclamación del Consejo Soberano, batallas perdidas.

El 20 de octubre de 1937, el ejército nacional toma Gijón y el Consejo se ahoga en las aguas del puerto de El Musel. Ese mismo día se celebró la última reunión del Consejo Soberano, encabezada por el coronel Prada, en una situación tremendamente comprometida: «Nos ha derrotado la aviación y pretender resistir es inútil. No cabe más que el repliegue si se quiere salvar parte del Ejército», quedó escrito que dijo el mando militar, que con anterioridad había anunciado que en Gijón aguardaban los barcos que podrían realizar la evacuación. Se trata de embarcaciones capaces de trasladar entre 50.000 y 60.000 personas. Esa reunión se producía a mediodía. Y a primera hora de la tarde comenzó una evacuación polémica que dejó en tierra a muchos afines a la República que acabarían convirtiéndose en represaliados justo al día siguiente, el 21 de octubre, cuando el ejercito nacional asumió el mando de Gijón.

Fuente: el Comercio

viernes, 3 de junio de 2016

Breve historia de la plaza de toros El Bibio de Gijón

Del circo taurino de la carretera de Villaviciosa a los 125 años de su construcción, entre el 2 de enero y el 12 de agosto de 1888

Por estas fechas, hace 125 años, cuadrillas de obreros se afanaban en levantar el que sería el mayor inmueble que viera hasta entonces la villa: una plaza de toros permanente, la primera en la historia de Gijón, levantada sobre unos terrenos de los arrabales orientales de la población, entre la carretera de Villaviciosa y la calle de Ezcurdia, en un lugar denominado El Bibio, posiblemente derivado del término latino bivium (bifurcación, cruce de caminos).
El edificio se diseñó con una capacidad para diez mil espectadores, todos sentados, cuando la población de Gijón era de veinte mil almas. Es decir, la mitad de los vecinos de la villa cabían en el interior de la vistosa y elegante plaza de toros de estilo neomudéjar, con sus fachadas encaladas y de ladrillo caravista.

La primera piedra del coso se había puesto el 2 de enero de 1888, con planos del arquitecto Ignacio Velasco y con el compromiso de la empresa adjudicataria de las obras, Canosa y Goyanes, de tener terminada la plaza para la feria agosteña del mismo año. Así fue. La plaza de toros de El Bibio se inauguró el 12 de agosto de 1888 como un atractivo indudable para la captación de veraneantes.

Y es que la década de los años ochenta del siglo XIX supuso la puesta de largo de Gijón como una urbe moderna, en medio de una potente industrialización y con las miradas puestas en la construcción del gran puerto de refugio de Asturias. Al año siguiente de la inauguración de la plaza de toros, también en el mes de agosto, llegó el agua corriente a la villa con la traída desde el manantial de Llantones, lo que propició la creación del cuerpo municipal de bomberos.

En cuanto a los transportes públicos, también en 1889 se constituyó la sociedad anónima Compañía de Tranvías de Gijón, cuya primera línea entró en servicio en 1890 precisamente para enlazar el centro de la población con La Guía (más tarde con Somió) y articular la nueva zona de esparcimiento y ocio que pivotaba sobre el recinto de Los Campos Elíseos y la plaza de toros de El Bibio.

Tampoco hay que olvidar que en un primer momento los impulsores del proyecto de Los Campos Elíseos (inaugurado como teatro-circo Obdulia en agosto de 1876 y con capacidad para unos 3.500 espectadores) pensaron en levantar una plaza de toros, que luego descartaron, por lo que la idea se retomó en 1887 «cuando unos cuantos gijoneses decidieron que Gijón tuviera plaza de toros, constituyendo, al efecto, una entidad titulada Sociedad Plaza de Toros de Gijón. Como presidente figuraba don Florencio Rodríguez (un indiano que había hecho fortuna en Cuba, nacido en Pola de Siero, creador también del Banco de Gijón) y, como secretario, don Aquilino Suárez Infiesta» («Pequeñas historias de Gijón. Del archivo de un periodista», de Joaquín Alonso Bonet).

Precisamente en el diario local «La Prensa», que dirigió Alonso Bonet, el 15 de agosto de 1931, en su sección «Minucias trascendentales», Pachín de Melás (Emilio Robles Muñiz), se refería a la historia de las corridas de toros en Gijón, citando que el primer festejo había tenido lugar en 1660 durante las fiestas en honor de San Pedro. Y «tanto gustó el festejo -escribió Pachín de Melás- que desde aquella fecha vinieron celebrándose bastantes años. Para esto, se tomaba la precaución de ajustar con el abastecedor de carnes, el compromiso de surtir de dos o tres toros buenos. Por el trabajo de buscarlos, encerrarlos y darles suelta el día de la corrida, se le daban doscientos reales, con el derecho, a una vez muertos, vender la carne dos maravedises más cara».

Tras los primeros tiempos de festejos taurinos en improvisados recintos la costumbre se perdió hasta mediado el siglo XIX. En el Archivo Municipal de la Torre del Reloj se guardan los carteles anunciadores de las tres corridas de toros que se dieron en Gijón los días 22, 24 y 25 de agosto de 1861 y la del 15 de agosto de 1862.

