domingo, 10 de abril de 2016

El día a día de un minero asturiano

Alguna vez, por la mañana, José Zapico se acuerda de su padre. De cuando se levantaba, lo decía el después de jubilarse, a las cuatro de la mañana para llegar a la entrada del primer relevo. El era entonces pequeño y solo tiene el vago recuerdo de oír alguna vez el run run de su madre en la cocina, preparando el desayuno, y la voz de su padre. Vivían entonces en el monte y su padre tenía que andar más de dos horas para llegar al pozo, por una caleya pendiente y, cuando, alguna vez, se despertaba, oía, después de que la puerta de cuarterón se cerrara con dos golpes secos –abajo y arriba-, el ruido de las madreñas que se  iba alejando deprisa. Cuando el tenia siete años bajaron a vivir a pueblo. Casi no llego a ir a la escuela de La Castañal, donde había una explanada en la que jugaban los rapacinos. Al menos así la recordaba el, grande y plana, pero hace dos años, una vez que subió a ver como estaba la casa vieja, aprovechando que hicieron una pista que pasa por allí cerca, le costó trabajo reconocer en aquel terreno, poco más que la mitad de una bolera, el campo en el que él había jugado tantos partidos de futbol.
José tarda unos cinco minutos en llegar desde casa al pozo. Va en coche. Más de una vez y de dos se ha propuesto ir andando, pero la da pereza levantarse un poco antes y, cuando, con la moda de hacer deporte que hay ahora, le dicen que es sano andar, pero el comenta que en la mina ya anda bastante. También es verdad que podría coger el autocar, pero prefiere la comodidad de no depender del horario y, además, gasta poco en gasolina. Otra cosa es si viviera en Gijón, por ejemplo, como Ramón, que últimamente trabaja en la misma rampla que él y tiene que levantarse a las cinco y media de la mañana para coger el autocar a las seis. Y todavía, viviendo tan lejos, tiene que madrugar mucho menos que su  padre, cuando vivían en La Castañal. Una vez estuvo en Melendreros, justo debajo de Peña Mayor, y allí, en un chigre, hablo con un paisano que había trabajado en la mina y que le dijo que madrugaban a las tres de la mañana, porque tenían que trabajar hasta Rozaes y luego subir hasta La Camperona y después bajar hasta La Hueria. A veces en el invierno tenían que quedarse de posada cerca de la mina, y no porque los días fueran cortos, que daba lo mismo, sino por la nieve. No hace tanto que la carretera que sube hasta Melendreros. Ni tanto tampoco que hay autocares para los mineros.
Desde que tiraron la casa de aseo antigua hay mucho más espacio para aparcar. Antes no cabían los coches. No estaba preparado para eso. Cuando él empezó a trabajar en este mismo pozo, a los dieciséis años, unos  iban andando y bastantes, en bicicleta. La empresa puso más tarde unos tendejones con unos ganchos para colgar las bicis, pero al hacer la reforma última las tiraron, porque la bicicleta ya no la usaba nadie. Pero ahora es posible que vuelvan a hacer falta, porque hay algunos chavales que la traen. Claro que son bicis de carrera.
Por la mañana, tan temprano, se tienen pocas ganas de hablar. La gente va entrando y se viste en silencio. Solo si paso algo gordo se anima el ambiente: cuando hay problemas con el convenio, o si la noche anterior hubo un partido importante. Cuando hay asamblea, es otra cosa, pero, aun así, cuesta trabajo arrancar. En el cuarto nuevo pusieron taquillas y cada uno tiene la suya. En el viejo había esos platillos que, cuando sube uno, baja el otro, por contrapeso. En un platillo se iba dejando la ropa de la calle y del otro se recogía la del trabajo.
La empresa da un mono para trabajar, pero José, como casi todo el mundo, prefiere el traje de pantalón y chaqueta, porque en la mina a veces se suda y a veces se tiene frio y así uno puede abrigarse o desabrigarse a voluntad. Camiseta la pone siempre. Y se ha acostumbrado a las chirucas. Antes usaba botas de goma para andar por la mina y alpargatas para trabajar, pero las chirucas son cómodas, no resbalan y además tienen la puntera protegida.  En vestirse para la mina tarda poco.  Diez minutos, quizá menos. Entonces pasa por la lampistería, coge la lámpara, la enciende para ver si tiene buena luz y deja la ficha de latón con su número en el casillero. El 83. Mientras sale, ensarta la petaca de la lámpara en el cinturón y lo abrocha a la cintura. Le gusta dejarlo un poco flojo, para que no cueste trabajo desplazar la petaca de un lado a otro. La lámpara no la sujeta todavía al casco. Le gusta pasarla por encima del hombro para que quede colgando con el pecho. Así va andando hasta cerca de la caña del pozo y mira por última vez el reloj. José suele ser puntual. Si hay tiempo, comenta algo con el vigilante de su taller. El sonido del turullu nunca le coge en la casa del aseo. Por eso baja siempre en la jaula que le corresponde.  O casi siempre. Pocas veces  tuvo que bajar en la de recorrido, que coge a los rezagados.
La jaula no es cómoda y siempre va demasiado llena. Pero tiene la ventaja de que baja muy rápido. Empieza despacio y es ese momento en que parece que te traga la tierra  poco a poco, pero luego es casi agradable esa sensación de caer a toda velocidad, pero sintiéndose seguro. La quinta  planta. Un frenazo suave y luego, poco a poco, la jaula queda en el nivel. El embarcador hace la maniobra y el que esta más cerca de la persiana la levanta. Todos van saliendo, sin demasiada prisa.
