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viernes, 29 de abril de 2016

El Torreón (El Condado, Laviana)

(C) Antonio Alba
Entre la arquitectura civil del concejo de Laviana se conserva un notable caserío y un torreón medieval de especial interés, situados en la localidad de El Condado, en Laviana, que fue declarado Monumento Histórico Artístico.
Al torreón conocido también como “El Castillo”, se le atribuye un origen romano, como a otras torres, y una posterior reedificación en época de  Alfonso I el Católico con fines defensivos, pero  la obra es medieval, posiblemente del siglo XIV. La función defensiva de la torre queda manifestada por su posición elevada y dominante sobre un espolón de piedra  caliza que sobresale por encima del núcleo urbano y desde el que se podía controlar el paso del camino de Oviedo a Campo de Caso, paralelo a cauce del río Nalón.

De planta rectangular, presenta tres pisos: el inferior utilizado como calabozo, el segundo accesible por un arco de medio punto, y el tercero muy macizo son apenas huecos. De la construcción original se conservan los muros de mampostería de piedra y sillares en las esquinas, de la planta baja que contiene la caja de la escalera el hueco de acceso y tres pequeñas saeteras. En una esquina de la fachada oeste tiene el escudo de armas sobre un paramento de hormigón. La distribución interior ha sido totalmente remodelada. 

