jueves, 9 de junio de 2016

Asturias independiente y Gijón Capital

Hubo un tiempo en el que Asturias fue independiente y tuvo su capital en Gijón. Sucedió entre el verano y el otoño de 1937, en plena guerra civil española y con Asturias convertida en una ínsula republicana en el Norte del país. En respuesta al aislamiento, cuando ya habían caído Santander y Bilbao en manos nacionales, se proclamó el Consejo Soberano de Asturias y León. El próximo sábado se cumplen 75 años de aquel día.

«El Consejo Interprovincial de Asturias y León (...) cree llegado el momento de asumir la plena responsabilidad del mando soberano en el territorio de su autoridad», quedó escrito en el decreto aprobado en Gijón «a veinticuatro horas del día veinticuatro» (entró en vigor el 25), en el que se dice en las primeras líneas el porqué de las cosas: «Quien repase en su memoria hechos históricos hallará confirmación de que una ciudad sitiada asumió siempre la integridad de su responsabilidad».
Eso ocurría en Asturias. La situación era dramática. No había, tal y como detalla el documento, división entre lo civil y lo militar, porque todo en Asturias y las áreas leonesas de Pajares y la comarca de Babia eran únicamente frente. Pero, pese a esas circunstancias de incomunicación con el mando republicano y la imposibilidad de recibir refuerzos, no gustó en exceso al Gobierno de Azaña esa declaración de independencia que convertía en Soberano al que hasta entonces había sido Consejo Interprovincial de Asturias y León. Fueron éstos los órganos creados por el Gobierno republicano para administrar los territorios tras el levantamiento de Franco en 1936.

Al frente del asturiano -con y sin soberanía-, Belarmino Tomás (1892-1950), socialista de Sama por el que tampoco sentía especial simpatía Manuel Azaña y al que llamó a consultas a Valencia -no acudió- tras la proclamación de la 'independencia'. Muy vinculado a la figura de Manuel Llaneza -trabajaron juntos en el pozo Fondón-y a la lucha sindical, se implicó en la Revolución de Octubre del 34 y acabó siendo encarcelado. Luego, ya en 1936, se convirtió en diputado electo del Frente Popular. Fallecido en México en el exilio, Tomás fue el líder de un Consejo Soberano que tuvo los días contados, pero que incluso llegó a acuñar sus propios sellos y papel moneda. De hecho, fue él precisamente quien bautizó como 'belarminos' a los billetes que se emitieron en la época -no solo durante la época del Consejo Soberano sino también cuando era territorial-.

Fueron meses fatigosos, de batallas muy duras para tratar de mantener el Frente Norte en manos republicanas, pero acabaron siendo, dos meses después de la proclamación del Consejo Soberano, batallas perdidas.

El 20 de octubre de 1937, el ejército nacional toma Gijón y el Consejo se ahoga en las aguas del puerto de El Musel. Ese mismo día se celebró la última reunión del Consejo Soberano, encabezada por el coronel Prada, en una situación tremendamente comprometida: «Nos ha derrotado la aviación y pretender resistir es inútil. No cabe más que el repliegue si se quiere salvar parte del Ejército», quedó escrito que dijo el mando militar, que con anterioridad había anunciado que en Gijón aguardaban los barcos que podrían realizar la evacuación. Se trata de embarcaciones capaces de trasladar entre 50.000 y 60.000 personas. Esa reunión se producía a mediodía. Y a primera hora de la tarde comenzó una evacuación polémica que dejó en tierra a muchos afines a la República que acabarían convirtiéndose en represaliados justo al día siguiente, el 21 de octubre, cuando el ejercito nacional asumió el mando de Gijón.

Fuente: el Comercio

Los mineros asturianos y la sidra

El consumo llegó a ser tan elevado que los ayuntamientos intentaron tasarlo con tributos


La producción y consumo de sidra se había venido consolidando en Asturias desde, al menos, la Alta Edad media; aunque Llegado el siglo XIX dos serían los procesos que impulsarían de modo sustancial la elaboración de sidra. El primero es la emigración a ultramar, lo que proporcionará la expansión del producto al vasto mercado americano. El segundo es el proceso de industrialización y consiguiente urbanización regional que conllevó un notable aumento de la población regional y que generó otro tipo de pautas de consumo de bebidas alcohólicas, que ya no será solamente ocasional. En Gijón y las cuencas mineras se ubicarán los principales centros consumidores.

