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viernes, 26 de agosto de 2016

Breve historia del Astillero del Cantábrico

En el año 1855 se inaugura el ferrocarril de Langreo y con ello Gijón se coloca definitivamente en el camino de la industrialización. Con el ferrocarril llegará a la ciudad un aprovisionamiento económico y regular de carbones procedentes de Langreo y Siero. Gijón, con su pequeño puerto, se convierte en la vía de salida de buena parte de los carbones asturianos, creándose las condiciones necesarias para que en la ciudad se desarrolle una industria moderna. Todos aquellos sectores industriales que requieren grandes consumos de carbón tienen ahora la oportunidad de desarrollarse en la, hasta aquel momento, pequeña villa del Cantábrico.

La llegada de combustible provocó un rápido crecimiento en la ciudad del sector metalúrgico, un sector que desde el primer momento tropezó con dos importantes problemas: la insuficiencia de los capitales locales y regionales y la falta de técnicos.

En este ambiente de expansión se puso en marcha, en 1859, una pequeña fundición emplazada junto a la Puerta del Infante en lo que entonces era el límite de la ciudad. El nombre de la fundición, Hulton y Cía, pone de manifiesto la constante presencia de técnicos y capitales foráneos en estos primeros pasos de la industrialización gijonesa. Esta fábrica era una modesta instalación que daba trabajo a 24 obreros.

En 1861 la joven esposa del señor Hulton fallece acosada por la iglesia católica para su conversión, un caso este que traspasó nuestras fronteras y tuvo su eco en la prensa nacional. A partir de este momento dejamos de tener noticias del establecimiento hasta que a finales de la década, en 1868, se recoge en la publicación La Marina Española una referencia a la participación de una fundición gijonesa de los señores Cifuentes y Caveda en la exposición de París de 1867:

 “Es cierto que allí sólo se presentó una máquina de los Señores Cifuentes y Caveda, de Gijón, y algunos modelos, planos, dibujos y memorias de obras de puertos pertenecientes al Ministerio de Fomento”.

Por tanto creemos que en esta fecha la fundición ya había cambiado de manos, apareciendo Anselmo Cifuentes como uno de los propietarios. Podemos ya percibir con claridad la vocación de la empresa que parece desear orientar, al menos en parte, su trabajo hacia la fabricación de maquinaria para buques. Esta noticia pone de manifiesto también el escaso, casi nulo, desarrollo de la construcción naval en España y cómo Gijón, y la empresa de Cifuentes, estuvieron desde los primeros momentos comprometidos con esta actividad industrial. 
A comienzos de la década de 1870 la empresa aparece con el nombre Fundición Anselmo Cifuentes y sigue dedicándose a la fabricación de maquinaria y estructuras metálicas en general. La fábrica seguía en el mismo emplazamiento y disponía sus modestos talleres en torno a un pequeño patio.
A comienzos de la década de 1880 Anselmo Cifuentes decidió orientar la producción de su establecimiento a la construcción de barcos de vapor con casco metálico, para lo que adquirió en 1882 unos terrenos junto al mar, en el Natahoyo. En ellos pretendía instalar un pequeño astillero y construir un dique seco. En estas fechas los empresarios particulares dedicados a la construcción naval eran muy pocos, dado que la mayor parte de las compañías navieras seguían adquiriendo sus buques en Gran Bretaña y la inversión requerida para instalar un dique seco era cuantiosa y todavía con pocas garantías de éxito.
Aunque en 1885 el diario de Madrid El Imparcial esperaba que el comienzo de las obras del dique y los nuevos talleres fuera inminente, lo permisos de obra seguían sin emitirse. En 1886 la situación permanecía igual. De hecho, un cronista de la época sugería que los retrasos se debían a los enfrentamientos políticos dentro de la Villa.

Anselmo Cifuentes, dispuesto a alcanzar su sueño de orientar la producción de su establecimiento a la fabricación de vapores con casco de hierro, decidió emprender la construcción de un pequeño buque en su pequeño establecimiento de la Puerta del Infante. La falta de espacio le obligó a montar el barco fuera de la fábrica y a conducirlo posteriormente al mar, con ayuda de 40 bueyes, a través de las calles de la ciudad. En 1886 eran ya dos los buques construidos, pero los permisos de obra no acababan de llegar.
En 1888 comenzó por fin el traslado de los talleres a la playa del Natahoyo. La empresa cambió de nombre con la incorporación de un nuevo socio, que se encargaría de la dirección técnica: Cifuentes, Stoldtz y Cía (s. en c.). Además de nuevos talleres para las construcciones metálicas en general, construyó un dique seco, tarea compleja en aquellos años en la que se empleaban habitualmente un mínimo de 2 ó 3 años. El nuevo dique (de 87 metros de largo, por 14 de ancho y 5,20 de calado) se inauguró en 1892, fecha en la que el conjunto del establecimiento ocupaba unos 14.000 metros cuadrados, dando empleo a unos 150 trabajadores.

Para valorar bien la iniciativa de Anselmo Cifuentes y su nuevo socio, debemos tener presente que los primeros barcos de guerra realizados en España íntegramente de hierro, siguiendo modelos de otros buques encargados a los astilleros ingleses, tienen su origen en las R.O. de 1882 y 1883, que encargan estas construcciones a los astilleros reales de La Carraca, El Ferrol y Cartagena.
En el nuevo establecimiento de Cifuentes, Stoldtz y Cía. La construcción y reparación de buques debía ser una actividad fundamental, pero en combinación con la construcción de máquinas, calderas, grúas y materiales mineros. En este establecimiento se construyeron varias grúas de vapor para los muelles gijoneses, calderas para las fábricas de vidrio de Gijón y Avilés, materiales de vías y para planos inclinados de las explotaciones del Marqués de Comillas en Ujo, etc. De estos talleres salieron por tanto, buena parte de las construcciones metálicas de las industrias de la provincia.
En 1894 el diario El País publicaba esta referencia al establecimiento:

 “(…) la fábrica “El Dique” está recomendada en las guías de Gijón como uno de los centros fabriles dignos de verse, y es visitada por todos aquellos forasteros que no van solamente a darse tono y á lucir sus más o menos formas esculturales en la playa.”

Aunque Anselmo Cifuentes apenas pudo ver finalizada su obra al fallecer en 1892, la empresa continuó sus trabajos con éxito, alcanzando su momento álgido en la Exposición Gijonesa de 1899.


En enero de 1901 El Dique pasó a formar parte de la Sociedad Española de Construcciones Metálicas junto con la Maquinista Guipuzcoana de Beasain, los Talleres Zorroza de Bilbao y la Constancia de los Hermanos Caro de Linares. La nueva sociedad, con sede en Bilbao y oficinas y administración en Madrid, potenció los establecimientos de Beasain y Zorroza y construyó una nueva y moderna fábrica en Madrid, mientras que los establecimientos de Gijón y Linares apenas vieron modificadas, por el momento, sus instalaciones tradicionales.
En 1901 la superficie de la fábrica gijonesa llegaba a los 15.942 metros cuadrados que incluían un taller de calderería, un taller de fundición de hierro y bronce, un taller de modelos y el dique.

De la mano de la Sociedad Española de Construcciones Metálicas, el Dique continuó su actividad sin grandes cambios hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial. En estos años la construcción naval española generó un volumen de negocio tal, que muchas empresas de transformados metálicos desplazaron sus intereses hacia la fabricación de buques. Así en la bahía gijonesa la antigua Sociedad Riera y Cía se transforma en Astilleros Riera en 1917 y establece sus astilleros en la playa del Arbeyal. La Constructora Gijonesa, que había trabajado también ocasionalmente en la construcción de buques desde 1909, cede parte de sus instalaciones al Conde Mieres para impulsar la construcción de buques, dando paso a la nueva empresa Astilleros de Gijón.

Es en estos años cuando se ocupará intensamente el espacio marítimo de la ciudad, llegando incluso a establecerse una clara rivalidad entre las empresas por la apropiación de los espacios entre los muelles del Fomento y la Playa del Arbeyal. Los antiguos talleres del Dique quedaron en este momento limitados para una futura expansión: por el Oeste la Sociedad Industrial Asturiana ocupará 139.000 metros cuadrados entre el Dique y el monte Coroña; por el Este se establecieron los Astilleros de Gijón y por el Sur limitaba la expansión la carretera. 

Si a esto añadimos el río Cutis, canalizado al este del Dique, podemos comprender la penuria de espacios que afectó al astillero a partir de este momento. En 1918, aprovechando el auge de la construcción naval y teniendo en cuenta las limitaciones espaciales de las que hemos hablado, la Sociedad Española de Construcciones Metálicas instaló dos nuevas gradas para la construcción de buques y prolongó ligeramente el dique.