Fuente: Marta Llavona

lunes, 28 de marzo de 2016

Anécdotas de la cárcel de Laviana

En la cárcel de Laviana, 
 todos estamos con pena. 
 Mio madre llora por mí, 
 yo lloro por mió morena. 
Salí al patio de la cárcel, 
 miré al cielo y dí un xemíu?
Seguramente los mayores han oído cantar muchas veces estos versos anónimos, mientras que a sus hijos les resultarán más familiares las referencias a este lugar de penitencia y redención laica que aparecen en conocidas composiciones del grupo Nuberu, como «Per cuatro palos que di» o «El Chamiceru». Y es que los calabozos de Laviana han inspirado con diferente fortuna a los poetas del Nalón y también a ciudadanos anónimos que durante décadas fueron alimentando su leyenda de chigre en chigre, haciendo que su fama llegase hasta los últimos rincones de Asturias.
Aunque, si nos atenemos a los hechos, podemos comprobar como, una vez más, la realidad histórica vence a la fantasía y aquí no hacen falta exageraciones para justificar que esta prisión tenga su propio capítulo en la historia de la Montaña Central.
La cárcel de la Plaza de la Pontona nació dentro del proceso iniciado en España a mediados del siglo XIX, cuando se abordó con seriedad la necesidad de construir edificios dignos para sustituir a los penosos calabozos que se multiplicaban por todo el país, albergando a la numerosa población penitenciaria de aquel tiempo. La idea, que se puso en práctica en nuestra región entre 1846 y 1862, pasaba por dotar a cada Villa Mayor de juzgado y cárcel propios, y Laviana fue una de esas localidades, con el objetivo de que su área de influencia abarcase a los concejos más próximos.
Relatar todas las anécdotas y vivencias que ocurrieron en sus celdas sería el argumento para un buen libro, porque a través de ellas se puede seguir el hilo de lo que iba aconteciendo de puertas afuera; pero es una labor ardua, igual que intentar contar algo sobre cada persona que dejó allí un poco o un mucho de su libertad. Pueden suponer que intentar resumirlo en esta página es absurdo, por eso me voy a limitar a referirles unos casos curiosos sin otro ánimo que el de entretenerles unos minutos.
Un ejemplo del carácter peculiar de este sitio, lo escribió el magnífico cronista Albino Suárez, contando que en la década de 1920, una interna llamada Concha de la Cabaña, cantaba tras las rejas de las ventanas de tal manera que llamó la atención de los vecinos, llegando oídos del alcalde, que entonces era Arturo León Zapico, el cual, escuchando la voz sonora y armónica de la prisionera, ordenó que fuera puesta en libertad, y con ella, los demás, que como ella habían sido detenidos, que eran un grupo de jóvenes apresados por tirar piedras a la Guardia Civil desde algún canto del pueblo de Ordaliego, en el valle de Tiraña.
Y es que allí fueron dando con sus huesos ciudadanos anónimos que se limitaron a dormir la borrachera de una mala noche, otros con peor suerte que habían manchado sus manos de sangre en rencillas inesperadas o momentos de desesperación y también delincuentes habituales como los integrantes de «La partida de La Cebosa», que aterrorizaron a los pueblos altos de los concejos mineros, hasta su detención en 1883; Rufino Díaz «El Cucao», un ladrón de poca monta que acabó haciéndose famoso por sus fugas en 1897 o Benjamín González «El Bárgana», quien prefirió suicidarse antes que ser detenido por la Guardia Civil en noviembre de 1927 tras asesinar al cajero de las minas de Buferrera cuando transitaba en moto por la carretera de Covadonga, en un suceso que conmovió a la sociedad de su época.
Todos ellos ya han ido apareciendo por estas Historias Heterodoxas en otras ocasiones, pero además, la cárcel de Laviana también sirvió de reclusión para hombres y mujeres que fueron detenidos en los vaivenes políticos del siglo XX. Militantes obreros como el cenetista Aquilino Moral, por ejemplo, quien estuvo encerrado en ella durante seis meses tras la huelga de 1917, hasta que al ser sobreseída su causa recobró la libertad. O, por citar solo a un par de nombres entre centenares, a fugaos como Andrés «El Gitano», el penúltimo guerrillero asturiano, muerto en 1952, quien fue detenido cuando aún no pensaba que iba a acabar huyendo al monte, por celebrar públicamente con un amigo la victoria aliada en la II Guerra mundial; o el recientemente fallecido Manuel Alonso González «Manolín el de Llorío», que hasta sus últimos días mantenía vivos en su memoria los detalles de aquellas celdas.
Aunque sus muros tienen el dudoso privilegio de haber albergado también a otros presos de diferente condición política. Durante la revolución de 1934, fueron encerradas allí más de cuarenta personas, entre guardias civiles, derechistas, ingenieros como Ramón Rodríguez y Ricardo Rúa y los sacerdotes Aurelio Sánchez, párroco de Santa Bárbara y Saturnino Menéndez, párroco de San Andrés de Linares, quienes tras ser liberados manifestaron no haber tenido quejas sobre el trato de sus guardianes, al contrario de lo que ocurrió con José Castaño, el cura de Piñeres, capturado en Tolivia, adonde había podido llegar tras el incendio de su iglesia, reconocido a pesar de disimular su condición vestido con un traje de seglar y que estuvo a punto de perder la vida en el trayecto hasta Laviana cuando los más exaltados insistieron en fusilarlo.
La historia de esta cárcel tiene también, como es lógico, sus propias fugas; algunas se hicieron sin sangre, pero otras fueron más violentas: en la que se produjo en septiembre 1924, los internos huidos llegaron a herir al Jefe de la prisión. Y para que no falte de nada, contó incluso con su propio asalto al puro estilo de La Bastilla francesa. Ocurrió unos meses antes de los sucesos del Octubre Rojo, el 19 de febrero de 1934, momento en el que un numeroso grupo de obreros echó abajo sus puertas para liberar a los presos sociales, ante la pasividad de las fuerzas del orden, que asustadas por el número de los revoltosos, decidieron no enfrentarse a ellos. Por cierto, que las crónicas aclaran, que a pesar del éxito del ataque, algunos detenidos no vieron claro su futuro y prefirieron permanecer en sus celdas.
Una casualidad en forma de curiosa polémica, que se produjo en 1911, entre quienes denunciaban las deficiencias de la prisión, representados por alguien que firmaba la protesta con su apellido, Zapico, y los vigilantes, que las negaban, nos permite conocer como eran las cosas en su interior, aunque cada cual puede formarse su propia opinión sobre la realidad de lo que allí se vivía.
El que protestaba, lo hacía diciendo que los internos pasaban frío porque se les negaban las mantas, que los vigilantes se quedaban con las celdas más saneadas, mientras en las de los presos abundaban las humedades y además era frecuente hacinar a varios reos en un espacio reducido, y además se sentían estafados porque sus guardianes no dudaban en pasar el tiempo iniciando juegos de azar con ellos y tenían serias sospechas de que siempre ganaban porque hacían trampas.
La replica la dio en el diario «El Noroeste» el vigilante Pelegrín González, rebatiendo todas las acusaciones. Con respecto a las mantas, manifestó que mientras el reglamento disponía que cada recluso dispusiese de una, en Laviana se les entregaban dos, seminuevas pero fuertes, e incluso si algún enfermo necesitaba más abrigo, no se dudaba en proporcionárselo.
En cuanto a las celdas, tampoco era justa la demanda, porque la cárcel estaba bien situada y ventilada, y en ella todos los lugares eran igualmente buenos y no existían diferencias entre personas; afirmando de paso que los carceleros solo se reservaban una celda, y eso no siempre, y que si había más de un preso por habitación era porque algunos pedían un compañero para no estar aburridos, e ironizaba el vigilante de esta forma: «Ahora bien, creo que a un conjunto de dos no llame el señor Zapico aglomeración».
En último lugar, lo que más indignación causaba en el ánimo del carcelero, era lo del juego, ya que la ley lo prohibía expresamente para los funcionarios de prisiones y él aseguraba que ni en Laviana ni en otros lugares en los que ya había trabajado se daba esa circunstancia, salvo con los que estaban autorizados, y que la labor que cumplían con escrúpulo los vigilantes era la de ayudar en cuanto podían a los presos.
El final de la cárcel de Laviana fue el mejor que puede suponerse para un establecimiento penitenciario, después de haber caído en desuso, su estructura sirvió para levantar la Casa de la Cultura de la villa, haciendo realidad aquel viejo sueño republicano de cambiar los grilletes por libros