Cuenta en su artículo Pachín de Melás que «contra el parecer de muchos, un grupo de amigos gijoneses construyó una plaza de madera en Begoña, cerca del kiosco de la música, lindando con lo que es hoy la calle de San Bernardo». En el cartel de la corrida del 15 de agosto de 1862 se observa que era «la primera de las tres anunciadas», así como que se prohibía al público, «por orden de la Autoridad, arrojar piedras, cáscaras, ni otra cosa que pueda perjudicar a los lidiadores».

El inicio del festejo taurino se anunciaba para las cuatro y media de la tarde y se advertía: «Al concluir la lidia del tercer toro, y antes de la salida del cuarto, se rifarán los dos toros que la empresa regala a los concurrentes, siendo premiados los dos primeros números».

La plaza de El Bibio tuvo que ser reconstruida por los grandes daños que sufrió durante la Guerra Civil y a finales de la década de los años noventa del siglo XX el Ayuntamiento, propietario del inmueble desde 1951, acometió una casi completa rehabilitación del recinto, que es bien de interés cultural.

Pero de los pormenores del circo taurino local se está ocupando Juan Martín Merino, «Juanele», quien está a punto de entregar a la imprenta su próximo libro, que lleva por título: «Plaza de toros El Bibio, Gijón. 125 años de historia, 1888-2013».

domingo, 29 de mayo de 2016

Teatro-Circo Obdulia (Cine Los Campos Elíseos) de Gijón

El 9 de febrero de 2013 se cumplen 50 años desde el que el Cine Campos Elíseos cerrase sus puertas definitivamente. Año y medio después sería demolido para dar paso a un gran edificio de viviendas. Pero este cine dejó su impronta en la historia gijonesa, pues fueron muchísimos los ciudadanos que lo pudieron disfrutar y llegó a transmitir su nombre a la zona de La Arena en la que se ubicó. La antaño conocida como área de La Florida, quedará bautizada para siempre como Los Campos gracias a él. Incluso, un colegio lleva su nombre.
Todo comenzó en 1873, cuando el Ayuntamiento presidido por Eladio Carreño Valdés otorgó una concesión por 99 años a Antonio San Pedro, Florencio Valdés y Ángel Rendueles para la realización de espectáculos. Era un terreno de 500.000 pies cuadrados de extensión y las obras se presupuestaban en 500.000 pesetas.
Uno de los artífices del proyecto arquitectónico fue Juan Díaz, que rechazó percibir compensación económica alguna por el trabajo. Los propietarios decidieron llamar al edificio con el nombre de la hija de Díaz. Nacía el Teatro-Circo Obdulia. Su inauguración tuvo lugar el 13 de agosto de 1876, con un espectáculo ecuestre, y al junio siguiente, con el inicio de las representaciones teatrales, acudieron personalidades como la Infanta Isabel.
Al inicio de la década de 1930, se hizo cargo del local el empresario Isaac Fraga Penedo, quien potenció las instalaciones ya como Cine Campos Elíseos. Y es que la relación del local, que era capaz de albergar a 3.500 personas, con el mundo del celuloide comenzó muy pronto. Concebido como circo y teatro, en 1899 albergaba una de las cuatro exposiciones regionales que acogió y ya se proyectó la primera película, realizada por el gijonés Arturo Truán y Vaamonde. En 1925 se proyectó también el largometraje 'Asturias' y en los años 1930, con la implantación de las películas sonoras, pasaría a denominarse de forma definitiva Cine Campos Elíseos.
Pero por su tablas pasaron mucho más que películas, obras de teatro o atracciones circenses. El congreso de la CNT de 1937, el homenaje a Melquiades Álvarez y numerosos mítines y actos políticos congregaron a cientos de gijoneses que tenían al cine como uno de sus puntos de encuentro más importantes.
Arquitectónicamente, se trataba de una estructura circular que determinaba también el trazado anular del escenario y las localidades del público. Contaba con 680 butacas, 45 palcos y 1.200 asientos de galería y paseo, llamados coloquialmente 'el gallineru', que no estaban numerados, por lo que era preciso llegar con tiempo para encontrar un sitio que permitiera eludir las columnas.
En 1963 el Ayuntamiento decretó el cierre del cine, cuando tenía una plantilla de más de 30 personas, a las que hubo que indemnizar con 15.000 pesetas. En el cierre pudo influir que en la parte posterior hubiera un cuartel de la Guardia Civil, en el que había un importante polvorín. Algunas de las figuras que adornaban el inmueble aún se pueden ver en Las Mestas y en el parque de Isabel la Católica.

Breve historia de la Plazuela de San Miguel (Gijón)

Tras las décadas de destrucción consciente y masiva de la trama urbana histórica de Gijón, una zona de la villa se salvó, en parte, del desatino desarrollista alocado y especulativo. Esa zona de la vieja ciudad está ceñida a la plaza dedicada a uno de los prohombres gijoneses: el general Evaristo Fernández de San Miguel y Valledor (Gijón, 1785-Madrid, 1862), militar reformista, político, masón, filántropo, historiador, fundador de cuatro periódicos y para la reina Isabel II una persona entrañable, ya que no en vano salvó a la monarquía borbónica de perecer durante la primera parte del convulso siglo XIX español. Un personaje que, según el periodista valdesano Honorio Feito Rodríguez, quien en 1995 escribió la primera biografía de San Miguel, fue «hasta el siglo XIX el político más importante, después de Jovellanos, que dio Asturias».