Al finalizar la Gran Guerra la construcción naval se contrajo, de forma tan repentina y acusada, que se produjeron cierres y despidos masivos en los astilleros españoles. La Sociedad Española de Construcciones Metálicas estaba atravesando serias dificultades económicas que la llevaron a cerrar parte de sus establecimientos.

En enero de 1924 parece probable que los talleres de El Dique gijonés estuvieran ya paralizados. En octubre de ese mismo año la Fábrica Moreda y Gijón alquiló los antiguos talleres de El Dique para instalar en ellos producciones metálicas orientadas al abastecimiento de materiales mineros.
En 1926 los Astilleros de Gijón, que habían conseguido sortear mejor la crisis, se hicieron cargo del antiguo Dique Seco, que seguía siendo propiedad de la Sociedad Española de Construcciones Metálicas. En estos astilleros se fabricaron un buen número de motonaves a comienzos de la década de 1930 que, como la mayor parte de la producción de los astilleros gijoneses estuvo orientada a abastecer a las empresas asturianas de pequeños buques para la navegación de cabotaje. En 1933 también los Astilleros de Gijón se ven afectados por la crisis económica que desde Estados Unidos se ha extendido por Europa y se ven obligados a cerrar sus instalaciones en marzo.

Apenas un año después, en 1934, aprovechando las antiguas instalaciones del Natahoyo, se pone en marcha una nueva empresa dedicada a la construcción naval: Astilleros del Cantábrico. En 1935 la empresa seguía realizando pequeñas obras, pero sin perder la esperanza de conseguir encargos de la Armada. Con el estallido de la Guerra Civil la actividad del astillero debió quedar prácticamente paralizada, pero las autoridades seguían mostrando interés por las antiguas instalaciones en las que la Consejería de Industria pretendía poner en marcha un astillero capaz para buques de 1.000 toneladas, pero teniendo en cuenta del desarrollo de la guerra esta iniciativa nunca llegó a ponerse en marcha.

Al terminar la Guerra Civil Duro Felguera se hará cargo de las instalaciones del antiguo Dique. En ese momento “las techumbres de los talleres estaban derruidas, las compuertas del Dique inutilizadas, la grada abandonada y muchas máquinas también inservibles”. La empresa se vio obligada a remodelar el astillero para ponerlo de nuevo en activo: se construyeron dos gradas de 80 y 90 metros respectivamente, se adquirieron grúas eléctricas y se electrificó la grúa todavía existente y se prolongó el dique hacia el norte 16 metros.

Esta remodelación de 1941 marcaría el límite de lo que podemos considerar el astillero histórico. Aunque no disponemos de un plano detallado correspondiente a dicha remodelación, podemos estudiar algunos de los componentes de las viejas instalaciones a través del plano de 1955. En él podemos observar no uno, sino dos diques, el más pequeño de los cuales ya ha desaparecido. También podemos ver que algunas de estas naves e instalaciones permanecen aún en pie en el mismo lugar en que se hallaban cuando se levantó en 1936 el plano de la figura 1 para señalar las gradas construidas en 1918.

Esta parte antigua del astillero, en la cual aún podemos ver naves construidas con muros de sillería del modo en que se hacía a finales de la década de 1880, es la que merece toda nuestra atención y la que debe ser preservada junto con parte de la maquinaria y el archivo que pueda conservarse.


sábado, 13 de agosto de 2016

La misión secreta de Numa Guilhou

El empresario que impulsó Fábrica de Mieres fue enviado por Napoleón III para convencer al general Prim de la inconveniencia de nombrar al príncipe prusiano Leopoldo Hohenzollern como rey de España 

Hace bastante tiempo que tengo ganas de contarles esta curiosa historia. Se trata de un enredo político con mal final, que tuvo uno de sus protagonistas en Numa Guilhou, el hombre clave de nuestra industrialización. Ocurrió unos meses antes de que el capitalista se estableciese definitivamente en Mieres, tomando una decisión en la que seguramente influyó lo que les voy a contar en las líneas que siguen.


Vamos a situarnos en 1868, tras la Revolución que derrocó a Isabel II. Los españoles tenían claro en aquel momento que no querían volver a ver por aquí a los Borbones, pero, buscando el relevo, en el país había opiniones para todos los gustos: los carlistas luchaban por su nuevo pretendiente; la ex reina conspiraba desde Francia para mantener la dinastía y los republicanos proclamaban la independencia de algunos municipios y firmaban pactos federales. Mientras tanto, en Madrid se consideraba que lo más sensato era seguir con la monarquía, pero dejándola en manos de otra familia más honrada y así comenzó el espectáculo singular de buscar un candidato para nuestro trono.


La cosa no era sencilla. Hubo partidarios de convertir en rey a algún héroe nacional como Espartero o el general Serrano; por su parte los progresistas se fijaron en el rey Fernando de Portugal, quien en medio de grandes dudas se negó a la aventura; los conservadores insistían en seguir la línea dejándola en manos del príncipe Alfonso y los unionistas encabezados por el brigadier Topete apostaron por el duque de Montpensier, quien fue creciendo en apoyos.


Pero cuando parecía viable que la corona fuera para él o su esposa Luisa Fernanda, su mala cabeza le hizo aceptar un duelo con don Enrique de Borbón. En aquel lance, don Enrique perdió la vida y el de Montpensier el trono. Entonces los progresistas se inclinaron por don Tomás, duque de Génova y nieto de Víctor Manuel, que no obtuvo el permiso materno y prefirió quedarse en casa. Por fin alguien puso sobre la mesa el difícil nombre de Leopoldo Hohenzollern Sigmaringen, príncipe católico de Prusia, aunque los castizos no tardaron en españolizar estos apellidos impronunciables y el prusiano pasó a ser conocido en las calles como Leopoldo Olé-Olé si me eligen.


Al margen de este lío, al otro lado de la frontera, Francia estaba regida en aquel momento por un hombre singular, Luis Napoleón Bonaparte, proclamado emperador con el nombre de Napoleón III y conocido por los amantes de la zarzuela por ser el marido de la española Eugenia de Montijo. Con ella tuvo un hijo que murió joven poniendo fin a la dinastía Bonaparte cuando la lanza de un zulú le alcanzó en una emboscada que le tendieron en Sudáfrica, pero como esto se aleja de mi historia, me ahorro los detalles morbosos.


Volviendo al emperador, antes de coger su cetro había sido elegido presidente de la II República francesa tras la revolución de 1848, pero al notar que contaba con el apoyo de las clases populares, acabó transformando el Estado en una monarquía hereditaria, eliminó la oposición republicana y socialista e instauró un régimen autoritario rodeándose de un puñado de fieles que a la vez le servían de consejeros.


Ahora, seguramente les sorprenderá conocer que entre estos estaba Numa Guilhou, un hombre rico, descendiente de una familia de comerciantes de lana de Mazamet, cerca de Toulouse, pero que había sabido hacer crecer sus inversiones amparado por la protección imperial, diversificando sus actividades industriales y bancarias, junto a su hermano Louis, quien ya en 1848 poseía en Madrid su propia compañía de negocios, varios establecimientos comerciales y una gran extensión de terreno en la zona de Chamartín.


Los Guilhou eran conocidos y respetados en París y no tardaron en serlo también en España donde el dinero les abrió muchas puertas; A Numa le interesaba la política y gustaba del trato con los progresistas; además admiraba el valor del general Prim, del que conocía sus andanzas porque a mediados del siglo XIX los ejércitos francés y español había compartido trinchera en varias guerra coloniales, así que se las arregló para conocerlo y pronto trabó con él una fuerte amistad que le iba a servir para ayudar a su país cuando la patria se lo demandó.


Al conocerse en Francia la posibilidad de que Leopoldo Hohenzollern fuese proclamado rey de España, saltó la alarma. Aún no está claro si fue el general Prim quien le hizo la propuesta al Primer Ministro Otto von Bismarck o si fue este quien la puso sobre la mesa para tensar de esta forma las relaciones entre Prusia y Francia, pero Napoleón III no tardó en oponerse enérgicamente al considerar que si el pacto se cerraba, su país podía quedar atrapado en medio de una pinza, con miembros de una misma dinastía enemiga flanqueando sus fronteras.


El hecho es que el general español se desplazó en persona para mantener una entrevista con el príncipe Carlos Antonio de Hohenzollern y ofrecerle la posibilidad de que su hijo fuese rey de España. Cuando se supo en París se decidió hacer un último intento por vía diplomática antes de que la decisión se consumase. La gestión no debía tener carácter oficial y era necesario que quien la llevase a cabo fuese un hombre templado y reconocido en los dos estados. Numa Guilhou cumplía estas condiciones y tenía un trato preferente con los dirigentes de ambos países, lo que le convirtió en el personaje idóneo para convencer a Prim de que si un prusiano se sentaba en el trono español, nada podría impedir una guerra.


Parece que la misión de Numa fue un éxito, ya que la candidatura se retiró, pero desgraciadamente la mala gestión de los políticos que carecían de la prudencia del industrial y no supieron poner el punto final a aquel asunto, hizo que finalmente la guerra se produjese.