Allí mismo, en el embarque, José engancha la lámpara en el casco. Es la costumbre. La mayoría ya lo hicieron antes de montar en la jaula. El embarque es amplio y, cuando no está lleno de vagones, podría parecer  hasta espacioso. En realidad, parece un túnel, con las paredes revestidas de hormigón, pero muy bien iluminado. José espera que se ponga a su  lado Alberto, el guaje, y, sin decir palabra, echan a andar. El taller en el que trabajan queda a menos de media hora y por eso no necesitan coger el tren. Él lo prefiere así. Los trenes de personal son incómodos y lentos. Se forman con vagones iguales que los que se usan para el transporte, sin más añadido que unas tablas en el fondo, como asiento. Pero a él le aburro, sobre todo, lo despacio que circulan.  Parece mentira – piensa muchas veces- que con lo poco que corren los trenes dentro de la mina haya tantos accidentes  en el transporte. El los ha conocido de todas las clases. Desde el enganchador que metió la cabeza entre dos vagones y la dejo allí, hasta la desgracia de Quique, que fue con él a la escuela y quedaron un día aplastado contra un hastial porque, nadie sabe por qué, se aparto hacia el lado por el que el tren se pegaba la pared.
 Cien metros más allá el embarque se convierte en una galería cualquiera. La sección vierte una galería cualquiera. La sección del túnel se estrecha, desaparecen las luces y los cuadros metálicos y el embastonado sustituyen al revestimiento de hormigón. Y se entra también en el silencio. Los doce hombres que, casi en hilera, van caminando hablan poco, con los ojos fijos en el suelo, dos metros por delante, siguiendo la luz de sus lámparas que va iluminando los charcos, entre los carriles de la vida. Dejaran luego el transversal principal para coger una guía. Diez minutos mas y ya están encima del taller. Como José trabaja en uno de los tajos de arriba, entra por la galería superior. Los de la parte de abajo lo hacen por el coladero de la inferior. El sitio por el que entra José es un agujero abierto en el suelo, que deja ver unas mampostas. Nadie se imagina lo que es una rampla hasta que no la ve. Los que entran por primera vez a una mina y les enseñan el furacu, creen que no es verdad que haya que entrar por ahí. La gente cree que la mina es la galería, pero allí todo son flores. Lo que pasa es que es difícil explicar lo que es un taller.
Don Ramón, el ingeniero, suele decir que el trabajo de la mina es como comer un sándwich, pero solo el jamón y dejando el pan. El pan son los hastiales y la capa, el jamón. Pero lo mano es que en las minas asturianas el sándwich esta siempre puesto de pie. En otras partes los yacimientos están tumbados  y las capas inclinadas no se explotan. Aquí, si solo se arrancara el carbón de las capas que están echadas, habría que cerrar todos los pozos. La rampla esta guapa estos días. La capara no es muy ancha ni muy estrecha. Se mueve uno a gusto y los hastiales son seguros. José baja con seguridad hasta su serie, agarrándose a  las mampostas. Siempre tres puntos de apoyo, dice la norma de seguridad.  Antes  de avanzar una mano o un pie, hay que tener bien afirmadas las otras extremidades. Y, además, saber donde se agarra luego uno, dándole primero un empujonin o una patada a la mamposta antes de descargar el peso sobre ella. Nunca se debe confiar uno cuando circula por el taller, porque una caída puede ser de muchos metros. “Estamos peor que los albañiles en el andamio, y, además, sin amarrar, pero nos salva que no vemos lo que tenemos debajo”, dice Alberto. Es verdad. El ha oído alguna vez que, en no sé qué sitio, probaron a iluminar un taller y tuvieron que volver al sistema anterior, porque a la gente le entraba miedo al mirar para abajo. 
El perfil de un taller de arranque sobre una capa vertical, cuando se explota por el sistema de tajos invertidos, es como una escalera a l revés, en la que los peldaños tienen cinco o seis metros de altura.  Cada peldaño es una serie. De esa forma, cada picador esta más avanzado que el que está situado más arriba y lo que tira el otro, le cae por detrás. José tiene su tajo en la tercera serie. En la rampla se trabaja a dos relevos y , aunque José conoce al que va en el segundo y sabe que postea seguro, por precaución, y también por rutina, lo primero que hace al llegar al tablero es tocar las mampostas con el cote del hacho, para ver si cantan bien.  Luego echa una ojeada al techo, para  ver si está seguro. Y después sube hasta la serie de arriba para comer el bocadillo en compañía de Valiente. Antes de salir de casa  tomo un café con un poco de pan, pero ahora la comida entra mejor. Hace años comía más fuerte. Todos lo hacía, porque había la creencia de que el chorizo, el jamón y el tocino ayudaban a criar redeña y que de esa forma disminuía el peligro de que se produjera una hernia en el vientre. Pero era malo para el estomago. Antes muchos mineros tenían gastritis, a causa de la comida y de que se bebía mucho. Casi todo el mundo entraba con un litro de vino, pero no por vicio, sino porque se decía que el vino daba fuerza. En realidad, daba euforia, pero al poco tiempo uno se agotaba. Ahora José come más ligero. Un bocadillo de tortilla o de carne rebozada, un poco de fruta y nada más. Y bebe solo agua. O, a lo mas, echa un trago de la bota de vino que sigue levanto Valiente, Valentín. Comer el bocadillo dura unos veinte minutos. Y ya se habla más. Un poco del trabajo y otro poco de cualquier cosa: de futbol, de televisión o de la familia. José está contento con su hijo mayor. Aprobó la selectividad y va a empezar a estudiar medicina. Los médicos siempre acaban  colocándose y con lo que hoy cuesta hacer una carrera, es un dolor que luego no sirva para otra cosa que para acabar en el paro o, en el mejor de los casos, para terminar en la mina, como el chaval que entro hace tres meses, Juanin, que termino la carrera de filosofía, o algo así, y está  trabajando de rampero. Él le dice muchas veces a Alberto, el guaje, que dejo de estudiar después de terminar el bachillerato, que hace falta poca cabeza para meterse en la mina” Si hubiese fecho yo eso a mi padre, matábame”. “¿Y por qué no estudiaste, tu?” “Porque había que ganálo, porque en casa facien falta les perres. ¿O crees  que entonces trabayábamos para poder tomar un cubalibre? Había mucha necesidá”.