En la cuenca del Nalón, sobre todo, el consumo del caldo asturiano alcanzaría desde pronto unos niveles de demanda tan espectaculares que situarían a la comarca, cualitativamente, como el principal consumidor provincial, realidad que queda bien plasmada en el desarrollo de una destacada hostelería sidrera cuyo arraigo como espacio de sociabilidad es de sobra conocido. Que el consumo alcazaba cotas elevadísimas queda claramente reflejado en el hecho de que los ayuntamientos -al igual que otras instancias fiscalizadoras- tratasen de tasar la sidra con tributos lo más altos posibles, lo que por otra parte ilustra nuevamente la elevada demanda de caldo asturiano.

La vinculación de los mineros al chigre parece, desde luego, un hecho bien establecido. Los pozos solían estar alejados de los lugares de residencia y, por tanto, las muchas tabernas abiertas en el camino constituían una oportunidad ineludible para estimular la sociabilidad y fomentar unos contactos interpersonales que la dispersión del hábitat y lo apretado de los horarios dificultaban; tal y como queda plasmado en obras como las de Clarín o Palacio Valdés. No es extraño, en consecuencia, que el obrero industrial -y sobre todo el minero como verdadero emblema regional de las clases populares- aparezca sistemáticamente asociado a la taberna; integrando su paisaje y fundiéndose en su vida cotidiana con ella.

Andando el tiempo, cuando se produce el aluvión poblacional de la segunda mitad de siglo en Gijón y Avilés se debe tener en cuenta que la mayoría de los emigrantes serían de origen asturiano, muchos de ellos procedentes de unas cuencas mineras ya en declive y que, por lo tanto, sus pautas de sociabilidad se hallarían muy vinculadas a la cultura sidrera. Por si ello fuese poco, Gijón, por su cercanía a otros núcleos poblacionales importantes y gracias a la facilidad de comunicación con ellos, se convertiría en el mar de las cuencas mineras.

Además, en el comienzo de la nueva eclosión sidrera de los años setenta, no era poca la gente minera que se desplazaba hasta estas zonas. A la sidrería El Furacu de Villaviciosa, por citar un ejemplo bien conocido, acudía numerosa concurrencia desde las cuencas, clientela que gastaba buenas sumas de dinero y que era muy proclive a alargar el jolgorio lo más posible. Había cuadrillas de tres o cuatro libadores que despachaban la nada despreciable cifra de setenta u ochenta botellas. Similares escenas se constataban en el caso de los lagares de Siero. Aunque estos ocios sidreros venían de lejos, y de la mítica sidrería Casa el Ferreru de Oviedo, por citar un caso significado, se tenían en gran estima los chipirones y el pollo, que era consumido especialmente por mineros los fines de semana.

A la expansión del consumo lúdico de sidra en plazas que no habían sido en esencia muy sidreras contribuirían también significadamente los mineros. En marzo de 1962, por ilustrar la cuestión, con motivo del encuentro entre el Unión Popular de Langreo y el Luarca Club de Fútbol, más de dos mil aficionados de la cuenca se desplazaban e improvisaban unas jornadas festivas en la villa costera. Por los testimonios de que se disponen se sabe que durante éstas corrieron a buen ritmo el marisco y la sidra.

De todo lo expuesto se puede concluir, en definitiva, que a la expansión de la cultura y la industria sidrera han ayudado de modo decidido los mineros; encontrándose en las cuencas hulleras aún hoy en día algunas de las plazas más emblemáticas en el consumo del ambarino caldo astur.

viernes, 3 de junio de 2016

Breve historia de la plaza de toros El Bibio de Gijón

Del circo taurino de la carretera de Villaviciosa a los 125 años de su construcción, entre el 2 de enero y el 12 de agosto de 1888

Por estas fechas, hace 125 años, cuadrillas de obreros se afanaban en levantar el que sería el mayor inmueble que viera hasta entonces la villa: una plaza de toros permanente, la primera en la historia de Gijón, levantada sobre unos terrenos de los arrabales orientales de la población, entre la carretera de Villaviciosa y la calle de Ezcurdia, en un lugar denominado El Bibio, posiblemente derivado del término latino bivium (bifurcación, cruce de caminos).
El edificio se diseñó con una capacidad para diez mil espectadores, todos sentados, cuando la población de Gijón era de veinte mil almas. Es decir, la mitad de los vecinos de la villa cabían en el interior de la vistosa y elegante plaza de toros de estilo neomudéjar, con sus fachadas encaladas y de ladrillo caravista.