La crisis estalló a finales de junio de 1870, porque el canciller Bismarck volvió a insistir en la candidatura. Entonces, por orden del Duque de Gramont, Ministro de Asuntos Exteriores francés, el Conde Vicente Benedetti, embajador en Prusia, se dirigió al propio al rey Guillermo de Prusia en el paseo del Kursaal de la ciudad de Ems, lugar de residencia y vacaciones de la casa real prusiana, exigiéndole una garantía oficial de que él nunca aprobaría la candidatura de un Hohenzollern al trono español.


Dicen que el monarca rechazó acceder a esta demanda de una manera enérgica pero sin perder la compostura, aunque mandó un telegrama informando del encuentro a Otto von Bismark. A partir de este momento, las opiniones entre los historiadores difieren, aunque está claro que el llamado «telegrama de Ems» fue el documento que echó abajo todo el esfuerzo de Numa Guilhou cuando se dio la orden de reenviarlo a la prensa y a las embajadas de toda Europa, dando inicio al conflicto bélico.


Al parecer el texto que el rey había redactado inicialmente, no coincidía con el que el primer ministro hizo público. Se desconoce si Guillermo dio su permiso para alterarlo o fue el belicoso Bismark quien tomo la decisión por su cuenta, pero los adjetivos elegidos por el monarca para describir el episodio se cambiaron por otros más gruesos de forma que al leerlo daba la impresión de que entre el embajador y el soberano se habían cruzado insultos que ofendían gravemente a ambos países.


El canciller prusiano sabía que en una guerra Francia tenía todas las de perder y seguramente por eso forzó la reacción de Napoleón III que no tuvo otro remedio que declararla para salvar su honor. El conflicto se inició el 19 de julio de 1870 y concluyó menos de un año más tarde con la caída del emperador francés y la llegada de la tercera república francesa que tuvo que ceder los territorios de Alsacia y la Lorena y pagar una indemnización de cinco mil millones de francos. Por su parte, Alemania, reunificada gracias a Bismark, se convirtió en el país más poderoso de la Europa continental.


Napoleón III, el último emperador francés, murió en Gran Bretaña en enero de 1873. El general Juan Prim, cayó el 30 de diciembre de 1870 por las heridas sufridas en un atentado tres días antes de que llegase a España un nuevo rey, el italiano Amadeo de Saboya, que solo se mantuvo en el trono entre 1870 y 1873, dando paso a la I República.


Numa Guilhou dejó este mundo en 1890, a los 73 años. En su necrológica, el diario «La Época» fue el único que hizo referencia a este episodio: «Contrajo íntima amistad con el general Prim y era a la vez hombre de confianza de Napoleón III. Intervino en varios sucesos políticos, cuando la candidatura Hohenzollern vino a Madrid precipitadamente con una misión para el general que habría logrado impedir la guerra entre Alemania y Francia sin las ligerezas de Grammont y Benedetti. Destronado el emperador, retirose a Asturias donde adquirió la Fábrica de Mieres que reorganizó por completo poniéndola a la altura de las primeras fundiciones de Europa». Así fue.

Texto de Ernesto Burgos para La Nueva España

viernes, 29 de julio de 2016

El caso del complot imposible

Las personas arrestadas en las Cuencas en 1933, tras el robo de los archivos de la Unión de Amigos de la Unión Soviética en Madrid
Serían las once de la mañana del día 14 de julio de 1933, cuando tres pistoleros penetraron en la flamante sede que la Unión de Amigos de la Unión Soviética tenía abierta en avenida de Eduardo Dato de Madrid, y tras encañonar al catedrático Wenceslao Roces y a su ayudante, que se encontraban trabajando en la oficina, procedieron a destruir sus archivos llevándose los ficheros de las organizaciones provinciales y locales de la organización, que había sido legalizada dos meses antes. Luego, tras atar a los dos hombres, los asaltantes colocaron en la pared una circular firmada por las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista y se fueron.
Poco después, entre el 19 y el 22 de julio, se produjeron en toda España más de 3.000 arrestos bajo la acusación de estar implicados en un complot para acabar con la República.
Hay quien vio esta actuación policial como un medio expeditivo para conocer hasta dónde llegaba la implantación del fascismo que se extendía rápidamente por toda España y la verdad es que puede ser la única explicación a la gran redada, que se cuenta como uno de los patinazos inexplicables del Gobierno en aquellos años difíciles, pero el argumento se complica cuando sabemos que entre los arrestados había derechistas de toda idea y condición, incluyendo falangistas, monárquicos y carlistas, y junto a ellos conocidos militantes del anarcosindicalismo.
Así, como lo están leyendo. Un complot en el participaban en comandita los dos extremos, que por razones muy diferentes se oponían a que el régimen republicano pudiese echar raíces sólidas en el país.
Lo cierto es que este hecho histórico tuvo una secuela en la Montaña Central y por eso lo recordamos en esta página donde poco a poco tratamos de reconstruir ese pasado que todavía guarda muchos secretos, porque aquí, el día 25 de julio, fueron detenidos en la cuenca del Nalón una veintena de hombres entre los que se encontraban los dos corresponsales en Sama y La Felguera del diario "Región", preferido por los lectores conservadores, y a su lado varios obreros significados por su afiliación a la Confederación Nacional del Trabajo.
Tres días más tarde, la mayor parte ya fueron puestos en libertad sin cargos y como "Región" atribuyó en un principio la acción policial a un comentario que se había publicado sobre lo que estaba sucediendo con el complot, la noticia fue recogida con detalle y ahora podemos conocer la mitad de estos nombres -los de derechas-, aunque no los de los libertarios que los acompañaron. Veamos la reseña que se publicó en portada aquel viernes 28 de julio:
"Seis de los detenidos de Sama y La Felguera en libertad. Continúan sin conocer el motivo de la detención. A las once de la noche de ayer fueron puestos en libertad seis de los detenidos en Sama y La Felguera. Son los siguientes: don Luis Miravalles, don Sebastián Sánchez, don Eladio Rodríguez Morilla, don José Manuel Llaneza, don José Antonio López García y don Alfredo Junquera, los cuales se hallaban muy agradecidos por las muchas atenciones que han recibido en la Cárcel Modelo, habiendo sido muy visitados por crecido número de personas. También fueron puestos en libertad seis sindicalistas.
De los detenidos en Sama aún continúan en la cárcel don Antonio Salazar, don José Álvarez Blanco, don Mariano Blanco Fernández, don Francisco Fernández González, don Ignacio Barros y don Juan Román Salinas. Ni a unos ni a otros se les ha tomado declaración y continúan sin saber a qué obedecen las detenciones".
Luego seguían dos breves párrafos en los que se anunciaba que la brigada social también acababa de retener al joven Avelino González Canga mientras se registraba su casa sin ningún resultado y que la Juventud Católica de Turón había enviado al gobernador un telegrama protestando enérgicamente por la detención de sus colegas felguerinos, firmado por César Gómez, Pablo Martínez, José Gómez y José Muñiz.
Álvarez Blanco, el corresponsal, volvió a su casa el día 30 y poco después fueron saliendo sus compañeros, pero nunca se supo de qué se les acusó ni qué se buscaba en los registros, ni nosotros lo sabemos ahora.
Esto sucedió en nuestra casa, pero en el resto del país todo sucedió más o menos igual y si comparamos las informaciones de distintas provincias no encontramos más que un cambalache absurdo en el que se mezclan las detenciones y los registros más dispares. En Sevilla se clausuró el semanario tradicionalista "El Observador" junto a tres ateneos libertarios y cinco centros afectos a la CNT mientras por toda Andalucía se sucedieron arrestos tan pintorescos como los del canónigo del Sacro Monte, el superior de los jesuitas de Cádiz, curas párrocos, abogados, militares, catedráticos derechistas, el director del "Diario de Jerez" y numerosos sindicalistas.
Incluso en Málaga un concejal comunista arremetió contra todo y contra todos considerando que las detenciones eran la evidencia de que había escuadras fascistas socavando las corporaciones, desconociendo que en Valencia habían sido detenidas treinta personas, entre las cuales iban codo con codo el marqués de Torrefranca, el barón de Cárcel, el hijo del jefe provincial de los tradicionalistas de la región, el marqués de Laconi y varios obreros que para complicar aún más la cosa se declararon no anarquistas, sino comunistas, como el mismo edil malagueño.
Al contrario, en Galicia, con más tino, la Federación local de Sindicatos Únicos de Vigo, se negó a convocar ninguna protesta para no caer en la trampa que evidente alguien estaba poniendo para "distraer la opinión ante el caos y la desorientación política, económica y social que domina en las alturas".
La lista fue tan disparatada y extensa que cuesta detenerse en alguna provincia. Por ejemplo, en Zaragoza se clausuraron al mismo tiempo la Agrupación al Servicio de España, el Círculo Tradicionalista, nueve centros sindicalistas y hasta el Sindicato Único de Calatorao; en Valladolid pasó a prisión, junto a un grupo de falangistas el anarquista Pedro Orobón, que entonces era miembro del secretariado de la Asociación Internacional del Trabajo (AIT) y al que se le ocupó una pistola y en Bilbao también fueron encarcelados a la vez carlistas y libertarios.
En fin, durante una semana se violaron impunemente los derechos más elementales de los ciudadanos, haciendo crecer la sensación de que se había impuesto el desgobierno y si algún dirigente se levantaba con el pie izquierdo podía ordenar impunemente cualquier tropelía. Lo más grave fue que quienes pensaban esto estaban en lo cierto, porque nunca se dieron explicaciones, ni se exigieron responsabilidades y el daño a las instituciones republicanas fue irreparable.
Cuando todo pasó, el ministro de Gobernación, el galleguista Santiago Casares Quiroga sufrió uno de los peores momentos de su vida política y tuvo que dar la cara en una tímida y vergonzosa intervención haciendo bailar unos demonios imposibles. Habló de reuniones sospechosas, de movimientos extremistas "en proyecto", mezcló el fascismo con el sindicalismo y concluyó quitando importancia a lo sucedido.
En Asturias, "Región" aprovechando el río revuelto se colgó la medalla de que la persecución que habían sufrido sus corresponsales era debida a la campaña que estos venían haciendo contra la "desastrosa gestión administrativa" del Ayuntamiento de Langreo mientras los demás detenidos formaban parte de una tapadera para encubrir lo que no había sido más que una venganza personal ordenada por su Alcalde. Fue lo que hubo y así se lo cuento.