Sí, la había. Y él supo muy pronto, seguramente cuando tenía nueve o diez años, que también iba a ser minero, como su padre y como uno de los güelos, que se mato en una mina de monte que ya se agoto hace mucho. A veces los críos de La Castañal se sentaban en la antojana de una casa y, con el hacho de hacer astillan, jugaban a cabeciar un palo. “¿Ye así, pa?” Y el padre contestaba “ya tendrás tiempo de sobra de aprendelo”. Su padre hubiera dado cualquier cosa porque no fuera minero. Por qué otra cosa no podía ser. Por eso, cuando cumplió los dieciseis años lo llevo  con él a pedir modo. El capataz era alto y seco. Lo miro muy serio, desde detrás de la mesa, y el agacho la cabeza vergonzoso. “Si ye  fiu tuyu, será bueno”. Su padre fue siempre un poco socarrón. El se acuerda perfectamente de lo que le dijo: “miu,non sé. Por lo menos, nació en casa”. El capataz estiro un poco la boca, como si sonriera. “Bueno, chaval, Tu padre ye un buen picaor y un buen paisano. No lu dejes mal”. Y dos días después empezó a trabajar de guaje.
Ahora el no sería capaz de tratar a Alberto como lo trataba a él Tomason, cuando lo llamaba “¡guaje!”, que colocaba tres cagamentos delante y otros tres detrás y  siempre lo decía por algo. Pero no porque fuera mal paisano. Era la costumbre. Entonces el guaje era el criadin del picador. Antes de ir a trabajar había que ir a la fragua a buscarle la herramienta y además, había que llevar el barril del agua, que esto todavía se hace a veces. Lo peor que había que estar dispuesto a aguantarlo todo, incluso algún castañazo que otro, y sin protestar. Era la ley. En el fondo pasaba como en la escuela. La letra entraba con sangre. Primero aprendía uno a embastonar, luego, a picar, después a postear, y un día llegaba a picador.
En la jornada lo primero que se hace es dar  la tira. Es una tarea pesada y desagradable, que no gusta a nadie. Dar tira es aprovisionar la madera a cada picador para que pueda postear su avance. Los que trabajan en los tajos de la parte alta del taller, la reciben desde la galería superior. Los de abajo, desde la inferior. Cuando la capa es ancha, y por tanto, las piezas que se  necesitan son muy grandes, dar tira es una operación muy penosa. Y, en el mejor de los casos, no gusta a nadie. Pero hay que formar la cadena humana a lo largo de los ciento, ciento veinte o ciento cincuenta metros del taller e ir pasándose las piezas. Postear una serie exige, por término medio, seis mampostas, un freno, cuatro bastidores, una docena o dos de bastones y, si los hastiales son falsos, unos cuantos piquetes. Cada picador va apilando la madera a su lado.
Los bastidores son troncos aserrados por la mitad, en sentido longitudinal, de modo que una cara es plana y la otra, convexa. Las mampostas son trozos de tronco enteros o, a lo sumo, desbastados. El freno es una mamposta un poco más larga y gruesa y los bastones, troncos delgados. Los piquetes  son piezas largas y afiladas, en forma de cuña. Normalmente, el picador se aprovisiona de madera suficiente para picar una serie y algo mas, solo cuando las condiciones son muy favorables y cree que puede avanzar mucho mas junta la madera. Y así llego ya el momento de comenzar a picar. José descuelga la manguera de aire comprimido, la apunta contra un hastial y abre la llave para purgarla. El aire sale lentamente, haciendo temblar la goma metiendo un ruido ensordecedor. Cierra la llave otra vez y encucha la mangera al martillo. Antes lo ha engrasado, echándole un calorin, y le ha puesto la pica, procurando que ajuste bien y corrigiendo la holgura, si la tiene, con una badana o incluso con una hoja de periódico, doblada muchas veces. La pica tiene que estar siempre bien afilada, y por eso es precios sacar a menudo a la fragua. José empuña el martillo con la mano derecha, oprime el gatillo y comprueba que la maquina funciona correctamente. El aire comprimido hace que la pica avance y retroceda a gran velocidad. El martillo tabletea como la metralleta. Cuando uno  se acerca por la galería a un taller de arranque, tiene la sensación de aproximarse a una extraña batalla, de la que las ráfagas se alternan con el silencio.
Situado sobre el pequeño andamio que es el tablero, bajo el que se abre un negro vacio, el picador, sin más iluminación que la que le proporciona su lámpara de casco, ataca la vena de carbón que tiene enfrente. Pero no lo hace ciegamente, sino con un método adecuado a las  características de la capa. Lo habitual es empezar por la regadura, que es la parte en la que la capa es más blanda. Si se hace un surco  profundo en la regadura, luego será más fácil desprender grandes bloques de carbón. A esa tarea se  llama regar.  Cuando se picaba a mano, la tarea de regar se hacía con una pica más pequeña, la regadera. José conserva en casa una de su padre, pequeña y ligera, como si fuera para un rapacin. Se manejaba con una cadencia muy rápida empleando más la fuerza que la habilidad. La fuerza había que hacerla con la pica, grande y pesada, para desprender el carbón, que, aflojad, al faltar la regadera, se desprendía en grandes bloques. Todavía no hace tanto que se trabajaba así. Los martillos de aire comprimido no comenzaron a generalizarse en las minas asturianas hasta después de la guerra.