La primera piedra del coso se había puesto el 2 de enero de 1888, con planos del arquitecto Ignacio Velasco y con el compromiso de la empresa adjudicataria de las obras, Canosa y Goyanes, de tener terminada la plaza para la feria agosteña del mismo año. Así fue. La plaza de toros de El Bibio se inauguró el 12 de agosto de 1888 como un atractivo indudable para la captación de veraneantes.

Y es que la década de los años ochenta del siglo XIX supuso la puesta de largo de Gijón como una urbe moderna, en medio de una potente industrialización y con las miradas puestas en la construcción del gran puerto de refugio de Asturias. Al año siguiente de la inauguración de la plaza de toros, también en el mes de agosto, llegó el agua corriente a la villa con la traída desde el manantial de Llantones, lo que propició la creación del cuerpo municipal de bomberos.

En cuanto a los transportes públicos, también en 1889 se constituyó la sociedad anónima Compañía de Tranvías de Gijón, cuya primera línea entró en servicio en 1890 precisamente para enlazar el centro de la población con La Guía (más tarde con Somió) y articular la nueva zona de esparcimiento y ocio que pivotaba sobre el recinto de Los Campos Elíseos y la plaza de toros de El Bibio.

Tampoco hay que olvidar que en un primer momento los impulsores del proyecto de Los Campos Elíseos (inaugurado como teatro-circo Obdulia en agosto de 1876 y con capacidad para unos 3.500 espectadores) pensaron en levantar una plaza de toros, que luego descartaron, por lo que la idea se retomó en 1887 «cuando unos cuantos gijoneses decidieron que Gijón tuviera plaza de toros, constituyendo, al efecto, una entidad titulada Sociedad Plaza de Toros de Gijón. Como presidente figuraba don Florencio Rodríguez (un indiano que había hecho fortuna en Cuba, nacido en Pola de Siero, creador también del Banco de Gijón) y, como secretario, don Aquilino Suárez Infiesta» («Pequeñas historias de Gijón. Del archivo de un periodista», de Joaquín Alonso Bonet).

Precisamente en el diario local «La Prensa», que dirigió Alonso Bonet, el 15 de agosto de 1931, en su sección «Minucias trascendentales», Pachín de Melás (Emilio Robles Muñiz), se refería a la historia de las corridas de toros en Gijón, citando que el primer festejo había tenido lugar en 1660 durante las fiestas en honor de San Pedro. Y «tanto gustó el festejo -escribió Pachín de Melás- que desde aquella fecha vinieron celebrándose bastantes años. Para esto, se tomaba la precaución de ajustar con el abastecedor de carnes, el compromiso de surtir de dos o tres toros buenos. Por el trabajo de buscarlos, encerrarlos y darles suelta el día de la corrida, se le daban doscientos reales, con el derecho, a una vez muertos, vender la carne dos maravedises más cara».

Tras los primeros tiempos de festejos taurinos en improvisados recintos la costumbre se perdió hasta mediado el siglo XIX. En el Archivo Municipal de la Torre del Reloj se guardan los carteles anunciadores de las tres corridas de toros que se dieron en Gijón los días 22, 24 y 25 de agosto de 1861 y la del 15 de agosto de 1862.

Cuenta en su artículo Pachín de Melás que «contra el parecer de muchos, un grupo de amigos gijoneses construyó una plaza de madera en Begoña, cerca del kiosco de la música, lindando con lo que es hoy la calle de San Bernardo». En el cartel de la corrida del 15 de agosto de 1862 se observa que era «la primera de las tres anunciadas», así como que se prohibía al público, «por orden de la Autoridad, arrojar piedras, cáscaras, ni otra cosa que pueda perjudicar a los lidiadores».

El inicio del festejo taurino se anunciaba para las cuatro y media de la tarde y se advertía: «Al concluir la lidia del tercer toro, y antes de la salida del cuarto, se rifarán los dos toros que la empresa regala a los concurrentes, siendo premiados los dos primeros números».

La plaza de El Bibio tuvo que ser reconstruida por los grandes daños que sufrió durante la Guerra Civil y a finales de la década de los años noventa del siglo XX el Ayuntamiento, propietario del inmueble desde 1951, acometió una casi completa rehabilitación del recinto, que es bien de interés cultural.