Texto de Ernesto Burgos para El Comercio 

sábado, 23 de julio de 2016

El incremento de la industria hullera: Carbones de Santa Ana / Hermanos Herrero

(C) Makio Terala
Favorables circunstancias vinieron a dar impulso a la industria hullera. Hasta el año 1849, la Jefatura de Minas de Asturias, estaba acoplada a la de Galicia, con residencia en Vega de Ribadeo, considerado como punto céntrico de las dos regiones. Pero, a partir de dicho año, quedo establecida en Asturias la Jefatura de Minas. En este mismo año, se puso en vigor la nueva Legislación minera. 
Toda esta serie de circunstancias favorables, unidas a la perspectiva de la pronta explotación del ferrocarril de Langreo-Gijon, dieron origen a que se despertara la inclinación hacia las minas de carbón, descubriéndose y demarcándose unas 2.363 concesiones, pertenecientes en su mayoría a las Sociedades que a continuación se mencionan.

SOCIEDAD MINERO-CANTABRA

Esta sociedad, muy importante, fue propietaria de las minas de cobre y manganeso, en Cabrales y Peñamellera, y de las de carbón, en Langreo y San Martin del Rey Aurelio, tituladas Tras el Canto, Trechoro, San Blas, Lozana en Ciaño), Llamargon, Santa Ana en San Andrés de Linares, Vuelta, Sallosas, Carmelita, Generala, Mariscala, Florida, Alameda y Pontón en San Martin.
Como complemento a su industria del carbón, intento esta sociedad, en el año 1848, instalar una Fábrica de fundición en Ciaño (Casas de la Fábrica). Más tarde, en 1856, traspaso toda su propiedad minera, por aportación, a la Sociedad franco-belga, constituida en Paris en 1845, para la explotación de minas de carbón en el valle de Langreo, titulada "Hulleras de Santa Ana"

HULLERAS DE SANTA ANA

Esta nueva sociedad, se dedico exclusivamente al desarrollo de la explotación de carbones. A tal motivo, llevo a cabo grandes instalaciones para el aumento de sus grupos mineros, nombrados Tras el Canto en Ciaño, Santa Ana y Soton en San Martin del Rey Aurelio. Construyo un ferrocarril de vía de 0.65 metros de ancho, para enlazar dichos grupos, empleándose al principio la tracción animal, y más tarde la de vapor, para conducir sus carbones directamente a unos muelles-depósitos, instalados en las inmediaciones del ferrocarril de Langreo, o sea en el cargadero conocido con el nombre de Collantes, que existe actualmente próximo a la estación de Sama.

Pronto esta sociedad vio acrecentadas sus propiedades mineras a ambos lados del margen del rio Nalón, con nuevas concesiones, otorgadas por el Estado unas, y por la compra a particulares otras, formando extensos grupos, con las concesiones tituladas Lozana, La Granja, La Cabaña, Negra (Ciaño); Juliana, Prisionera, Máxima , San Alejandro, Teresa, Monje Bey, Aurelia, Llonga, Candanal, Fernando 1º, Cabañina (San Andrés); Piquera, Baraosa, Santa Rita, Marcelina, 2º Florida, Valentina (San Martin); Fea, Buena, Raposa, Julieta, 2º María Antonia, Paulina,  y Milana (Blimea); Paulina 2º, María Juana, Pliton, Apolon, Encina, Mesina (Santa Bárbara y Cerezal); Chernanga, Focara, Noviella y Faya los Llobos (Laviana)

Por razones de índole económica, se declaro en quiebra esta sociedad, en el año 1864, siendo adquirido en Paris por Gaspar Martínez Fernández, en 1866, constituyendo en 1870, con Ignacio Herrero Pui, la Sociedad Carbones de Santa Ana.

CARBONES DE SANTA ANA

En esta época la industria carbonera atravesó una de sus crisis, debido a las circunstancias excepcionales que atravesaba el país con sus disputas civiles. Además, dejabase sentir un espíritu poco industrial y trabajador, infiltrado en las costumbres de nuestros antepasados, difícil de vencer por su marcado antagonismo hacia todo aquello que significara progreso. Además, se carecía de medios rápidos de embarque, sin puertos en la costa, con trasportes caros, sin comunicaciones con el interior y con un reducido comercio y matricula de mar.
Todas estas desfavorables circunstancias fueron el estrelladero de la antigua Sociedad mencionada, viéndose obligados sus propietarios a reducir en extremo las extracciones carbones en sus grupos de explotación por la falta de salida, concentrándose solamente a la conservación de los más avanzados y limitando la extracción al carbón grueso.

Sin embargo, a pasar de la crisis carbonera de aquella época, esta sociedad amplio sus grupos mineros con nuevas concesiones otorgadas por el Estado en el concejo de Langreo, tituladas Embajadora, Reguerina y Guapa 3º. 

Acogiéndose a los beneficios emanados del Decreto-Ley de 1868, refundió varias de sus concesiones primitivas de los vales de Carrocera, San Andrés de Linares, Blimea (San Martin) y los de Corcia y Barredos (Laviana) con los nombres de San Andrés de Linares, Valle de Carrocera, La Espesura, Blimea (San Martin), La Corcia, Los Barredos y Buena (Laviana)

Por el Fallecimiento de Ignacio Herrero, se hizo cargo de todo su haber social la Casa Bancaria titulada Herrero Hermanos. 

HERRERO HERMANOS

Esta nueva sociedad extendió sus explotaciones a los grupos de minas conocidas con el nombre de Sallosas y Generalas, estableciendo la comunicación con la concesión obtenida de un ramal minero emplazado sobre la carretera del Estado, desde Sotón a Sotrondio, para la explotación de las minas de los grupos de Rimadero y Santa Bárbara. para comunicar con el ferrocarril a este ultimo vale, se construyo el túnel que hoy se conserva en las inmediaciones de Sotrondio.

Adquirió mas tarde, por compra y concesión del Estado, las minas llamadas Los Llerones, Dos Amigos, Alejandra, Romualda, Isabel, Manuela, La Desgraciada, Abandono (Turiellos), Modesta, Prezosa, Hallada, Descuido, Llamarga, Nombrada, Casualidad, Falsedad y Carmencita (Ciaño),pertenecientes a la antigua Sociedad conocida bajo la razón social de "Collantes, Bustamante y Compañía". Por aquella época, esta sociedad refundió sus pertenencias, situadas en la parroquia de Turiellos, en la concesión María Teresa, de 144 hectáreas, de las cuales fueron renunciadas en 1899, 120, demarcadas con posterioridad a favor de la Sociedad "Fabrica de Mieres", las minas nombradas "Escogida, Cuarta y Tercera,  y a favor de Mariano Ajuria las denominadas Disputada, Paz y Concordia. De las concesiones situadas en el valle de Ciaño, se refundieron con la concesión Guerra, las tituladas Modesta, Descuido, Casualidad, Falsedad y Carmencita. 