Pero volvamos al urbanismo de la vieja Plazuela, ahora que el quiosco levantado a mediados de los años cuarenta cambió de usos, cuestiones judiciales al margen, y la prensa dejó paso a los vermús. A mediados del siglo XIX, cuando la villa despertó a la industrialización y se consideró que las fortificaciones levantadas entre las playas de San Lorenzo y de Pando ya eran un estorbo, comenzó a fraguarse la idea de extender la trama urbana hacia el Este, terrenos que acabaron por convertirse en el llamado ensanche del Arenal.


«Ya el alcalde corregidor, don Andrés de Capua, inició en 1850 un gran proyecto de ensanche de la villa y urbanización de la barriada; pero el plan quedó paralizado. Quien vino a sacarlo de su estancamiento fue el Marqués de Casa Valdés», cuenta el periodista Joaquín Alonso Bonet en uno de los capítulos de su libro «Biografía de la villa y puerto de Gijón (primera parte)», editado en 1970.


El citado marqués (Félix Valdés de los Ríos), que da nombre desde 1875 a la calle que articula junto con la de Uría la comunicación del ensanche del Arenal, se comprometió con el Ayuntamiento, naturalmente para buscar beneficios económicos, «a limpiar la antigua dársena (del puerto viejo) y rellenar, con los materiales extraídos, la gran marisma que circunda la playa de San Lorenzo», relata Bonet en «Pequeñas historias de Gijón. Del archivo de un periodista» (1969).


Pero sería el gijonés Celestino Junquera, enriquecido en la entonces Cuba española, quien diera el impulso urbanístico definitivo al Arenal. Volvemos al anteriormente citado libro de Bonet: «Adquirió las huertas llamadas del Balagón, que desembocan en la calle de Uría, y, a vueltas con estas propiedades, llegó a concebir la idea de una gran plaza que fuese centro de uno de los más populosos núcleos de la urbe gijonesa (...) Algo semejante, claro que guardando las distancias, a la Puerta del Sol madrileña. Y levantó dos edificios, a uno y otro lado de la citada calle, dando a las fachadas cierta curvatura que pudiera servir de norma para nuevas construcciones, propias de una plaza elíptica. De este modo se inició la que había de ser plaza de don Evaristo San Miguel».


El plano definitivo del ensanche, que data del año 1867 e incluye la plaza elíptica, se debe a los arquitectos Lucas María Palacios y Juan Díaz, así como al ingeniero militar Francisco García de los Ríos. Pocos años antes, Lucas María Palacios y Luis de Céspedes habían sido los autores del proyecto de la Casa Consistorial de la plaza Mayor, tras modificar el original de Andrés Coello. La plaza elíptica se construyó a tenor de lo planeado, pero hubo que esperar varios años para solventar el problema de las fortificaciones que cerraban la villa, hasta 1876, cuando el Senado aprobó el proyecto de ley que autorizaba la demolición de la cerca en forma de estrella.


Con el correr de los años, el domingo 17 de diciembre de 1922, se inauguró el busto del general San Miguel en la plaza que ya llevaba su nombre. «El pedestal es sencillo y severo, y dentro de las escasas dimensiones del busto se le ha dado la mayor majestad posible, apareciendo el general San Miguel sobre el mármol en forma que, sin ser imponente, resulta suficiente para que pueda destacarse dentro de la plaza» (diario «La Prensa», 19 de diciembre de 1922).



En cuanto al quiosco ahora remodelado para usos hosteleros, figura en el «Catálogo urbanístico de Gijón» como un proyecto del arquitecto Manuel García Rodríguez de «hacia 1946» y de «influencia racionalista». García Rodríguez y Joaquín Ortiz diseñaron, en 1935, el edificio racionalista que preside la Plazuela con fachadas a las calles de Capua y de Menéndez Valdés, cuyas obras acabaron en 1946.

jueves, 12 de mayo de 2016

Cristasa (Gijón)