Pero de los pormenores del circo taurino local se está ocupando Juan Martín Merino, «Juanele», quien está a punto de entregar a la imprenta su próximo libro, que lleva por título: «Plaza de toros El Bibio, Gijón. 125 años de historia, 1888-2013».

domingo, 29 de mayo de 2016

Teatro-Circo Obdulia (Cine Los Campos Elíseos) de Gijón

El 9 de febrero de 2013 se cumplen 50 años desde el que el Cine Campos Elíseos cerrase sus puertas definitivamente. Año y medio después sería demolido para dar paso a un gran edificio de viviendas. Pero este cine dejó su impronta en la historia gijonesa, pues fueron muchísimos los ciudadanos que lo pudieron disfrutar y llegó a transmitir su nombre a la zona de La Arena en la que se ubicó. La antaño conocida como área de La Florida, quedará bautizada para siempre como Los Campos gracias a él. Incluso, un colegio lleva su nombre.
Todo comenzó en 1873, cuando el Ayuntamiento presidido por Eladio Carreño Valdés otorgó una concesión por 99 años a Antonio San Pedro, Florencio Valdés y Ángel Rendueles para la realización de espectáculos. Era un terreno de 500.000 pies cuadrados de extensión y las obras se presupuestaban en 500.000 pesetas.
Uno de los artífices del proyecto arquitectónico fue Juan Díaz, que rechazó percibir compensación económica alguna por el trabajo. Los propietarios decidieron llamar al edificio con el nombre de la hija de Díaz. Nacía el Teatro-Circo Obdulia. Su inauguración tuvo lugar el 13 de agosto de 1876, con un espectáculo ecuestre, y al junio siguiente, con el inicio de las representaciones teatrales, acudieron personalidades como la Infanta Isabel.
Al inicio de la década de 1930, se hizo cargo del local el empresario Isaac Fraga Penedo, quien potenció las instalaciones ya como Cine Campos Elíseos. Y es que la relación del local, que era capaz de albergar a 3.500 personas, con el mundo del celuloide comenzó muy pronto. Concebido como circo y teatro, en 1899 albergaba una de las cuatro exposiciones regionales que acogió y ya se proyectó la primera película, realizada por el gijonés Arturo Truán y Vaamonde. En 1925 se proyectó también el largometraje 'Asturias' y en los años 1930, con la implantación de las películas sonoras, pasaría a denominarse de forma definitiva Cine Campos Elíseos.
Pero por su tablas pasaron mucho más que películas, obras de teatro o atracciones circenses. El congreso de la CNT de 1937, el homenaje a Melquiades Álvarez y numerosos mítines y actos políticos congregaron a cientos de gijoneses que tenían al cine como uno de sus puntos de encuentro más importantes.
Arquitectónicamente, se trataba de una estructura circular que determinaba también el trazado anular del escenario y las localidades del público. Contaba con 680 butacas, 45 palcos y 1.200 asientos de galería y paseo, llamados coloquialmente 'el gallineru', que no estaban numerados, por lo que era preciso llegar con tiempo para encontrar un sitio que permitiera eludir las columnas.
En 1963 el Ayuntamiento decretó el cierre del cine, cuando tenía una plantilla de más de 30 personas, a las que hubo que indemnizar con 15.000 pesetas. En el cierre pudo influir que en la parte posterior hubiera un cuartel de la Guardia Civil, en el que había un importante polvorín. Algunas de las figuras que adornaban el inmueble aún se pueden ver en Las Mestas y en el parque de Isabel la Católica.

Breve historia de la Plazuela de San Miguel (Gijón)

Tras las décadas de destrucción consciente y masiva de la trama urbana histórica de Gijón, una zona de la villa se salvó, en parte, del desatino desarrollista alocado y especulativo. Esa zona de la vieja ciudad está ceñida a la plaza dedicada a uno de los prohombres gijoneses: el general Evaristo Fernández de San Miguel y Valledor (Gijón, 1785-Madrid, 1862), militar reformista, político, masón, filántropo, historiador, fundador de cuatro periódicos y para la reina Isabel II una persona entrañable, ya que no en vano salvó a la monarquía borbónica de perecer durante la primera parte del convulso siglo XIX español. Un personaje que, según el periodista valdesano Honorio Feito Rodríguez, quien en 1995 escribió la primera biografía de San Miguel, fue «hasta el siglo XIX el político más importante, después de Jovellanos, que dio Asturias».