Para manejar un martillo también se necesita fuerza. Aunque cada vez los hacen más ligeros, pesan mucho para manejarlos con una sola mano y la vibración cansa tremendamente el antebrazo. Picar una labor algo agotadora. El picador se va quitando la ropa a medida que avanza la faena. Al principio dejo la chaqueta colgada en un bastón, luego se quita la camisa y, a  veces, también, la camiseta. Pronto esta bañado en sudor. Y con el sudor se va mezclando el fino polvo negro que flora en el aire.
Ahora los talleres de arranque tienen una atmosfera más respirable que antes. José recuerda que, cuando empezó a trabajar, había veces que la polvareda era tan espera que apenas se podía ver. La silicosis era poco menos que inevitable a los pocos años de trabajo en una rampla. Su padre se jubilo con el segundo grado y murió con el tercero porque la silicosis sigue avanzando, aunque uno haya dejado la mina. Algunos picadores y barrenistas usaban una mascarilla, que era una esponja que se sujetaba a la cara con una goma. Pero la mayoría prefería trabajar sin ella, porque decían que no servía de nada y daba calor. Y además, el trabajo era tan duro, que muchos veían la llegada de la silicosis como una liberación, porque permitía pasar de un puesto compatible o, en los casos más avanzados, jubilarse pronto. Claro que en ese caso, si no se conseguía que le declarasen a uno de tercer grado, la pensión era muy pequeña.  Por eso muchos mineros libraban, después de jubilarse, una nueva lucha, esta vez ante el tribunal médico que los examinaba para comprobar si el mal había avanzado. Ir a reconocimiento era exponerse a una doble angustia: el temor a seguir condenado a la miseria de una pensión raquítica o el miedo, aun mayor, de saber que el mal había avanzado. Y la silicosis, lo dicen los médicos, es una enfermedad sobre la que influye  mucho la psicología del individuo. Hay silicoticos que tienen los pulmones como una piedra y se sienten mejor que otros que los tienen más limpios. Los de temperamento nervioso sufren más y, a veces, basta cualquier menudencia para ponerlos al borde de la asfixia.  Hace pocas semanas, recuerda José, a Manolín, un vecino,  tuvieron que marchar con él a toda prisa para el Instituto de Silicosis porque, viendo un partido de futbol en la televisión, se puso nervioso y empezó a notar que se ahogaba. Y, cuando eso ocurre, no hay otra cosa más terrible. Su padre, pese al tercer grado, no sufrió mucho con el mal. Al final se afogaba  mucho cuando tenía que subir una cuesta o la misma escalera de casa, pero nunca necesito tener oxigeno , ni siquiera lo internaron.  Pero él conocía de casos que aquello no era vivir. Y, sobre todo, no podrá olvidar nunca aquella vez que fue a ver, al Instituto, a su tío Marcelo, cuando se estaba muriendo, con la boca abierta y los ojos desencajados, y aquel pecho hundido, mientras las clavículas eran como puñales de puro salientes y afiladas, que quisieran rasgar la piel. Se le veía que solo quería morir de una vez y dejar de sufrir.
Ahora hay menos polvo porque se inyecta con agua la capa antes de picarla. Los inyectadores suelen trabajar en el tercer relevo, el de la noche. Utilizan unos martillos parecidos a los de barrenar, pero con una cánula incorporada que mete agua a presión en la vena de carbón y la humedece tanto que luego, a veces, los picadores acaban empapados. Pero mejor la humedad que el polvo. Antiguamente, la rampla era una polvareda en la que ni se respiraba ni se veía. Todavía no se trabajaba con la lámpara de casco y la luz de que disponía cada picador era minina. Trabayábase a palpu, contaba su padre. Se colgaba la lámpara de seguridad de un bastón y con el coquin de luz  había que ver. Los mineros tenían que forzar tanto la vista que muchos de ellos enfermaban del “nystagmus”, es decir, que empezaban a ver unas manchas negras y algunos  llegaban a quedarse ciegos.
Hoy la lámpara de seguridad solo la usa el vigilante. Aunque hay aparatos más modernos y sensibles para detectar la presencia del grisú – los grisuómetros – la lámpara sigue todavía siendo útil, porque avisa con toda certeza de la presencia del gas. La llama se pone azul, entonces alumbra con más intensidad. Con relación al gas sí que mejoro. Antes eran frecuentes las explosiones y había catástrofes terribles. José era todavía rapacin cuando la catástrofe de María Luisa. Se acuerda como si lo viera, que aquel año fue a las fiestas de Santiago y en el desfile de carrozas había una que representaba el accidente, con un minero que empujaba una vagoneta en la que iba el cuerpo de un compañero todo cubierto de sangre. A él aquello le dio miedo y recuerda que su madre lloraba y que su padre miraba muy serio, sin decir palabra.