Así mismo, esta sociedad refundió los cotos mineros de La Esperanza y Blimea en San Martin y los de La Corcia, Los Barredos y Buena en Laviana, que formaban parte de la antigua sociedad Carbones de Santa Ana, con las minas nombradas Ocatava, Terca y 2º Vanguardia. Además registro y obtuvo títulos de propiedad de las minas tituladas Definitiva, Leonor, María Antonia, Alerta y Defensa en Langreo, Intercaladas en Laviana, Ninfa, San Vicente, Prudencia, Eudosia, Teresita, Inocencia, Triunfo, Matilde, Pilar, Africana, Alerta, Mercedes, Emboscada, Águila, Mamesina en San Martin, y las adquiridas a particulares, conocidas con los nombres Valle de Ciaño e Historia en Langreo y Nalona 2, La Sucia y Cazadora 2º en San Martin. 

Por aportación, esta sociedad traspaso todas sus propiedades mineras, instalaciones, ramales mineros, terrenos y edificios a la Sociedad Anónima Duro Felguera, formando parte de los grupos titulados Santa Ana, Carrocera y San Martin, nombres que conservan en la actualidad.



Texto de Julián G. Muñiz, autor de La Industria Hullera. 

sábado, 25 de junio de 2016

Historia de la fábrica de cervezas Águila Negra de Colloto (Oviedo)

El Águila Negra fue durante casi cien años (1898-1993) la verdadera cerveza de Asturias y de los asturianos. La fábrica de cerveza más grande que tuvo Asturias consiguió asentar las bases de una cultura cervecera en una tierra donde la sidra era y es la bebida nacional por antonomasia. En las siguientes líneas se tratará de esbozar una pequeña historia sobre la mítica marca collotense repasando su historia a través de los años y haciendo hincapié en algunos de los datos que la llevaron a estar a la cabeza de la industria cervecera de la Península Ibérica.

Los orígenes de esta cervecera los encontramos en el pueblo de Colloto, población situada en los límites de los concejos de Oviedo y Siero. La actividad principal de esta villa era la ganadería y la industria sidrera. Entre los varios llagares familiares y las fábricas presentes en Colloto, destacaban Industrias Cima y Bodegas Asturianas (Fábrica de Sidra Princesa de Asturias). Ámbas fueron punteras en la elaboración de sidras champán desde finales del S XIX en adelante. Sin embargo el fuerte desarrollo de Industrias Cima- su fundador José Cima fue el primer collotense en obtener la cruz al merito del trabajo, hizo que Bodegas Asturianas empezara a quedarse atrás en el mercado local y nacional con lo que sus directivos decidieron diversificar y empezar a construir una fábrica de cerveza. Para ello viajaron por Europa-principalmente por Alemania y Chequia con el fin de traer información y recursos humanos que ayudaran a crear una cervecera de prestigio.En 1898 comenzaron las obras de ampliación y modernización de una fábrica de cerveza que comenzaría su primera cocción en la primavera de 1900.

El año 1898 fue un año agitado, el cambio de siglo estaba cerca y eso se hacía notar en todos los aspectos de la vida. En la cultura ibérica destacan los escritores de la Generación del 98, dando su visión particular sobre la España de fin de Siglo. En Arquitectura Gaudi diseña y construye el Parc Güell en la Barcelona de fin de siglo.En Europa, H.G. Wells publica la edición de su novela La Guerra de los Mundos y la ciencia recibe con regocijo el descubrimiento del radio por parte de Marie y Pierre Curie. El orden mundial estaba cambiando y la expansión colonialista de las potencias europeas coincide con la mayor crisis internacional española: el fin de su imperio de ultramar con la independencia de sus dos únicas colonias-Cuba y Filipinas, un hecho que afectará profundamente a todos los estamentos de la sociedad. España era un país con una economía atrasada basada en una agricultura poco competitiva y en unos enclaves industriales aislados en Barcelona y Vizcaya, principalmente. La sociedad era predominantemente rural y poco urbanizada, con grandes desigualdades sociales y culturales, un elevado grado de analfabetismo y una profunda escasez de clases medias. La política de la restauración y el sistema bipartidista sólo favorecía a un pequeño grupo de oligarcas que se turnaban para disputarse las ganancias. Sin embargo, justo en esa época la economía española se empezaba a acercar a la media de los paises europeos más industrializados. Los efectos económicos de la pérdida de las colonias no fueron del todo negativos ya que la repatriación de capitales supuso una importante inyección en la economía española. España distaba aún mucho todavía de los países más desarrollados, pero el panorama iba mejorando, estaba moviendose.


Dentro de esta nueva movilidad, una fábrica regional de sidra champán decide diversificar su producción y comenzar a elaborar cerveza, bebida por aquella época considerada como de temporada y extranjerizante pero que empezaba a ganar adeptos día a día. De esta manera comienzan las obras de acondicionamiento y la instalación de la maquinaria necesaria para elaborar cerveza. Las primeras pruebas fueron muy exitosas y así, el 29 de Marzo de 1900, con un capital social de un millón de las antiguas pesetas queda fundada la empresa El Águila Negra de Colloto, fábrica de cervezas, reconvirtiendo así en cervecera la antigua fábrica de sidra champán Bodegas Asturianas. Durante la primera década del siglo XX se continuó elaborando sidra pero cada vez esta tenía menos peso en la fábrica ya que los maestros cerveceros e ingenieros industriales traidos de Alemania y Chequia trabajaban a un ritmo que permitía ir afianzando una línea de cervezas de calidad que atraía a cada vez más consumidores.


Primeros Años
Esta forma de trabajar fue la que permitió que antes de la guerra civil española (1936-1939) el Águila Negra ya ocupara un puesto de privilegio dentro de la industria asturiana, basada en aquel entonces en la minería y la siderurgia. Entre los avances que hicieron que esta cervecera progresara adecuadamente estaba la creación de una maltería neumática, única en la década de los 20 en España, y que le permitía maltear entre septiembre y abril( los meses, por aquel entonces ideales para tal fin) la suficiente cantidad de grano para completar su producción anual y crear excedente que se vendía a otras cerveceras nacionales. Teniendo en cuenta que antes de 1936 la producción era de 22000 litros diarios, podemos hablar de unas cifras record para la incipiente industria cervecera de la región. En aquella época la fábrica producía dos cervezas, una oscura denominada brune-al estilo de las dunkel alemanas( con 11,5% de extracto seco primitivo-E.S.P) y una rubia especial tipo pilsen(12,5% de E.S.P) que gozaba de gran aceptación.

Años 40
La Guerra Civil fue un desastre absoluto para el país, y la posguerra trajo momentos dificiles para la fábrica. Los recortes presupuestarios, el uso del grano para alimento y los reajustes políticos que la dictadura impuso hicieron que la industria en general sufriera una fuerte recesión. Sin embargo, El Águila Negra, al pertenecer al campo de la alimentación pudo diversificar y mantenerse a pesar de la crisis.Una de las soluciones adoptadas-además de la venta de malta y la plantación y recolección de lúpulos propios, fue la creación de una planta de fabricación de hielo industrial. La Fábrica siempre había producido hielo para acondicionar las bodegas y realizar las guardas de su cerveza. La idea de aumentar dicha producción y venderla resultó en un importante aumento de dividendos que redundarían en la fabricación de cerveza.




Años 50 y 60
Los años 50 y 60 fueron los de la consolidación de la cerveza asturiana en el mercado regional y la entrada por la puerta grande en el nacional. La producción fue en aumento, llegando a los 48000 litros diarios que se repartían entre Asturias y las provincias limítrofes. La investigación y la tecnología que se aplicaba iba en aumento y cada vez la técnica se hacía más refinada dando a la cerveza un mayor impulso. La importancia de la fábrica para Colloto se hizo vital, además de dar empleo directo a muchos habitantes, era también creadora de puestos de trabajo indirectos-venta de cerveza, hostelería, siembra y recogida de lúpulo, trasformación de bagazo de malta en piensos etc... La identificación de pueblo y cerveza se hizo absoluta, algo muy importante teniendo en cuenta que Colloto era -y es, un núcleo sidrero importante dentro de Asturias.



Años 70
La década de los 70 representa el auge absoluto de una marca, seña de identidad ya de la industria alimenticia asturiana y su afianzamiento fuera de la región, especialmente en Galicia, León, Cantabria, Zamora y Madrid. La competencia con las cervezas nacionales iba en aumento lo que suponía una activación de la economía y un impulso más que patente de la cultura cervecera. En la decada anterior habíamos asistido a la triste desaparición de la otro cervecera existente en Asturias, Estrella de Gijón(**Ver Anexo I). Esa fue la cara mala de la competencia y de la lucha por el liderazgo dentro del mercado de la cerveza. El Águila Negra, se hizo con los derechos de una de sus cervezas y empezó a elaborar una cerveza especial extra( con extracto seco primitivo 16%) bajo el nombre de Kronenbräu, indicando en su envase, a modo de reconocimiento, que la receta original pertenecía a Estrella de Gijón.