Pero volvamos al urbanismo de la vieja Plazuela, ahora que el quiosco levantado a mediados de los años cuarenta cambió de usos, cuestiones judiciales al margen, y la prensa dejó paso a los vermús. A mediados del siglo XIX, cuando la villa despertó a la industrialización y se consideró que las fortificaciones levantadas entre las playas de San Lorenzo y de Pando ya eran un estorbo, comenzó a fraguarse la idea de extender la trama urbana hacia el Este, terrenos que acabaron por convertirse en el llamado ensanche del Arenal.


«Ya el alcalde corregidor, don Andrés de Capua, inició en 1850 un gran proyecto de ensanche de la villa y urbanización de la barriada; pero el plan quedó paralizado. Quien vino a sacarlo de su estancamiento fue el Marqués de Casa Valdés», cuenta el periodista Joaquín Alonso Bonet en uno de los capítulos de su libro «Biografía de la villa y puerto de Gijón (primera parte)», editado en 1970.


El citado marqués (Félix Valdés de los Ríos), que da nombre desde 1875 a la calle que articula junto con la de Uría la comunicación del ensanche del Arenal, se comprometió con el Ayuntamiento, naturalmente para buscar beneficios económicos, «a limpiar la antigua dársena (del puerto viejo) y rellenar, con los materiales extraídos, la gran marisma que circunda la playa de San Lorenzo», relata Bonet en «Pequeñas historias de Gijón. Del archivo de un periodista» (1969).


Pero sería el gijonés Celestino Junquera, enriquecido en la entonces Cuba española, quien diera el impulso urbanístico definitivo al Arenal. Volvemos al anteriormente citado libro de Bonet: «Adquirió las huertas llamadas del Balagón, que desembocan en la calle de Uría, y, a vueltas con estas propiedades, llegó a concebir la idea de una gran plaza que fuese centro de uno de los más populosos núcleos de la urbe gijonesa (...) Algo semejante, claro que guardando las distancias, a la Puerta del Sol madrileña. Y levantó dos edificios, a uno y otro lado de la citada calle, dando a las fachadas cierta curvatura que pudiera servir de norma para nuevas construcciones, propias de una plaza elíptica. De este modo se inició la que había de ser plaza de don Evaristo San Miguel».


El plano definitivo del ensanche, que data del año 1867 e incluye la plaza elíptica, se debe a los arquitectos Lucas María Palacios y Juan Díaz, así como al ingeniero militar Francisco García de los Ríos. Pocos años antes, Lucas María Palacios y Luis de Céspedes habían sido los autores del proyecto de la Casa Consistorial de la plaza Mayor, tras modificar el original de Andrés Coello. La plaza elíptica se construyó a tenor de lo planeado, pero hubo que esperar varios años para solventar el problema de las fortificaciones que cerraban la villa, hasta 1876, cuando el Senado aprobó el proyecto de ley que autorizaba la demolición de la cerca en forma de estrella.


Con el correr de los años, el domingo 17 de diciembre de 1922, se inauguró el busto del general San Miguel en la plaza que ya llevaba su nombre. «El pedestal es sencillo y severo, y dentro de las escasas dimensiones del busto se le ha dado la mayor majestad posible, apareciendo el general San Miguel sobre el mármol en forma que, sin ser imponente, resulta suficiente para que pueda destacarse dentro de la plaza» (diario «La Prensa», 19 de diciembre de 1922).



En cuanto al quiosco ahora remodelado para usos hosteleros, figura en el «Catálogo urbanístico de Gijón» como un proyecto del arquitecto Manuel García Rodríguez de «hacia 1946» y de «influencia racionalista». García Rodríguez y Joaquín Ortiz diseñaron, en 1935, el edificio racionalista que preside la Plazuela con fachadas a las calles de Capua y de Menéndez Valdés, cuyas obras acabaron en 1946.

lunes, 23 de mayo de 2016

Escuela de niñas de la Sociedad Hullera Española de Caborana (Aller)