Por encargo del Ayto de Gijón se realiza el proyecto de rehabilitación y adecuación como hotel industrial de una parte del conjunto de inmuebles de Cristasa, situados en La Calzada. La edificación ocupa la totalidad de la manzana delimitada por las calles Avenida de La Argentina, Alejandro Farnesio, Gran Capitán y Juan de Austria. Del conjunto de edificios que conforman el inmueble solo se plantea la rehabilitación y adecuación de la nave principal y de la nave secundaria que acomete longitudinalmente a la principal. El resto será demolido y se convertirá en zona verde. Según la Memoria del proyecto no existen datos fidedignos acerca de la construcción de la nave principal, pero estas mismas fuentes han podido constatar que en 1910 estaba ocupada por la Sociedad “J. Ramírez y Compañía” destinada a la fabricación de vidrio hueco. Parece ser que durante los años de la guerra civil, dicha nave se acondicionó como hospital militar, aunque no existe documentación al respecto. El 23 de Junio de 1947 se instaló en dicha nave la Sociedad Anónima Cristasa, constituida en Madrid, cuyo objetivo era la fabricación de vidrio y cristal en las variedades de plano, hueco, doblado y prensado. Las ventajas locacionales del edificio fueron el motivo de elección para su compra por parte de la Sociedad, en concreto la proximidad a materias primas y productos auxiliares y la cercanía del puerto. En Marzo de 1952 los inmuebles de Cristasa pasan a ser propiedad de D. Nicanor Noval Hevia, natural de Gijón, Armador de Buques y propietario de diversos negocios de carbón y maderas. En el momento de acometerse el Plan de rehabilitación el conjunto está deteriorado, si bien está ocupado en algunas de sus dependencias por una docena de empresas principalmente del ramo del metal. La rehabilitación fue realizada por el equipo de arquitectos formado por Javier Uría de la Fuente, Indalecio Prendes y Fernando Meneses. 

Fuente: Gijon.es

Edificio del antiguo compleo industrial Gijón Fabril

 Edificio de planta rectangular y cubierta a cuatro aguas, con dos pisos de altura y buhardilla con vanos en mansarda. La fábrica original era una estructura de mampostería y ladrillo con elementos de fundición. Ha sido restaurado recientemente. Está distribuido en tres volúmenes, siendo el central un amplio hueco de acceso cubierto, originalmente realizado a través de un tejado con luceras sustentado por medio de vigas metálicas, mientras que los dos volúmenes laterales que lo flanquean están planteados como espacios tradicionales para oficinas, estando los paños murarios distribuidos en dos pisos, visible a partir de la distribución de los amplios vanos, y mucho más acusados por línea de imposta en la fachada central. Originalmente estaba destinado a oficinas y viviendas del personal directivo de un complejo industrial denominado Gijón Fabril, que se construyó en el lugar a principios del siglo XX. Estaba dedicado a la fabricación de vidrio hueco y fue también fábrica de harinas. 

Fuente: Gijon.es

Faro de Cabo Torres (Gijón)



El Faro de Torres, de cuarto orden y cuya construcción data de 1923, está ubicado en un saliente del tramo final del Cabo Torres, del que recibe su nombre, entre las puntas Grande y Pequeña. Se compone de edificio y torre. El primero, de planta rectangular con dos pisos de altura habilitado como viviendas, con garaje y almacén, éste último espacio destinado originalmente a carbonera. Adosada al mismo, una torre de sección troncopiramidal y planta octogonal, orientada al NNE, que remata en linterna cilíndrica con ocho cristales. Un sistema de rotación con pesos, hace girar la luz blanca intermitente, con grupos de dos destellos y con alcance de 36 millas en días claros y 16 en brumosos. Fue electrificado en 1936, instalándose además una sirena para nieblas, que posteriormente fue sustituida por otra más moderna. Se ha restaurado en el 2005 como sala de exposiciones y biblioteca arqueológica.

Fuente: Gijon.es

Estación de ferrocarril de Sotiello (Gijón)

Edificio principal de la estación en la localidad de Sotiello, de la línea Sama-Gijón del Ferrocarril de Langreo, calificada de tercer orden. Se trata de un edificio de planta rectangular con cubierta a cuatro aguas y dos pisos, y disposición regular y simétrica de vanos, adintelados en el piso superior y rematados en arco de medio punto en el inferior. Presenta una tipología de estación siguiendo modelos ingleses, de construcción en lateral y paralelo al trazado ferroviario. La planta superior tenía la función de vivienda del jefe de estación, mientras que la inferior estaba destinada al servicio de ferrocarril, por lo que se distribuía el espacio en sala de pasajeros y mercancías, despacho y oficinas, cocina y dormitorio para el caminero y guarda del paso a nivel. Forma parte de un amplio conjunto de edificios y anejos, almacenes, casetas de enclavamiento, cocheras, que completan una estación del ferrocarril minero en esta localidad, que es la más importante del ramal Sotiello-Musel. Data de 1907.

Fuente: Gijón.es

jueves, 7 de abril de 2016

Villa Josefina (Gijón)

Villa Josefina es una edificación de José Garcia Cifuentes y constituye un excepcional ejemplo de la arquitectura unifamiliar burguesa de comienzos del siglo XX, en un excelente estado de conservación.
 Los arquitectos no estaban sujetos a normativa alguna para construir fuera del núcleo urbano, lo que dio lugar a originales y variados diseños en las quintas de recreo que aparecieron en Somió desde la segunda mitad del siglo XIX. En La Corolla (uno de los lugares mejor situados de Somió), D. José García Cifuentes realizó esta casa en una finca de su propiedad, donde los miradores acristalados son los elementos más destacables de la vivienda.
El poder económico que adquirió la burguesía desde mitad del siglo XIX, permitió que invirtiera en fincas de recreo, cuya localización estaba condicionada no sólo por la distancia al núcleo urbano, sino por el entorno que poseían. Las primeras se localizaron en su mayoría en contigüidad a los principales ejes viarios de la parroquia, en el área más llana y mejor comunicada.
El éxito de este modelo residencial se relaciona no sólo con el poder económico de los burgueses, sino con la puesta en marcha de un estilo de vida que incluía el aire libre y el contacto con la naturaleza. Somió proporcionó además un ambiente social que sefue adaptando al modelo burgués de la época.
El edificio se construyó en su origen con muros de carga estructurales en las fachadas, con una estructura interior de vigas, pilares y forjados de madera. El edificio ha sido recientemente rehabilitado, por lo que es posible que los sistemas estructurales originales se hayan visto alterados.
 El edificio ha sido recientemente rehabilitado con acierto, reconstruyendo de forma fidedigna toda la carpintería original, si bien se aprecia una desproporción en ciertos perfiles de la galería, en especial su alero que posiblemente oculta un forjado de hormigón. Se desconoce el grado de intervención que se ha aplicado al interior del edificio.