Las explosiones. José oyó hablar de una muy famosa, la de la mina Taracon, en Aller, que decían que salía como un huracán por la bocamina. Eran frecuentes los accidentes de quemados. Cuando José va a tomar un café a Casa Piñón, allí está siempre Juanin, con la cara completamente quemada, la piel tirante y casi sin narices ni orejas. Pero así y todo, salvo. Hay que tener mucho respeto al gas, porque, por muy bien que este la ventilación, siempre lo hay. Hay capas que dan más que otras. Los pozos de la cuenca de Aller, por ejemplo, están clasificados de cuarta categoría, porque el carbón es muy grisuoso. Pero incluso las capas más limpias desprenden grisú, que está en el polvo de carbón. Cualquier chispa lo puede hacer inflamarse. Por eso esta tan castigado el fumar en la mina, hasta el punto que simplemente meter la cajetilla de tabaco equivale, si se descubre, al despido fulminante. Y   no hay sindicato que, en un casi así, se atreva a defender al trabajador que cometa la infracción.
Entre el tablero y el frente hay un espacio por el que va cayendo el carbón, a medida que José lo hace desprenderse de la capa con el martillo. Como se trata de una capa muy pendiente, casi vertical, los grandes bloques de mineral corren hacia el fondo de la rampla con facilidad, fragmentándose, mientras chocan con las mampostas o con los hastiales. En los talleres menos pendientes se ponen unas chapas, a modo de canal, para que se deslice el carbón y en os mas tumbados y horizontales los guajes tienen que palear constantemente para primero quitarle de encima el carbón al picador y luego acercarlo al pozo. O eso era más bien antes. Ahora las pocas capas echadas  que existen  en los yacimientos asturianos suelen estar mecanizadas. El carbón se arranca con un cepillo y cae en un páncer, que lo transporta hasta la zona de carga. En estos talleres el posteo se  hace con estemples, o sea, mampostas metálicas, hidráulicas, y en muchos, ni siquiera se rellena. A medida que avanza el frente, se van quitando las mampostas y el techo se va hundiendo.
Hay también capas inclinadas que se mecanizan. En esas se utilizan las rozadoras. Un cabestrante tira de ellas desde la galería superior, y la cabeza de la rozadora, que también tienen un avance autónomo, va comiendo la capa. Pero la mayoría de las capas de los yacimientos asturianos son difíciles de mecanizar. Algunas, porque son demasiado pendientes. La mayoría, porque son demasiado irregulares. Están llenas de repuelgos y cortadas muchas veces por fallas. Las rozadores que se importan de Rusia, de Alemania o de Inglaterra tienen potencia suficiente para arrancar el carbón, pero no para llevar por delante una intercalación rocosa que aparezca de pronto en la capa. Entonces hay que desmontar la rozadora, volar los repuelgos o ahorcar la falla y , cuando el taller vuelve a estar en condiciones, instalar la maquina otra vez. En Asturias hay muy pocas capas regulares que mantengan siempre la misma potencia. Lo de menos es que presenten estrechones o anchurones. Lo malo son los otros trastornos. Por eso sigue predominando el arranque manual y los técnicos opinan que el martillo picador seguirá siendo el medio principal para sacar el carbón mientras haya minas en Asturias. José ha oído muchas veces que los  yacimientos como los de Asturias no se explotan en ninguna parte, porque en el extranjero solo se aprovechan las capas tumbadas y se dejan las verticales. Por eso, lo sabe el, los asturianos tienen la fama de ser los mejores mineros. No es fácil ser buen picador. Hay gente que cree, incluso gente que vive en la cuenca minera, que un picador es una especie de picapedrero, con unos brazos muy  fuertes, que tira p’alante, sin más.  Pero picar es casi lo de menos, aunque sea tan cansado y tan duro que en una jornada no se esté con el martillo más de dos horas y media o tres. Lo difícil no es avanzar por la capa. Lo difícil es avanzar con seguridad. Más importante que saber picar es saber postear. Por eso al posteador, que no  pica, sino que se ocupa de mantener en condiciones la calle del taller, se le reconoce más categoría que al picador. José ha empezado a picar la serie por la parte de arriba y  ha ido abriendo un hueco profundo. Su tarea , a lo largo de la jornada, va a ser normalmente, picar una serie, es decir, dar un avance uniforme a lo largo de todo el frente, que mide entre cinco y seis metros de altura. Trabaja a destajo, lo que quiere decir, que cuanto más avance, más dinero ganara pero eso no quiere decir que tenga que avanzar un mínimo para tener derecho a un mínimo , sobre el que se añade el incentivo. El vigilante es quien controla la producción de cada picador. Al comienzo de la jornada pone en cada tajo el potel que le servirá de referencia para medir desde esa marca el avance que ha realizado el picador después de haber cuadrado la serie, esto es, después de haber posteado el avance y dejado un frente uniforme para el picador que entre en el siguiente relevo.
Lo habitual es que, salvo que la capa sea muy estrecha y permita un avance mayor, el picador coloque una sola jugada durante su tiempo de trabajo. Jugada, juego o xuegu  tienen, en el lenguaje minero, el doble significado de avance consolidado por la entibación o el ensamblaje  para ese apuntalamiento del tajo.  Las juagadas se colocan más próximas o más distantes entre sí en función de las condiciones generales que presenten la capa y los hastiales. Si el techo esta falso, con amenaza de desprendimiento de grandes bloques de roja (costeros) o si la capa presenta peligro de derribo, es preciso aproximar las jugadas e incluso empiquetar la labor. Los costeros son más fáciles de ver que los derrabes de predecir. Un accidente por la caída  de un costero suele ser consecuencia de un descuido. Un derrabe, en cambio, puede ser completamente impredecible: de  pronto, el frente de carbón o la niveladura de la serie se le viene encima al picador y entonces no hay nada que hacer. Solo en ocasiones la capa avisa. Es cuando el carbón empieza a esmigarse poco a poco. En esos casos hay que dar una voz avisando a los otros compañeros del taller y salir corriendo a toda velocidad, porque a veces en uno o dos segundos está en juego la vida.