La Escuela de niñas de la Sociedad Hullera Española de Caborana, con estilo regionalista, se inauguró en 1922. Estaba regentado por las Dominicas de la Anunciata.
Escuela graduada de niñas con parvulario y vivienda para las religiosas docentes. Edificio de planta en E desarrollado en tres alturas y bajocubierta, excepto el cuerpo central torreado que se desarrolla en cuatro, cubriéndose todo a cuatro aguas. Fachada principal organizada en cinco calles con la central y las de los extremos adelantadas. Cuerpo central torreado con pórticos en la planta baja y el primer piso que se prolongaban hacia los cuerpos laterales (hoy cerrados con tres vanos). Sobre éstos se abre una ventana triple adintelada con el vano central destacado, abriéndose otros tres vanos en el piso superior, el cual recorre una línea de imposta a partir de la cual se muestra el aparejo en ladrillo. Sobre los pórticos laterales se abre una galería acristalada en el tercer piso. Los cuerpos de los extremos cuentan con vano triple adintelado con remate en cornisilla en la planta y el primer piso, con antepechos cajeados en el caso de estos últimos, recibiendo el segundo piso el mismo tratamiento que el piso superior del cuerpo torreado, abriéndose, asimismo, tres vanos simples adintelados. En la planta baja se ubicaba el vestíbulo de acceso con las escaleras, la capilla, el parvulario y la escuela del hogar, localizándose las aulas en el primer piso, junto con el taller de costura. La segunda planta se reservaba a vivienda de las monjas.
Actualmente funciona como centro integrante del C. R. A. Maestro José Antonio Robles, con tres aulas de infantil y tres de primaria por ciclos.

Texto de Pozu Espinos

Grupo Escolar Aniceto Sela (Mieres)

El Grupo Escolar Aniceto Sela de Mieres data de 1914-1925 y es de estilo eclectico. Se atribuye a Julio Galán Carvajal. Creado por el consistorio mierense como Escuela Nacional con la colaboración del Estado en 1912. Julio Galán Carvajal (1875-1939) se encarga del proyecto (1914), siguiendo el modelo del Ministerio de Instrucción Pública para escuelas graduadas pero adaptándolo a los requerimentos espefícicos del centro y a su estilo personal. En 1917 se hace cargo de las obras el contratista ovetense Vicente Menéndez Fernández, rescindiéndose el contrato al año siguiente por la subida de los precios. En 1919 se hace cargo la propia administración local con sus operarios. Ese mismo año de 1921 se da por terminada la infraestructura procediendo a la dotación interior. En 1925 se rematan las obras. Sigue funcionando como C. P. Aniceto Sela.
Escuelas graduadas de niños y niñas. Originalmente, edificio con planta en U y patio posterior descubierto, en donde el pabellón central tiene dos alturas y los pabellones laterales, de igual anchura que el central pero de menor longitud, tres que se cubren, cada uno, con cuatro aguas y caballete paralelo a fachada de estilo cercano al neomudejarismo. Las alas laterales eran en origen recintos techados de una sola altura y cubierta en terraza que dotaban al centro de un espacio cubierto que protegía la zona de recreo de las inclemencias del tiempo. La obra se realizó principalmente en ladrillo y mampostería, aunque se introdujo el hormigón armado (que se ocultó) en el suelo del piso bajo y en la antigua azotea de los brazos de la U. Actualmente hay otros dos bloques en ángulo recto, adosados en la zona trasera hacia la calle Martínez de Vega, realizados en hormigón con revestimiento de ladrillo de tres pisos que se corresponden con un interés funcional y no estético ya que no siguen el estilo cuidado del resto de la obra, en donde destaca la conjunción del enlucido de los muros con el ladrillo y la piedra de los elementos decorativos: franjas horizontales que van recorriendo los frentes, los recercos de los grandes ventanales, que en planta son adintelados y en el primer piso de arco rebajado, cornisa sogueada... Destaca el tratamiento privilegiado de la fachada del pabellón central con remate decorativo en el centro y los extremos que recuerdan al mundo secesionista por las peinetas, escudos y triglifos. Los niños ocuparían la parte izquierda y las niñas la derecha, en dos aulas por piso y por sexo. Contaba con guardarropas, retretes, urinarios y lavabos distribuidos a lo largo del edificio, además de biblioteca y museo escolar en la parte alta. Disponía de patio de recreo al aire libre segregado por valla y limitado por setos de arbustos y patio cubierto en las alas del edificio.
Posteriormente a su construcción se llevaron a cabo distintas reformas como cerramiento trasero con vallas entre 1930-1931, reparación de los daños sufridos durante la Revolución de Octubre entre 1934-1935 y los acaecidos durante la Guerra Civil se realizaron en 1942 bajo la dirección de Francisco José González López-Villamil. Capítulo aparte son las importantes reformas llevadas a cabo por Luis Cuesta que supusieron la ampliación del inmueble con la construcción de dos plantas sobre los primitivos pabellones laterales de una altura. Finalmente 1970 hubo un nuevo crecimiento con la adición de dos bloques en la zona trasera que no siguen premisas estéticas y que desentonan en el conjunto.

Texto de: Pozu Espinos