Los 80 

La producción en los años 80 llega a la cota histórica de 62000 litros diarios, la fabricación se diversifica, las inversiones van en aumento y la cervecera goza ya de un asentamiento económico, industrial y social total. Como muestra de esta situación vemos que la gran mayoría de los acontecimientos culturales y deportivos asturianos cuentan con el patrocinio de la cervecera y su presencia en la hostelería y la gastronomía asturiana alcanza cotas impensables para una región de tradición sidrera y dentro de un país culturalmente vinícola.

El declive: Años 90

Cuanto más alto se sube, mayor es la caída dice el acervo popular y los problemas para El Águila Negra empiezan a finales de los 80, con una serie de desastrosas operaciones económicas que su directiva lleva a cabo y que, incapaces de solucionar, hacen que la cervecera empiece a entrar en una crisis de la que ya nunca más salió. Por aquel entonces era necesaria una reconversión para ajustar la cerveza a los nuevos tiempos y a las nuevas pautas que el mercado exigía. Paradojicamente, aquella cervecera que había sido siempre puntera en tecnología, investigación y desarrollo( cuando ni siquiera existian esos departamentos en las empresas) empezaba a quedarse atrás cuando más necesitaba esos avances. Sus directivos no supieron o no pudieron estar a la altura de las circumstancias y la mala gestión de los dividendos obtenidos hasta la fecha desembocaron en huelgas, manifestaciones,negociaciones y crisis generalizada que llevaron al cierre definitivo en el año 1993. El gobierno regional, siempre dispuesto a cuidar el patrimonio industrial de Asturias no pudo o no quiso intervenir en lo que se denominó la crónica de un cierre anunciado, lavandose las manos y desoyendo proyectos que hubieran mantenido la empresa a flote. De esta conjunción de desastres se llegó al final de una cervecera que había sido pionera en la producción de cerveza en Asturias y en España así como la seña de identidad de un pueblo, Colloto, de una Ciudad Oviedo y la referencia de una región en la industria cervecera de la Península Ibérica.

miércoles, 22 de junio de 2016

Enfermedades profesionales relacionadas con la minería

Antes de pasar a describir las enfermedades que afectan a los mineros del carbón vamos a definir lo que es una enfermedad profesional.

"Patología médica o traumática provocada por la presencia en el medio ambiente laboral de agente físicos, químicos o biológicos que merman la salud del trabajador".
Las enfermedades mineras han sido la punta de lanza de las enfermedades profesionales por la especial dureza de los trabajos realizados en la mina y por los ambientes nocivos en que se suelen realizar. A pesar de que hay enfermedades típicas de todos los tipos de minería, nos vamos a centrar en la del carbón, ya que es la que nos atañe.


La mayoría de males que afectan a los mineros del carbón son por agentes físicos, aunque también encontramos alguno biológico. Además, las enfermedades han ido variando a lo largo de la historia y hoy en día no encontramos todas las que se daban hace 100 o 150 años.

Los mineros del carbón se enfrentan todos los días a movimientos rápidos y repetitivos, esfuerzos excesivos,posturas incómodas, ruido, vibraciones... Todas ellas pueden desencadenar en afecciones osteoarticulares y vasculares por la vibración de los martillos neumáticos, bursitis crónica por posturas forzadas y movimientos repetitivos, hipocausia (sordera) debido a los ruidos... Hay otro factor físico que ha desaparecido con el paso del tiempo, pero que en la antigüedad provocaba una enfermedad que afectaba a muchos mineros. La luz, o mejor dicho, la ausencia de luz. La precaria iluminación de las lámparas de seguridad, que daban unas 10 veces menos luz que una cerilla, hacía que los mineros de interior sufrieran nistagmus de los mineros.  Se manifiesta como un movimiento rápido e involuntario de los ojos, que se puede acrecentar con los cambios de luminosidad (pasar de una zona oscura a una iluminada o al revés) y que provoca temblores que pueden hacer perder el equilibrio. Al aparecer las lámparas eléctricas y mejorar la iluminación, esta enfermedad desaparece, aunque continua en el listado de enfermedades profesionales de nuestro país.

Si hay una enfermedad que se asocia a los mineros, es la silicosis. Es un tipo de neumoconiosis provocada por el polvo de sílice que se desprende al picar las rocas. La neumoconiosis se define como la acumulación de polvo en los pulmones y la respuesta tisular patológica ante su presencia. 
Al respirar partículas de sílice, algunas llegan a los sacos alveolares donde los macrófagos (células pertenecientes a  nuestro sistema inmune) las fagocitan. Sus enzimas están preparadas para destruir moléculas orgánicas por lo que no atacan al polvo, que se acumula hasta que las mata. Al morir, esas enzimas se liberan provocando graves daños en el tejido alveolar y con el paso de los años los pulmones se van destruyendo, provocando obstrucción, tos, expectoración, disnea e incluso la muerte.

Gracias a las nuevas medidas higiénicas, a mediados del siglo XX se erradicó una enfermedad que llegó a causar epidemias: la anquilostomiasis. Está provocada por un agente biológico, en concreto por un gusano parásito (Ancylostoma duodenale) de la familia de los nemátodos. También se conoce a la enfermedad como la anemia de los mineros ya que sufrían de fuertes anemias provocadas por hemorragias intestinales crónicas.
Este parásito se aloja en el intestino y sus huevos salen con las heces. Las larvas se desarrollan en el suelo e infectan a los mineros por vía oral o atravesando la piel. Las malas condiciones higiénicas hicieron que se extendiera hasta provocar una epidemia en muchas minas. La mejor forma de luchar contra ella fue la prevención y hoy en día ya no se da en las minas de países desarrollados.

jueves, 9 de junio de 2016

Asturias independiente y Gijón Capital

Hubo un tiempo en el que Asturias fue independiente y tuvo su capital en Gijón. Sucedió entre el verano y el otoño de 1937, en plena guerra civil española y con Asturias convertida en una ínsula republicana en el Norte del país. En respuesta al aislamiento, cuando ya habían caído Santander y Bilbao en manos nacionales, se proclamó el Consejo Soberano de Asturias y León. El próximo sábado se cumplen 75 años de aquel día.

«El Consejo Interprovincial de Asturias y León (...) cree llegado el momento de asumir la plena responsabilidad del mando soberano en el territorio de su autoridad», quedó escrito en el decreto aprobado en Gijón «a veinticuatro horas del día veinticuatro» (entró en vigor el 25), en el que se dice en las primeras líneas el porqué de las cosas: «Quien repase en su memoria hechos históricos hallará confirmación de que una ciudad sitiada asumió siempre la integridad de su responsabilidad».
Eso ocurría en Asturias. La situación era dramática. No había, tal y como detalla el documento, división entre lo civil y lo militar, porque todo en Asturias y las áreas leonesas de Pajares y la comarca de Babia eran únicamente frente. Pero, pese a esas circunstancias de incomunicación con el mando republicano y la imposibilidad de recibir refuerzos, no gustó en exceso al Gobierno de Azaña esa declaración de independencia que convertía en Soberano al que hasta entonces había sido Consejo Interprovincial de Asturias y León. Fueron éstos los órganos creados por el Gobierno republicano para administrar los territorios tras el levantamiento de Franco en 1936.

Al frente del asturiano -con y sin soberanía-, Belarmino Tomás (1892-1950), socialista de Sama por el que tampoco sentía especial simpatía Manuel Azaña y al que llamó a consultas a Valencia -no acudió- tras la proclamación de la 'independencia'. Muy vinculado a la figura de Manuel Llaneza -trabajaron juntos en el pozo Fondón-y a la lucha sindical, se implicó en la Revolución de Octubre del 34 y acabó siendo encarcelado. Luego, ya en 1936, se convirtió en diputado electo del Frente Popular. Fallecido en México en el exilio, Tomás fue el líder de un Consejo Soberano que tuvo los días contados, pero que incluso llegó a acuñar sus propios sellos y papel moneda. De hecho, fue él precisamente quien bautizó como 'belarminos' a los billetes que se emitieron en la época -no solo durante la época del Consejo Soberano sino también cuando era territorial-.

Fueron meses fatigosos, de batallas muy duras para tratar de mantener el Frente Norte en manos republicanas, pero acabaron siendo, dos meses después de la proclamación del Consejo Soberano, batallas perdidas.

El 20 de octubre de 1937, el ejército nacional toma Gijón y el Consejo se ahoga en las aguas del puerto de El Musel. Ese mismo día se celebró la última reunión del Consejo Soberano, encabezada por el coronel Prada, en una situación tremendamente comprometida: «Nos ha derrotado la aviación y pretender resistir es inútil. No cabe más que el repliegue si se quiere salvar parte del Ejército», quedó escrito que dijo el mando militar, que con anterioridad había anunciado que en Gijón aguardaban los barcos que podrían realizar la evacuación. Se trata de embarcaciones capaces de trasladar entre 50.000 y 60.000 personas. Esa reunión se producía a mediodía. Y a primera hora de la tarde comenzó una evacuación polémica que dejó en tierra a muchos afines a la República que acabarían convirtiéndose en represaliados justo al día siguiente, el 21 de octubre, cuando el ejercito nacional asumió el mando de Gijón.