Al  postear se persiguen dos objetivos: que los hastiales, o paredes de roca entre las que estaba aprisionada la capa de carbón, no se junten, y que el corte de la capa, bajo el que se va metiendo el picador a medida que avanza, no le caiga encima. Este corte, llamado niveladura de la serie, es el que precisa una mayor atención en el posteo. Una gruesa mamposta, o freno, se coloca al final del avance y entre ella y el freno anterior, se embastona. Los bastones son piezas de madera más delgadas y, aparentemente, menos consistentes. Parece que no sujetan apenas, pero una regla de oro de la mina dice que nunca se debe quitan un bastón, por inútil que parezca su función.
Postear es, ante todo, una tarea de habilidad y de precisión. Hay que cortar la madera a medida y ensamblarla de mono que no quede holgura. Se empieza haciendo una bolsa en el muro, que es el hastial que, mirando hacia la capa, queda más abajo. La balsa es un pequeño pozo sobre el que se va a asentar la mamposta. El picador toma entonces el hacho, grande y siempre bien afilado, y mide la distancia entre, la balsa y el techo, o hastial superior. Para ello utiliza un bastón, el mango del hecho o, simplemente, lo hace a cuartas. Ningún picador suele utilizar un metro. Corta la mamposta para ajustarla a esa medida y afila como un lapicero gigante por la parte que va a encajar en la balsa. Por el otro extremo, en cambio, hay que hacerle un cabeciaúra, o concavicidad, para que ajuste la convexidad del bastidor, con el que tiene que encajar. Normalmente, las mampostas ya se las sirven cabeceadas al picador desde la sierra del pozo, pero él suele terminar de labrarlas a su gusto con certeros golpes de hacho. Cuando la mamposta esta lista, el picador arrima un bastidor al muro, con la cara plana ajustada a la roca pulida y la convexa hacia abajo. Si está con él el guaje, le ayuda en la labor. S no, se arregla él solo, echando mano de un bastón o de otro apoyo cualquiera para sostener el bastidor pegado al techo, encajar la mamposta en la balsa por el lado en que está afiliada y luego, valiéndose de la parte de atrás del hacho, el cote, golpeándola para que la cabeciaúra se ajuste perfectamente al bastidor. Si el muro no presenta demasiada consistencia en vez de hacer una balsa, se coloca otro bastidor y se labra un hueco para que encaje la punta de la mamposta. A esta forma de posteo, que es muy frecuente en las minas asturianas, se le llama de chulana. Una vez que la mamposta ha quedado encajada entre los dos hastiales, el picador comprueba su firmeza, golpeándola con la parte de atrás del hacho. Si la mamposta está segura, emita una vibración característica. “Canta como una campana”, suele decirse.
Nivelar bien la serie es la tarea más difícil y delicada, porque en ello le va la seguridad al picador. Una vez que lo ha hecho y que ha colocado otra mamposta, José se toma un descanso y sube a la galería. Algunos emplean esta pausa a mitad de la faena para comer el bocadillo, pero él tiene la costumbre, desde siempre, de comer antes de empezar a trabajar. Pero un trago de vino de la bota, a media tarea, no viene mal. En la galería la atmosfera esta mas respirable que en el taller y también hace más fresco. La  ventilación llena la mina de corrientes. Por eso se ha puesto la chaqueta, pues esta empapado en sudor y puede coger un resfriado o algo peor. Si la silicosis es la enfermedad característica de los mineros, las afecciones bronquiales no son menos características. La humedad, las corrientes de aire y los cambios de temperatura hacen que muchos mineros padezcan bronquitis crónica.
A la hora del bocadillo pueden coincidir cuatro o cinco de los que trabajan en el taller. Se sientan en el suelo y se comenta cualquier cosa. A veces se habla de la labor, otras de futbol o política. Y, no pocas veces, de las condiciones de trabajo. En ocasiones la conversación se alarga un poco más. Tampoco pasa nada por eso. El picador siempre tiene un margen para administrar su tiempo. Normalmente, suele colocar una jugada completa: un freno y dos o tres mampostas. O picar una serie, como se quiera. Tienen que darse muy bien las cosas, o ser un fuera de serie, o reventarse a trabajar – según como se mire—para hacer un avance mayor. Pero, por lo general, el picador no tiene la jornada saturada, como el barrenista, que prácticamente no puede parar  ni un minuto. Cuando entra, se encuentra con el frente patas arriba. Han disparado la pega, y el escombro producido por la voladura se amontona en el suelo. El barrenista y su ayudante tienen que cargar ese escombro en vagones, ayudándose con una pala neumática, levantan los cuadros metálicos para entibar la sección de la galería y, finalmente, hacer con el martillo perforador los barrenos en los que los artilleros colocaran la dinamita con la que volaran la roca. Los barrenistas van siempre contra el reloj y apenas les queda tiempo para comer el bocadillo.
Cuando José regresa al tajo, después del breve descanso, le queda por hacer la mitad de la labor, pero es menos fatigosa que la primera. Ya esta nivelado el techo de la serie, que es la fase más delicada y difícil del posteo, y ahora solo queda cuadrar el tajo. Pero, en contrapartida, las fuerzas son menos, porque el cansancio se va haciendo mayor. Y eso que la capa es relativamente cómoda y se puede trabajar de pie. Lo malo es cuando resulta tan estrecha que no puede uno casi ni revolverse. José recordara toda la vida aquel carbonero de medio metro de potencia en el que trabajo durante unos meses en el que ya era una odisea llegar al tajo, porque, encima, tenía estrechones y había sitios en los que había que quitar hasta la petaca para poder pasar. Los ramperos apenas tenían sitio para palear el carbón y, cuando el pozo engolaba, el posteador se veía negro para recorrer el carbón y que bajara hasta la bocarrampa.