Chalet de Figaredo o Quinta de Baüer (Gijón)

El edificio de Luis Bellido constituye un excepcional ejemplo de la arquitectura unifamiliar burguesa de comienzos del siglo XX, en un excelente estado de conservación, ubicada en uno de los jardines mas destacables de Gijón.

La Concepción, o Quinta de Bauer, es el edificio más sobresaliente de las construcciones realizadas en Somió durante la primera época. Fue realizado por Luís Bellido, y enclavado en la parte alta de la finca para garantizar una amplia visión de las panorámicas que se pueden contemplar desde este lugar.
Luis Bellido, que durante su corta estancia en Gijón realizó proyectos de gran calidad, se inspiró en modelos ingleses para realizar el proyecto de este palacete formado por un cuerpo central y flanqueado por dos laterales disimétricos de planta rectangular. Sobre el más pequeño se alza un torreón rematado por una aguja.
Se desarrolla en cuatro plantas, con un semisótano para albergar el servicio de la casa junto a la bodega, cocina, lavadero, despensa, etc, La planta baja se destina a espacios de relación y en él se ubican el comedor, sala de estar y la biblioteca. La planta principal se corresponde con los dormitorios de la familia, y el bajo cubierta se destinó a dormitorio para invitados. El edificio consta de muros de carga estructurales en las fachadas, con estructura interior de vigas, pilares y forjados de madera.
La fachada está construida con ladrillo caravista, que en el momento actual se encuentra pintado, con abundante decoración realizada con mortero y pintada de color blanco en torno a los huecos y en bandas horizontales a lo largo de toda la fachada, creando una composición de gran colorido.
En el edificio destaca su singular cubierta, de gran pendiente, con cobertura de pizarra y decoraciones en las cresterías con piezas de zinc.

El edificio ha permanecido en uso y con las necesarias labores de mantenimiento desde el momento de su construcción, conservado el diseño de su proyecto original.

jueves, 3 de marzo de 2016

Por qué se retrasó La Revolución de 1934 en Gijón

En la noche inicial del movimiento de octubre, una de las más serias preocupaciones de los miembros del Comité revolucionario que actuaban en Oviedo, era el desplazamiento de las armas guardadas en diversos depósitos, entre ellos el de Llanera, al cual hemos aludido al comienza de estas informaciones. En llanera ocultaba un crecido numero de fusiles, buena parte de los cuarteles estaban destinados a los sindicalistas de Gijón. Si bien se había convenido que cada fracción sindical preparase independientemente la acción en las localidades de uno u otro matiz, existía el nexo del Comité Provincial. En Gijón, cuya población obrera estaba controlada por la C.N.T en casi su totalidad, eran los dirigentes sindicalistas quienes habían llevado a su cargo esta empresa, excepción de algunos pueblecitos del litoral Candás, Villaviciosa, Ribadesella habían sido elementos de la U.G.T y del Partido Socialista: pero todos se hallan al habla y el Comité sabia que los gijoneses disponían de pocas armas. El caso de Gijón no era el de las villas mineras, donde la dinamita abunda y la población trabajadora esta en mayoría con relación a los medios que pueden oponérsele, esto lo comprendía perfectamente el Comité, y así como no constituía para él motivo de intranquilidad la escasez de armas en otros muchos pueblos, le preocupara la ayuda a los combatientes gijoneses.

Cuatro o cinco horas de la noche del 4 al 5 se invirtieron en hallar una camioneta que transportarse desde Llanera los fusiles y la munición destinados a Gijón, en el extemporáneo brote de la lucha en la zona en que se había establecido el depósito dio lugar a que las armas cayesen en poder de las fuerzas del Gobierno. Esto tuvo repercusión en las jornadas revolucionarias de la villa de Jovellanos, porque obligo a los obreros a echarse a la calle con gran escasez de medios.

Uno de los hombres que compartieron la dirección del movimiento en la localidad, nos ha narrado minuciosamente lo que ocurrió en el pueblo de Gijón. Antes de comenzar a transcribir su relato, hemos querido consignar el dato ya apuntado de que los combatientes gijoneses les altero por completo la iniciativa del contratiempo de llanera dato confirmado por el mismo Comité Provincial, para justificar el retraso de horas que sufrió su  incorporación a la lucha. Este hecho fue la única causa de tal retraso, en torno al cual se apuntaron deducción tan varias como la intención de los especuladores que se dedicaron a la tarea de buscarle explicaciones.