Fuente: el Comercio

Los mineros asturianos y la sidra

El consumo llegó a ser tan elevado que los ayuntamientos intentaron tasarlo con tributos


La producción y consumo de sidra se había venido consolidando en Asturias desde, al menos, la Alta Edad media; aunque Llegado el siglo XIX dos serían los procesos que impulsarían de modo sustancial la elaboración de sidra. El primero es la emigración a ultramar, lo que proporcionará la expansión del producto al vasto mercado americano. El segundo es el proceso de industrialización y consiguiente urbanización regional que conllevó un notable aumento de la población regional y que generó otro tipo de pautas de consumo de bebidas alcohólicas, que ya no será solamente ocasional. En Gijón y las cuencas mineras se ubicarán los principales centros consumidores.

En la cuenca del Nalón, sobre todo, el consumo del caldo asturiano alcanzaría desde pronto unos niveles de demanda tan espectaculares que situarían a la comarca, cualitativamente, como el principal consumidor provincial, realidad que queda bien plasmada en el desarrollo de una destacada hostelería sidrera cuyo arraigo como espacio de sociabilidad es de sobra conocido. Que el consumo alcazaba cotas elevadísimas queda claramente reflejado en el hecho de que los ayuntamientos -al igual que otras instancias fiscalizadoras- tratasen de tasar la sidra con tributos lo más altos posibles, lo que por otra parte ilustra nuevamente la elevada demanda de caldo asturiano.

La vinculación de los mineros al chigre parece, desde luego, un hecho bien establecido. Los pozos solían estar alejados de los lugares de residencia y, por tanto, las muchas tabernas abiertas en el camino constituían una oportunidad ineludible para estimular la sociabilidad y fomentar unos contactos interpersonales que la dispersión del hábitat y lo apretado de los horarios dificultaban; tal y como queda plasmado en obras como las de Clarín o Palacio Valdés. No es extraño, en consecuencia, que el obrero industrial -y sobre todo el minero como verdadero emblema regional de las clases populares- aparezca sistemáticamente asociado a la taberna; integrando su paisaje y fundiéndose en su vida cotidiana con ella.

Andando el tiempo, cuando se produce el aluvión poblacional de la segunda mitad de siglo en Gijón y Avilés se debe tener en cuenta que la mayoría de los emigrantes serían de origen asturiano, muchos de ellos procedentes de unas cuencas mineras ya en declive y que, por lo tanto, sus pautas de sociabilidad se hallarían muy vinculadas a la cultura sidrera. Por si ello fuese poco, Gijón, por su cercanía a otros núcleos poblacionales importantes y gracias a la facilidad de comunicación con ellos, se convertiría en el mar de las cuencas mineras.

Además, en el comienzo de la nueva eclosión sidrera de los años setenta, no era poca la gente minera que se desplazaba hasta estas zonas. A la sidrería El Furacu de Villaviciosa, por citar un ejemplo bien conocido, acudía numerosa concurrencia desde las cuencas, clientela que gastaba buenas sumas de dinero y que era muy proclive a alargar el jolgorio lo más posible. Había cuadrillas de tres o cuatro libadores que despachaban la nada despreciable cifra de setenta u ochenta botellas. Similares escenas se constataban en el caso de los lagares de Siero. Aunque estos ocios sidreros venían de lejos, y de la mítica sidrería Casa el Ferreru de Oviedo, por citar un caso significado, se tenían en gran estima los chipirones y el pollo, que era consumido especialmente por mineros los fines de semana.

A la expansión del consumo lúdico de sidra en plazas que no habían sido en esencia muy sidreras contribuirían también significadamente los mineros. En marzo de 1962, por ilustrar la cuestión, con motivo del encuentro entre el Unión Popular de Langreo y el Luarca Club de Fútbol, más de dos mil aficionados de la cuenca se desplazaban e improvisaban unas jornadas festivas en la villa costera. Por los testimonios de que se disponen se sabe que durante éstas corrieron a buen ritmo el marisco y la sidra.

De todo lo expuesto se puede concluir, en definitiva, que a la expansión de la cultura y la industria sidrera han ayudado de modo decidido los mineros; encontrándose en las cuencas hulleras aún hoy en día algunas de las plazas más emblemáticas en el consumo del ambarino caldo astur.

viernes, 3 de junio de 2016

Breve historia de la plaza de toros El Bibio de Gijón

Del circo taurino de la carretera de Villaviciosa a los 125 años de su construcción, entre el 2 de enero y el 12 de agosto de 1888

Por estas fechas, hace 125 años, cuadrillas de obreros se afanaban en levantar el que sería el mayor inmueble que viera hasta entonces la villa: una plaza de toros permanente, la primera en la historia de Gijón, levantada sobre unos terrenos de los arrabales orientales de la población, entre la carretera de Villaviciosa y la calle de Ezcurdia, en un lugar denominado El Bibio, posiblemente derivado del término latino bivium (bifurcación, cruce de caminos).
El edificio se diseñó con una capacidad para diez mil espectadores, todos sentados, cuando la población de Gijón era de veinte mil almas. Es decir, la mitad de los vecinos de la villa cabían en el interior de la vistosa y elegante plaza de toros de estilo neomudéjar, con sus fachadas encaladas y de ladrillo caravista.

La primera piedra del coso se había puesto el 2 de enero de 1888, con planos del arquitecto Ignacio Velasco y con el compromiso de la empresa adjudicataria de las obras, Canosa y Goyanes, de tener terminada la plaza para la feria agosteña del mismo año. Así fue. La plaza de toros de El Bibio se inauguró el 12 de agosto de 1888 como un atractivo indudable para la captación de veraneantes.

Y es que la década de los años ochenta del siglo XIX supuso la puesta de largo de Gijón como una urbe moderna, en medio de una potente industrialización y con las miradas puestas en la construcción del gran puerto de refugio de Asturias. Al año siguiente de la inauguración de la plaza de toros, también en el mes de agosto, llegó el agua corriente a la villa con la traída desde el manantial de Llantones, lo que propició la creación del cuerpo municipal de bomberos.

En cuanto a los transportes públicos, también en 1889 se constituyó la sociedad anónima Compañía de Tranvías de Gijón, cuya primera línea entró en servicio en 1890 precisamente para enlazar el centro de la población con La Guía (más tarde con Somió) y articular la nueva zona de esparcimiento y ocio que pivotaba sobre el recinto de Los Campos Elíseos y la plaza de toros de El Bibio.

Tampoco hay que olvidar que en un primer momento los impulsores del proyecto de Los Campos Elíseos (inaugurado como teatro-circo Obdulia en agosto de 1876 y con capacidad para unos 3.500 espectadores) pensaron en levantar una plaza de toros, que luego descartaron, por lo que la idea se retomó en 1887 «cuando unos cuantos gijoneses decidieron que Gijón tuviera plaza de toros, constituyendo, al efecto, una entidad titulada Sociedad Plaza de Toros de Gijón. Como presidente figuraba don Florencio Rodríguez (un indiano que había hecho fortuna en Cuba, nacido en Pola de Siero, creador también del Banco de Gijón) y, como secretario, don Aquilino Suárez Infiesta» («Pequeñas historias de Gijón. Del archivo de un periodista», de Joaquín Alonso Bonet).

Precisamente en el diario local «La Prensa», que dirigió Alonso Bonet, el 15 de agosto de 1931, en su sección «Minucias trascendentales», Pachín de Melás (Emilio Robles Muñiz), se refería a la historia de las corridas de toros en Gijón, citando que el primer festejo había tenido lugar en 1660 durante las fiestas en honor de San Pedro. Y «tanto gustó el festejo -escribió Pachín de Melás- que desde aquella fecha vinieron celebrándose bastantes años. Para esto, se tomaba la precaución de ajustar con el abastecedor de carnes, el compromiso de surtir de dos o tres toros buenos. Por el trabajo de buscarlos, encerrarlos y darles suelta el día de la corrida, se le daban doscientos reales, con el derecho, a una vez muertos, vender la carne dos maravedises más cara».

Tras los primeros tiempos de festejos taurinos en improvisados recintos la costumbre se perdió hasta mediado el siglo XIX. En el Archivo Municipal de la Torre del Reloj se guardan los carteles anunciadores de las tres corridas de toros que se dieron en Gijón los días 22, 24 y 25 de agosto de 1861 y la del 15 de agosto de 1862.

Cuenta en su artículo Pachín de Melás que «contra el parecer de muchos, un grupo de amigos gijoneses construyó una plaza de madera en Begoña, cerca del kiosco de la música, lindando con lo que es hoy la calle de San Bernardo». En el cartel de la corrida del 15 de agosto de 1862 se observa que era «la primera de las tres anunciadas», así como que se prohibía al público, «por orden de la Autoridad, arrojar piedras, cáscaras, ni otra cosa que pueda perjudicar a los lidiadores».