Texto de Ernesto Burgos para La Nueva España

jueves, 21 de enero de 2016

Mesón la Mina (Pola de Laviana)

El mesón La Mina se encuentra en Pola de Laviana. El restaurante es acogedor y la decoración tiene como temática, como no, la minería. La entrada y la ventana simula una bocamina, tiene cuadros de Manolo Medina y el comedor principal esta iluminado con una lámpara minera.

Este mesón tiene una gastronomía típica asturiana, donde su especialidad son los callos y el cabrito con castañas. En cuanto a postres, los frixuelos y el arroz con leche aunque tienen en general postres muy buenos. 

Sin duda, si pasas por allí a tomar unos vinos, el pincho de tortilla es buenísimo.


El local esta limpio y el trato al cliente es muy bueno. Los camareros te aconsejan  muy bien y tardan poco en servirte la comida. Además siempre por los días del descenso folclórico, el día de la mujer, Santa Bárbara, etc suelen sacar menús especiales.
En cuanto a la relación calidad- precio está bien. Por ejemplo, el menú de fin de semana que consta de entrante, primero, segundo, postre casero, vino o sidra y café son 18 euros. Suelen subir los menús del fin de semana al Facebook.


La Mina se encuentra en la Avenida Libertad nº 15 en Pola de Laviana, Laviana. 

domingo, 3 de enero de 2016

Laviana y el desastre de sus chalanas

Apunte: las chalanas son barcas que se construyeron en el concejo de Laviana con el fin de transportar carbón por el río Nalón pero este sistema resultó ser muy dificultoso debido a que algunas veces el río era muy caudaloso y otras veces escaso. En muchas ocasiones necesitaban burros que tiraran desde la orilla y en otras, los hombres se metían en el agua para empujar las chalanas. 

El intento de canalizar el río Nalón para llevar carbón desde la cuenca minera hasta el puerto de San Esteban de Pravia fue una de las mayores pifias económicas de nuestra historia, aunque visto con la distancia que nos permiten los siglos transcurridos no se puede culpar a nadie de aquel error.

¿Quién iba a suponer en 1791 la revolución que se avecinaba en los transportes? Cien años más tarde el ferrocarril cruzaba Asturias de parte a parte y los automóviles empezaban a enseñorearse de las carreteras convirtiendo la navegación fluvial en prehistoria, pero nadie podía saberlo entonces.

Es como si coincidiendo con la inauguración de la variante de Pajares se descubriese un nuevo sistema para llevar las mercancías por aire que lo convirtiese en obsoleto. Tampoco podríamos acusar a los ingenieros actuales de habernos hecho gastar el dinero inútilmente.

Veamos cómo fue la historia. En 1792, cuando ya era evidente la importancia que el carbón podía tener en la economía española, se vivía un debate entre los partidarios de la libre explotación -entre los que se encontraba Jovellanos- y quienes consideraban este mineral como fundamental para la defensa, conociendo que en Estados Unidos ya estaban probándose con éxito las primeras embarcaciones de vapor, y adivinaban la necesidad de hulla que pronto iba a tener nuestra Armada.