En Gijón solo había poco más de un centenar de fusiles, tres mil cartuchos y  un par ametralladoras, que se tardo en utilizar por falta de municiones para ellas. El mayor inconveniente estaba en la escasez de cartucheras.
Entre el sindicalista se reclutaron hombres para formar grupos que  debían intervenir desde el comienzo de la revolución, y por su parte, los socialistas afiliados a los sindicatos obreros de la U.G.T hicieron lo propio, manteniendo unos y otros una relación estrecha, sin prejuicio de conservar cierta independencia.

En la noche del 4 al 5 – nos dijo nuestro informador, cuyo nombre nos parece oportuno ocultar como otros muchos-, después de haber recibido la advertencia de que iba a estallar el movimiento, adoptados nuestras medidas, ocultando en lugares adecuados las bombas que habíamos logrado reunir y los fusiones y munición. Se envió un emisario a Oviedo con el encargo de advertir que teníamos pocas armas y poca munición, y que esperamos a que llegasen las que se nos destinaban para salir a cumplir nuestro cometido. El emisario regreso  con la noticia de que las armas vendrían aquella misma madrugada. Nos quedaba otra tarea previa, y era la de establecer contacto con determinadas fuerzas del Gobierno que habían contraído el compromiso de sumársenos. Por medio de emisarios, hicimos llegar a estos aliados el recado de que la revolución iba a producirse aquella misma noche. Inútilmente esperaron la señal convenida de nuestros disparos avanzando  sobre la población y nosotros también esperamos en vano a que llegasen los fusiles y las municiones, que por fin no pudieron llegar. El día 5 nos limitamos a esperar, porque nos pareció más prudente eso que lanzar a la gente sin medios para atacar o defenderse.

En vista de que no llegaban las armas, establecimos un nuevo enlace con las fuerzas que iban a secundar el movimiento, y esta vez nos respondieron que por raciones especiales aconsejaban retardar la acción hasta el día siguiente, o sea el sábado 6. Como es natural, accedimos. Pero accedimos cuando ya habíamos distribuido setenta y dos fusiles y la munición, lo cual nos obligo a recogerlo para evitar que una imprudencia nos lo echase a perder. Las armas se habían repartido entre gente de toda confianza y las recuperamos, con excepción de las que llevaron algunos compañeros de Veriña (estación del ferrocarril del Norte inmediata a Gijón): esas no volvieron a nuestro poder, porque estimamos oportuno, ya que en Oviedo y en las mineras se estaba luchando, tener allí un puesto que impidiese, a ser posible, el paso de las fuerzas. A todo esto, como es natural, Gijón se había sumado a la huelga general revolucionaria.


Bibliografía: Los hombres de octubre de Ignacio Villa. 