El inicio del festejo taurino se anunciaba para las cuatro y media de la tarde y se advertía: «Al concluir la lidia del tercer toro, y antes de la salida del cuarto, se rifarán los dos toros que la empresa regala a los concurrentes, siendo premiados los dos primeros números».

La plaza de El Bibio tuvo que ser reconstruida por los grandes daños que sufrió durante la Guerra Civil y a finales de la década de los años noventa del siglo XX el Ayuntamiento, propietario del inmueble desde 1951, acometió una casi completa rehabilitación del recinto, que es bien de interés cultural.

Pero de los pormenores del circo taurino local se está ocupando Juan Martín Merino, «Juanele», quien está a punto de entregar a la imprenta su próximo libro, que lleva por título: «Plaza de toros El Bibio, Gijón. 125 años de historia, 1888-2013».

domingo, 29 de mayo de 2016

Teatro-Circo Obdulia (Cine Los Campos Elíseos) de Gijón

El 9 de febrero de 2013 se cumplen 50 años desde el que el Cine Campos Elíseos cerrase sus puertas definitivamente. Año y medio después sería demolido para dar paso a un gran edificio de viviendas. Pero este cine dejó su impronta en la historia gijonesa, pues fueron muchísimos los ciudadanos que lo pudieron disfrutar y llegó a transmitir su nombre a la zona de La Arena en la que se ubicó. La antaño conocida como área de La Florida, quedará bautizada para siempre como Los Campos gracias a él. Incluso, un colegio lleva su nombre.
Todo comenzó en 1873, cuando el Ayuntamiento presidido por Eladio Carreño Valdés otorgó una concesión por 99 años a Antonio San Pedro, Florencio Valdés y Ángel Rendueles para la realización de espectáculos. Era un terreno de 500.000 pies cuadrados de extensión y las obras se presupuestaban en 500.000 pesetas.
Uno de los artífices del proyecto arquitectónico fue Juan Díaz, que rechazó percibir compensación económica alguna por el trabajo. Los propietarios decidieron llamar al edificio con el nombre de la hija de Díaz. Nacía el Teatro-Circo Obdulia. Su inauguración tuvo lugar el 13 de agosto de 1876, con un espectáculo ecuestre, y al junio siguiente, con el inicio de las representaciones teatrales, acudieron personalidades como la Infanta Isabel.
Al inicio de la década de 1930, se hizo cargo del local el empresario Isaac Fraga Penedo, quien potenció las instalaciones ya como Cine Campos Elíseos. Y es que la relación del local, que era capaz de albergar a 3.500 personas, con el mundo del celuloide comenzó muy pronto. Concebido como circo y teatro, en 1899 albergaba una de las cuatro exposiciones regionales que acogió y ya se proyectó la primera película, realizada por el gijonés Arturo Truán y Vaamonde. En 1925 se proyectó también el largometraje 'Asturias' y en los años 1930, con la implantación de las películas sonoras, pasaría a denominarse de forma definitiva Cine Campos Elíseos.
Pero por su tablas pasaron mucho más que películas, obras de teatro o atracciones circenses. El congreso de la CNT de 1937, el homenaje a Melquiades Álvarez y numerosos mítines y actos políticos congregaron a cientos de gijoneses que tenían al cine como uno de sus puntos de encuentro más importantes.
Arquitectónicamente, se trataba de una estructura circular que determinaba también el trazado anular del escenario y las localidades del público. Contaba con 680 butacas, 45 palcos y 1.200 asientos de galería y paseo, llamados coloquialmente 'el gallineru', que no estaban numerados, por lo que era preciso llegar con tiempo para encontrar un sitio que permitiera eludir las columnas.
En 1963 el Ayuntamiento decretó el cierre del cine, cuando tenía una plantilla de más de 30 personas, a las que hubo que indemnizar con 15.000 pesetas. En el cierre pudo influir que en la parte posterior hubiera un cuartel de la Guardia Civil, en el que había un importante polvorín. Algunas de las figuras que adornaban el inmueble aún se pueden ver en Las Mestas y en el parque de Isabel la Católica.

Breve historia de la Plazuela de San Miguel (Gijón)

Tras las décadas de destrucción consciente y masiva de la trama urbana histórica de Gijón, una zona de la villa se salvó, en parte, del desatino desarrollista alocado y especulativo. Esa zona de la vieja ciudad está ceñida a la plaza dedicada a uno de los prohombres gijoneses: el general Evaristo Fernández de San Miguel y Valledor (Gijón, 1785-Madrid, 1862), militar reformista, político, masón, filántropo, historiador, fundador de cuatro periódicos y para la reina Isabel II una persona entrañable, ya que no en vano salvó a la monarquía borbónica de perecer durante la primera parte del convulso siglo XIX español. Un personaje que, según el periodista valdesano Honorio Feito Rodríguez, quien en 1995 escribió la primera biografía de San Miguel, fue «hasta el siglo XIX el político más importante, después de Jovellanos, que dio Asturias».

Pero volvamos al urbanismo de la vieja Plazuela, ahora que el quiosco levantado a mediados de los años cuarenta cambió de usos, cuestiones judiciales al margen, y la prensa dejó paso a los vermús. A mediados del siglo XIX, cuando la villa despertó a la industrialización y se consideró que las fortificaciones levantadas entre las playas de San Lorenzo y de Pando ya eran un estorbo, comenzó a fraguarse la idea de extender la trama urbana hacia el Este, terrenos que acabaron por convertirse en el llamado ensanche del Arenal.


«Ya el alcalde corregidor, don Andrés de Capua, inició en 1850 un gran proyecto de ensanche de la villa y urbanización de la barriada; pero el plan quedó paralizado. Quien vino a sacarlo de su estancamiento fue el Marqués de Casa Valdés», cuenta el periodista Joaquín Alonso Bonet en uno de los capítulos de su libro «Biografía de la villa y puerto de Gijón (primera parte)», editado en 1970.


El citado marqués (Félix Valdés de los Ríos), que da nombre desde 1875 a la calle que articula junto con la de Uría la comunicación del ensanche del Arenal, se comprometió con el Ayuntamiento, naturalmente para buscar beneficios económicos, «a limpiar la antigua dársena (del puerto viejo) y rellenar, con los materiales extraídos, la gran marisma que circunda la playa de San Lorenzo», relata Bonet en «Pequeñas historias de Gijón. Del archivo de un periodista» (1969).


Pero sería el gijonés Celestino Junquera, enriquecido en la entonces Cuba española, quien diera el impulso urbanístico definitivo al Arenal. Volvemos al anteriormente citado libro de Bonet: «Adquirió las huertas llamadas del Balagón, que desembocan en la calle de Uría, y, a vueltas con estas propiedades, llegó a concebir la idea de una gran plaza que fuese centro de uno de los más populosos núcleos de la urbe gijonesa (...) Algo semejante, claro que guardando las distancias, a la Puerta del Sol madrileña. Y levantó dos edificios, a uno y otro lado de la citada calle, dando a las fachadas cierta curvatura que pudiera servir de norma para nuevas construcciones, propias de una plaza elíptica. De este modo se inició la que había de ser plaza de don Evaristo San Miguel».


El plano definitivo del ensanche, que data del año 1867 e incluye la plaza elíptica, se debe a los arquitectos Lucas María Palacios y Juan Díaz, así como al ingeniero militar Francisco García de los Ríos. Pocos años antes, Lucas María Palacios y Luis de Céspedes habían sido los autores del proyecto de la Casa Consistorial de la plaza Mayor, tras modificar el original de Andrés Coello. La plaza elíptica se construyó a tenor de lo planeado, pero hubo que esperar varios años para solventar el problema de las fortificaciones que cerraban la villa, hasta 1876, cuando el Senado aprobó el proyecto de ley que autorizaba la demolición de la cerca en forma de estrella.


Con el correr de los años, el domingo 17 de diciembre de 1922, se inauguró el busto del general San Miguel en la plaza que ya llevaba su nombre. «El pedestal es sencillo y severo, y dentro de las escasas dimensiones del busto se le ha dado la mayor majestad posible, apareciendo el general San Miguel sobre el mármol en forma que, sin ser imponente, resulta suficiente para que pueda destacarse dentro de la plaza» (diario «La Prensa», 19 de diciembre de 1922).



En cuanto al quiosco ahora remodelado para usos hosteleros, figura en el «Catálogo urbanístico de Gijón» como un proyecto del arquitecto Manuel García Rodríguez de «hacia 1946» y de «influencia racionalista». García Rodríguez y Joaquín Ortiz diseñaron, en 1935, el edificio racionalista que preside la Plazuela con fachadas a las calles de Capua y de Menéndez Valdés, cuyas obras acabaron en 1946.