Además, el carbón asturiano se hacía cada vez más necesario para sustituir como combustible a la madera en los hornos de la Real Fábrica de Cañones de Lierganes y La Cavada que ya había consumido los bosques de media Cantabria, máxime cuando España se preparaba para otra guerra contra Francia y se iba a necesitar más armamento.

Curiosamente, los defensores de las dos posturas se enfrentaron también a la hora de solucionar el grave problema que planteaba el transporte del mineral hasta el mar, del que se venían ocupando carros de bueyes y caballerías por un infame camino que llegaba hasta Gijón y que resultaba intransitable la mitad del año. Unos querían una nueva vía terrestre y otros un canal.

Jovellanos propuso entonces abrir una carretera carbonera por Siero, con unos 25 kilómetros, lo que suponía acortar el trazado de la existente en un 60% y al mismo tiempo abaratar los costes hasta en cinco veces. El destino seguiría siendo Gijón, la villa natal del ilustrado, que él estaba empeñado en transformar en uno de los puertos más importantes del Cantábrico y de paso iba a suponer también mejorar todas las comunicaciones del centro de Asturias abriendo ramales que llegasen hasta las principales poblaciones de la región.

Su visión fue profética una vez más y eso que nadie como él defendía en aquel momento la apertura de canales en España. En su «Informe sobre la ley agraria» había escrito: «Las conducciones por tierra encarecen demasiado los frutos y todavía, en igualdad de precios, llegarán más baratos a Santander los granos extranjeros conducidos por agua que los de Castilla por tierra». Y más adelante: «¿Qué sería si los caminos, los canales y la navegación de los ríos interiores, franqueando todas las arterias de esta inmensa circulación, llenasen de abundancia y prosperidad tantas y tan fértiles provincias?».

Claro que él se basaba en lo que había visto del Canal de Castilla, abierto ya hasta la mitad de su recorrido, pero el gijonés conocía los ríos asturianos y sabía que esa obra era imposible en el Nalón, por eso proponía la carretera.

Para buscar una solución intermedia se creó entonces la Compañía de las Reales Minas de Langreo con el fin de explotar para las necesidades de la marina los yacimientos de la cuenca del Nalón y se hizo venir hasta la cuenca a Fernando Casado de Torres e Irala, que ya empezaba a destacar como ingeniero de prestigio en los temas relacionados con el abastecimiento militar, aunque en aquel momento sólo llevase tres años en la Armada.

Su aval venía del éxito de una máquina de aserrar que había puesto en funcionamiento en el arsenal gaditano de La Carraca y traía consigo un proyecto para hacer navegable el Nalón. Años después volvería de nuevo a Asturias para ocuparse de la obtención de alquitrán del carbón y luego pasaría a la historia por su actividad política al ser uno de los redactores de la Constitución de Cádiz en 1912 para acabar ocupando diez años más tarde la Comandancia General del Cuerpo de Ingenieros Navales. Pero volvamos a lo nuestro.

Aunque el plan de Jovellanos, como sabemos, acabó también realizándose, la Junta de Estado se decidió por el plan más ambicioso de Casado de Torres: hacer navegable para barcazas de transporte -chalanas- el río Nalón durante 65 kilómetros hasta San Esteban de Pravia. Nada menos que 3.400.000 reales de presupuesto inicial, frente a los 500.000 de Jovellanos, a los que había que sumar también la adaptación del puerto de San Esteban y la apertura de caminos de sirga bordeando el curso del río para dar servicio y apoyo a las balsas cuando tuviesen que ir a contracorriente.

En 1981 don Luis Adaro, padre de la investigación sobre la historia de la minería en Asturias, afirmaba que la Armada acabó invirtiendo en este proyecto 1.800 millones de pesetas de aquel año. Ahora, viendo las cifras que se manejan en obras menores, esta cantidad apenas daría para las comisiones y habría que multiplicarla unas cuantas veces antes de poder convertirla a euros para ajustar el presupuesto final.