lunes, 29 de febrero de 2016

Los primeros vasos de sidra de Asturias

Con la instalación en el Natahoyo (Gijón) en 1.827 de la fábrica de vidrios y posteriormente La Industria en Begoña, en el año 1.843, se inicia la fabricación de la típica botella de sidra natural también de color topacio cuyo formato se mantiene en la actualidad. Esta botella está formada por tres piezas o cuerpos y se llamaba molde de madera.
A partir de entonces la sidra se transportaba en botellas. Se reunían varios chigreros, compraban cierto número de barricas, se trasladaban al lagar y embotellaban la sidra. El transporte se realizaba en carros de bueyes, colocando las botellas entre " pación" o hierba seca para que no rompiesen. Solía llevar cada carro una o dos pipas de sidra (600-1.200 botellas) que una vez en el chigre se colocaban en bandejas de madera de 100 botellas.
La " xarra de sidra ". Hizo las funciones del vaso actual durante muchos años, aunque hubo que arrinconarla debido a su incomodidad por el peso y, sobre todo, por lo que concierne a la limpieza de la misma.
En Faro y en Somió describían esta pieza como "...un poco más pequeña que la jarra común, de una sola asa, panza alta, base estrecha y a veces con marcas de capacidad y propiedad ". Existe en bable el verbo XARRIAR. " sacar sidra o vino con la jarra ".
La medida de las jarras de sidra, de las más corrientemente usadas, se acercaba a los tres cuartos de litro y no llevaba señales, pero sí las que se consideraban algo más grandes, de la siguiente forma: la que contenía dos jarras pequeñas llevaba marcadas en la panza dos rayitas verticales, la que contenía tres, tres rayas y así sucesivamente pero sin sobrepasar nunca las seis marcas.
Hubo algunos alfareros que trabajaron la técnica del moldeado de jarras con lo cual las marcas quedaban impresas desde el mismo momento del prensado del barro. Otras veces era el propio lagarero quien marcaba con pintura la capacidad de la vasija con números bien a la vista.
Valentín Monte nos refiere, en su trabajo, algunas de las "trampas" llevadas a cabo en las jarras en comandita entre el comprador y el artesano, tales como dejar más barro del normal en la base de la vasija, con lo cual, a idéntico tamaño correspondía menos capacidad. No deja de ser curioso el hecho que en casi todos los alfares se hayan fabricado, como una pieza más, los famosos botijos e incluso jarras de trampa por las que el incauto bebedor no podía beber sin derramar el líquido.
Además de las marcas de medida existían las marcas de propiedad. Si esto se llevaba a cabo por moda o costumbre señalar con marcas de propiedad las jarras del lagar era imprescindible puesto que frecuentemente se las prestaban unos lagareros a otros se hacía necesario una clara señal de identificación.
Como la jarra era una mercancía frágil cada cinco o seis años había que renovar una gran parte o casi todas las piezas del zafariche. De ahí que siempre hubiera trabajo para los tarreros de Somió, alfareros de Siero, de Faro y de Villayo.
El vaso de sidra- otra de las piezas que anda unida y confundida con la xarra es el vaso. Era una vasija parecida a nuestros vasos de vino , de paredes relativamente finas, un poco abombadas y de poca calidad escasamente los 300 centímetros cúbicos. Alguno de estos vasos conservan en la boca una extraña forma elíptica, practicada, al parecer, por el alfarero a instancias de algunos bebedores, para facilitar la degustación de la sidra. Pero su uso fue muy limitado y se ceñía a casos particulares: niños y a personas de poco beber.
También estuvo extendida la toma de sidra en escudillas al estilo como se toma hoy el "vino de Ribeiro", y acaso fueron las fabricadas en madera por cunqueiros y artesanos del ramo las primeras vasijas en las que se degustó nuestra bebida regional.
Hoy existen artesanos de la madera herederos de aquellos cunqueiros y fabricantes de "caziplos", "xarras"y "zapicos" que aún siguen manteniendo la tradición de fabricar estas vasijas de madera más con fines decorativos que utilitarios.
Tuvo que ser el barro quien cumpliera esta misión hasta que vino a ser sustituido por los modernos vasos de cristal que desde los llamados franceses, de casi 500g. de peso y con una capacidad para cincuenta centilitros, se pasó al moderno vaso grande de paredes muy finas y lisas que también se fabricó en Gijón.
Las vasijas para la sidra más antiguas de las que hay constancia eran de madera, utilizadas sobre todo para el trasiego del líquido, puesto que para el consumo, además de poco higiénicas, alteraban el olor y el sabor del producto.
El recipiente sidrero de madera más conocido era la "zapica", el "peyu" en la zona oriental. Tenían una forma troncónica, con más anchura en la base. Su capacidad variaba entre el medio litro y los quínce litros. Las de pequeño tamaño llevaban una sola asa, mientras que las más pesadas tenían dos. La mayor parte de estos utensilios se elaboraba con madera de castaño, aunque también hay constancia de la utilización de abedul o de "umeru".
Con el paso del tiempo, la madera fue dejando paso al barro. Aunque numerosos alfares de la región fabricaron recipientes para la sidra, el de Faro (Limanes) llevó la voz cantante. Además de todo tipo de "xarres", se tiene constancia de la existencia de "panellas", con una capacidad superior a los ocho litros, y de vasos, que tenían un perfil troncónico invertido y se utilizaban para el consumo de pequeñas cantidades. Ni con la madera ni con el barro se sabía del escanciado.
Andado el tiempo,. el vidrio vino a sustituir al barro en las vasijas de consumo de sidra. Ambos elementos coincidieron durante un apreciable periodo de tiempo, aunque finalmente las piezas de alfarería fueron perdiendo espacio.

Los primeros vasos de sidra de vidrio se elaboraron en La Industria, de Gijón. Eran varillados y tenían un peso de casi medio kilo. Se les denominaba "de los franceses", debido a que los técnicos que dirigían entonces la fábrica de vidrio eran de esa nacionalidad.

Bibliografía:"Sidra y manzana de Asturias" de Jose Antonio Fidalgo para el periódico La Nueva España ( edición 2004)

Breve resumen de la Estación del Norte de Gijón

La incidencia del ferrocarril en la ciudad de Gijón es fundamental para entender su desarrollo y ordenación urbana. Gijón llegó a contar con tres  estaciones término pertenecientes a tres compañías ferroviarias: Langreo, Norte y Carreño.
El edificio que alberga actualmente el Museo del Ferrocarril de Asturias entró oficialmente en servicio el 23 de julio de 1874, con la inauguración del tramo Gijón-Pola de Lena. Fue construido por la Compañía de Ferrocarriles del Noroeste, siguiendo el proyecto del ingeniero Melitón Martín, empleando una arquitectura estandarizada. Así el proyecto de estación de primera clase fue el mismo en las estación de La Coruña y Gijón. Su lenguaje arquitectónico resulta ecléctico; zócalos, cornisas, pilastras…formalizarán la base de la composición del edifico.
Gijón, como única terminar en Asturias concluyó, además, otro conjunto de inmuebles: cocherones para carruajes, depósitos de agua, muelle cubierto de mercancías y una ronda de locomotoras. En el contexto de la arquitectura ferroviaria española la estación  presenta dos rasgos de interés, primero su antigüedad respecto a las demás de categoría semejante a las líneas de la Compañía del Norte, a las que inevitablemente esta vinculada  y en segundo lugar, el ejemplo gijonés supone uno de los primeros pasos hacia el periodo de sofisticación estilística ferroviaria, detectado para el caso español a partir de 1870.
La estación fue el foto de atracción para la creación de industrias y asentamientos obreros. Por ella llegaban campesinos, emigrantes, intelectuales, burgueses y aristócratas, por ella salían los carbones de la cuenca y circulaban un sinfín de mercancías de todas clases. Los limites de la estación separaban dos formas enfrentadas de urbanismo: la caótica ciudad industrial y el municipio legislado y ordenado.