A veces se pasa muy mal en la mina. No solo por el riesgo del accidente, que siempre existe, porque se ve mal y siempre hay un techo encima del que uno no puede fiarse nunca, sino porque hay labores muy duras de hacer. Es verdad que lo peor está en la rampla y que seguramente no haya nada tan malo como dar una chimenea: calar, a través de la capa de carbón, desde una galería inferior hasta la inmediatamente superior, con un desnivel de ochenta o cien metros, o más. Así se empieza a poner en explotación un taller. José solo abrió dos chimeneas en su vida . Es el trabajo mejor pagado pero no desearía volver a hacerlo. Se parte de la galería de abajo, se abre un coladero, luego la sobreguia, y se empieza a furar para arriba. Todos los peligros de la mina se junta allí: la acumulación de gases – el grisú, el monóxido de carbono, el polvo del carbón – por la mala ventilación, la posibilidad de desprendimientos del techo, los derrabes. Y, si pasa algo, no hay escapatoria. Y, sin embargo, hay pocos accidentes haciendo chimeneas, seguramente porque se trabaja con más atención que nunca. La mina le respeta a uno, sino uno sabe respetarla. Pero a veces el respeto se le pierde con la confianza y entonces no perdona. Eso decía a menudo su padre y a José se le quedo grabado.
Hay otras tareas difíciles, incluso en la galería. Por ejemplo, hacer una estaya, cuando el empujón de los hastiales estrecho la galería y no digamos levantar los cuadros cuando se agacharon, a veces hasta arrodillarse. Menos peligroso, pero muy duro, es rebajar la vida. Nada es fácil. Pero lo más duro es el arranque, y por eso es lo que más se paga. Pero también la preparación, el transporte y la conservación son trabajos imprescindibles que tienen que ir perfectamente  coordinados para que la mina marche bien. El picador avanza por la capa, pero, por encima y por delante del taller tiene que marchar la galería, por la que llega la madera para entibar y por la que se mete el escombro con el que se rellena el hueco que deja tras si el taller al avanzar. Y por debajo tiene que estar en condiciones la galería en la que se carga en vagones el carbón que a lo largo de la jornada va cayendo hasta el fondo del taller. Hay un continuo trasiego de trenes por los kilómetros y kilómetros de galerías que se han ido abriendo a lo largo de los años de vida de la mina, movidos por pequeñas locomotoras de cumuladores, que conducen los maquinistas de tracción, herederos de los caballistas, que llevaban los trenes de seis vagones arrastrados por una mula. La conservación de la compleja red de aire comprimido es una tarea delicada, que realizan los tuberos. Y el desarrollo del arranque mecanizado ha metido en la mina a nuevos especialistas, como los electromecánicos. Todos son importantes, como lo son también los de fuera, desde el lampistero, que tiene la lámpara a punto, hasta el maquinista de extracción, enfrentado a su delicada misión en la sala de maquinas, grande, alta y limpia como una iglesia, aunque sacudida cada cierto tiempo por los golpes tremendos de los grandes contrapesos que frenan la jaula.
En el taller llego la hora de terminar el trabajo. El vigilante paso por última vez, hizo una marca con el potel para señalar el avance y dio unos golpes a la jugada para ver si estaba segura.  Cuando siguió taller abajo, José empezó a recoger el material. Desconecto el martillo de la manguera y la colgó de un bastón. Luego desmonto el martillo para sacarle la pica, porque conviene llevarla ya afilada a la fragua. Guardo el martillo, el hacho y la pica de mano en un rincón bajo tablero, puso la chaqueta y subió a la galería. Allí ya lo esperaban otros dos. Se pusieron a caminar aprisa, desandando el camino que habían hecho por la mañana, mas cansados, pero más ligeros. Un día menos, un día más. En el camino se habla de cómo fue la jornada o de cómo está el taller. Cuando se ve a lo lejos la luz del embarque, el paso acelera solo. Si uno llega de los primeros, es curioso ver venir a lo lejos a los demás. Aparecen en lo oscuro de la galería unas luces muy débiles, que se mueven como si fueran candiles. Y luego, más y m as, aumentando de tamaño, hasta que comienzan a verse los mineros.  Si se llega de los últimos , el embarque es un puro vocerío. José lo compara unas veces con el mercado cubierto y otra con el recreo de la escuela. “Parecemos rapacinos”, piensa, mientras ve como la gente gasta bromas a gritos, o se empuja en la cola que se forma para coger la jaula. Todo el mundo tiene prisa en salir y cuando llega la primera jaula, los que están los primeros corren a ocupar sitio, apretándose dentro hasta estrujarse.