En noviembre de 1793 los primeros lanchones que se habían fabricado en los astilleros del alto Nalón se lanzaron al río cargados de carbón. Culminaba así un trabajo de titanes realizado en gran parte por presos, como en los otros grandes canales del Estado. En este caso habían sido concretamente los presidiarios del penal de San Campio, en El Ferrol, comandados por contramaestres de este arsenal.

Esta circunstancia desconocida para muchos y que viene a enturbiar el carácter casi romántico que según va pasando el tiempo ha adquirido el episodio de las chalanas se debía a que Casado de Torres era en aquel momento ingeniero de este departamento gallego.

El marino se empeñó tanto en su obra asturiana que logró convencer a las autoridades militares para montar en el Nalón un horno de coque con todos los adelantos y en su haber personal figura el descubrimiento de 82 yacimientos, de los que puso en explotación 25, procurando siempre que fuesen los más próximos al cauce y que sus bocaminas permitiesen el embarque rápido de la producción.

Pero pronto se adivinó el fracaso: el caudal del río era caprichoso y retrasaba con grandes crecidas o estiajes la rapidez del trayecto, la capacidad de las chalanas era menor de la esperada y para colmo de males los campesinos que dependían del agua del Nalón vieron destruidas sus acequias e inutilizados sus molinos, una consecuencia secundaria que nadie había previsto.

Además, los resultados económicos fueron desastrosos y en 1797 Jovellanos informaba que mientras diez años antes y con los métodos tradicionales el quintal de carbón asturiano se ponía en El Ferrol a 7 reales, ahora con las chalanas llegaba a San Esteban costando ya 12, la mitad de los cuales se la llevaba la amortización del propio sistema de transporte.

Finalmente, en 1799 todos asumieron el fracaso, Casado de Torres fue cesado y sustituido por dos comandantes llegados de las fábricas de Cantabria que acabaron cuestionando incluso la rentabilidad de las propias minas y proponiendo el abandono de la empresa. En un informe que se presentó entonces la situación era desoladora: de las 94 chalanas construidas en 1794 sólo funcionaban 30 y para ello se pagaban 500 sueldos repartidos entre mineros, chalaneros, peones y otros oficios especializados y las 36.000 toneladas anuales calculadas en un principio se habían convertido en menos de 5.000.

Cuando en 1801 una riada se llevó por delante todo el trabajo del río nadie se preocupó por volver a reconstruirlo porque ya era una empresa muerta y así oficialmente el 1 de octubre de 1803 las chalanas y con ellas las reales y ruinosas minas de Langreo pasaron a la historia por una real orden. Habría que esperar unas décadas para ver lo que el carbón podía dar de sí.

viernes, 25 de diciembre de 2015

Centro de Interpretación del Hórreo asturiano

Se podría decir que el hórreo es la figura arquitectónica más famosa de Asturias pero ¿para qué sirve un hórreo? ¿Existen varios tipos de hórreos? ¿Qué guardan dentro? ¿por qué se conservan tantos hórreos en Asturias? y ¿en qué se diferencian un hórreo, una panera y un cabazo? Pues para ello está el Centro de Interpretación del Hórreo.


Un maravilloso centro situado en Bueño (Güeñu) en el concejo de Ribera de Arriba. Su entrada es gratuita y merece mucho la pena visitarlo. Además Bueño fue elegido Pueblo Ejemplar en el año 2012.  Aquí podéis conocer sus horarios y más información sobre este centro y pinchando en este enlance descargareis un pdf del propio centro con información muy buena sobre los hórreos (breve historia, funciones, características, estilos,….)

Tuña
Añadir además dos curiosidades.Una es otro pueblo donde podemos encontrar una gran cantidad de hórreos y que también fue elegido Pueblo Ejemplar en 2000: Tuña en el concejo de Tineo.  
La otra es la única ilustración en un hórreo asturiano con temática erótica. Se encuentra en un hórreo de Llorío en el concejo de Laviana. «Representaba una escena ideográfica de fertilidad en la que una mujer embarazada copulaba a la vez con dos hombres, y emparentaba con la tradición iconográfica asturiana sobre la fertilidad que llega hasta el arte paleolítico».  Pero desgraciadamente, esta ilustración ha desaparecido y hoy solamente nos queda una replica. En este artículo de La Nueva España podéis leer más sobre el caso de este hórreo.
Ilustración del hórreo de Laviana