Tras casi 116 años de servicio ininterrumpido, como verdadera puerta de la ciudad, y en manos de sucesivas compañías ferroviarias, el 28 de enero de 1990, hizo su entrada en la estación el ultimo tren de viajeros. Tras un corto periodo de desuso fue acometida su rehabilitación y convertida en el edificio  principal del Museo del Ferrocarril de Asturias. 

miércoles, 17 de febrero de 2016

Día de Asturias (Gijón)

(C) Tomás Torrecillas
El Día de Asturias en Gijón es un clásico del verano en esta ciudad y se celebra siempre el primer domingo del mes de agosto. Tras una jira campestre en el Cerro de Santa Catalina, hay un desfile de carrozas y grupos folclóricos asturianos y de otras regiones y países por el paseo del Muro de San Lorenzo hasta el Estadio del Molinón, donde se pone el colofón con un gran festival.
Esta fiesta es el preludio de la Semana Grande gijonesa, que comienza pocos días después.
El Cerro de Santa Catalina, los Jardines del Náutico, la Plaza Mayor, el Muro de San Lorenzo y el Estadio del Molinón son escenarios típicamente gijoneses, y todos en el entorno costero de la ciudad, lo que hace que la fiesta tenga, además del componente lúdico, unos paisajes de excepcional belleza. Además se realizan concursos como "la cesta más prestosa de la jira" o la "Mejor presentación de comida en prau". También se hacen exhibiciones deportivas como carrera de panoyas, lazamiento de barra asturiana, tiro de boina, rayuela, carrera de lecheras, etc 
También, como en toda fiesta asturiana, se hace la puya 'l ramu. Suelen poner una barraca para que la gente compre las bebidas frescas (y redios, subir esa cuesta con las cajas de sidra no es muy sano) que corren a cargo de la Comisión de Fiestas Los Remedios y la Soledad de Cimadevilla.  ¡Os esperamos!

lunes, 15 de febrero de 2016

Torre de Valdés (Gijón)

La torre de Trubia se encuentra en Trubia, un pequeño barrio del núcleo rural de Cenero, perteneciente al Concejo de Gijón que data del siglo .XVI-XVII. Es un ejemplo de arquitectura civil.

Fue construida entre 1260 y 1270, y se dice que fue testigo de los enfrentamientos entre Pedro I el Cruel y Enrique de Trastámara, siendo quemada en 1383 por las tropas del levantisco Alfonso Enríquez, Conde de Gijón, durante la insurrección de éste contra su hermanastro Juan I de Castilla.

Esta torre se sitúa cerca del antiguo estuario marítimo de la Ría de Aboño, hoy colmatado. El nombre de la propia Torre de Trubia -antiguo Tras Ubía- , tras el río, indica que dominaba éste. También se habla de que por éste lugar, cerca, o tal vez por el mismo sitio, pasaba la (as) Turum (m) Vía, que comunicaba Gigia (actual Gijón) con Lucus Asturum (hoy Lugo de Llanera), y que se prolongaba hacia León y Astorga. Éste también pudiera ser el origen del actual nombre.

Como sistemas constructivos la torre consta de muros de carga estructurales en las fachadas, con estructura interior de vigas y cubierta de madera. Los huecos están recercados con sillería y los aleros son de hiladas de teja volada.

Es una torre de planta cuadrada con las características propias de este tipo de construcciones durante los siglos XVI y XVII, que actualmente presenta una serie de construcciones adosadas en parte de sus muros y parte de sus vanos cegados. Destaca su condición de edificio vertical en alzado, con tres tramos divididos con líneas de sillería molduradas que recorren los muros y que traducen al exterior la disposición interna en tres pisos. Está cubierta a cuatro aguas a teja curva y con alero de hiladas de teja en disminución. La fábrica es de mampostería cargada y de sillar visto en recercos y esquinas. La fachada principal se encuentra en el lienzo sur y presenta al igual que el resto de muros, una disposición regular de vanos, todos ellos adintelados y tres calles con un vano de acceso en el centro, único del edificio. Además en esta fachada el piso noble está destacado por medio de un balcón
volado con tejadillo y sobre el mismo, un escudo muy deteriorado por acción humana.
Una capilla cercana estaba vinculada originalmente a la construcción, perteneciente a la misma casa nobiliaria, componiendo el conjunto del solar de los Valdés en esta localidad.

Si bien la torre propiamente dicha conserva su configuración original, únicamente alterada por carpinterías recientes con persiana exterior, se encuentra rodeada de edificaciones de nulo interés que perjudican considerablemente el conjunto.