La jaula sube tan aprisa como bajo. Pausa velozmente por los embarques iluminados de las plantas, hasta que, de pronto, de arriba, empieza a filtrarse la luz blanca del día. Y cuando está a punto de llegar al nivel de la salida, frena casi  en seco. Después, muy despacio, asoma a la superficie. Si hace sol, hay que cerrar los ojos un momento, para acostumbrarse a la claridad. El que está delante, levanta la persiana y todos salen aprisa, muchos con la cara negra, la camisa desabrochada y la camiseta azul brillante de sudor y polvo de carbón. José se acerca a la ragua a dejar la pica del martillo y luego se encamina a la casa de aseo. Entra por la lampistería, aflojándose el cinturón de cuero para sacar la lámpara, que deja encima del mostrador delante de los lampisteros, que las van cogiendo para poner las pilas a recargar, luego pasan por el tablero a recoger la ficha que deposito por la mañana. Esta será la señal de que salió de la mina. No es la primera vez que en un  accidente se descubre después de salir del relevo, porque alguna ficha quedo sin recoger. La mina es grande y a veces los mineros están muy solos. Puedes matarte sin que nadie se entere horas después. Claro que a veces también pasa que algún descuidado se olvida recoger la ficha y organiza un zafarrancho en el pozo para encontrarlo y resulta que está en casa o en el chigre.
A ducharse. En la casa  de aseo se habla a voces mientras los mineros se desnudan. Cuando te que quitas la ropa es cuando te das cuenta de que el polvo de carbón se te ha metido por todas partes, hasta en los calzoncillos y los calcetines. Esta entre los dedos de los pies y, si te suenas, ves que también hasta dentro de las narices. Y al menos, ese se ve. El polvo de sílice, que no se aprecia a la vista, es mucho peor. Flota en la rampla y en las galerías y es el que se instala  en los pulmones y se incrusta en ellos como un ladrillo que va aumentando de tamaño. Por mucho quelas estadísticas digan que se va ganando la batalla a la silicosis, no hay minero que, aunque pase por un reconocimiento cada dos años, no tenga todavía el temor de estar afectado por el mal. En las duchas se habla a veces entre una nube de  vapor. No es fácil quitar el carbón de la piel. Lo mejor es humedecer la pastilla de jabón y aplicarla sobre la piel seca y así enjabonarse fuerte, antes de meterse debajo de la ducha. Todo es oficio en la mina. Hasta saber lavarse.
José se seca, se pone la ropa de calle, envuelve en la toalla húmeda la ropa sucia y con ella debajo del brazo, sale afuera. Como esta mañana llego un poco apurado de tiempo y no pudo pasar por el tablón de anuncios, se acerca un momento. Mira primero el de la central sindical a la que está afiliado, luego el de la otra y el de la empresa. Un vistazo solo, porque no hay ningún papel nuevo. Si hubiera habido novedad importante, ya se hubiera enterado por la mañana. Las asambleas se hacen siempre a la entrada del relevo. Después, todo el mundo tiene prisa. Ya son más de las dos y José marcha directamente a casa. Solo a veces, por el verano, puede pasarse diez minutos a tomar un culete de sidra en el chigre que está delante del pozo. No le gusta hacer esperar a su mujer a la hora de la comida y además, siempre sale con hambre de la mina.
José vive desde hace casi veinte años en una barriada que cambio mucho por dentro y por fuera. Los bloques los reconstruyeron por completo porque estaban que se caían. Ahora el piso no está mal. Es algo pequeño pero también tiene una renta muy baja. Hubo un tiempo en el que él y su mujer dudaron entre comprar un piso en el pueblo o en Gijón. Por fin decidieron que en Gijón. Dentro de unos años terminaran de pagarlo. Van por el verano a pasar el mes de vacaciones y, cuando llegue la jubilación, seguramente se marchen a vivir allí. Ya no que tanto, después de todo. José ya ha hacho números por encima y dentro de cuatro años tendrá la edad resultante para jubilarse con el cien por cien. Siempre trabajo en el interior y lleva dieciséis años de picador , que aplicando un coeficiente reductor de cero como cinca, escomo si tuviese ochos años. Cuando llega a casa, la mujer y los dos hijos ya le están esperando para comer. En eso le gusta transigir. “Salir cuando queráis”, le dice a los  chavales, “pero a la hora de comer y a la de cenar, en punto”. Aunque él, a veces, por la noche llega más tarde, si se entretiene en el chigre echando la partida.
Comen los cuatro en la cocina, que es la pieza mayor de la casa, donde también está la televisión. El no es muy hablador, y desde luego, del trabajo no habla nunca. A lo sumo su mujer le pregunta un “¿qué tal?” y él contesta “Bien”, y ya está  todo dicho. Durante la comida atienden a la televisión o hablar de cualquier cosa. La mujer cuando algo que ha oído por la mañana en la plaza o lo que dijo la radio. El chaval es como  él: hay que sacarle las palabras con gancho. No le gusta que traiga el pelo tan largo y de veces en cuando le dice “a ver cuándo vas al barbero”, pero sabe que no le va a hacer caso y además, está orgulloso de él. “¿Onde tal’l medicu?”, le pregunta a veces a la mujer, con una mezcla de ironía y orgullo. La  que no para es la nena. Tiene quince años y ya va haber que empezar a atarla corto. Pero él en esas cosas no se meta. Se lo deja a su mujer. “Oye, tú, cuidao con esta”.  Después de comer coge un momento el periódico, que compro por la mañana junto al  pozo. Lo mira un poco por encima y enseguida le entra el sopor. “ A mí, la siesta que no me la quiten”, dicen.  Suele dormir hora y media o dos horas. Luego se levanta, se afeita y sale a dar una vuelva. Toma una copa de coñac en el chigre. Luego, si hace bueno, se  acerca hasta los jardinillos. Una o dos veces a la semana va a casa de su madre. Esta ya viejina, pero obstina en seguir viviendo sola. Lola, la hermana, se empeña en que vaya con ella, pero resiste. Hacia las ocho y media vuelve por el chigre. Si no están ya, los de la partida, van llegando. Colás, el compañero, Aurelio y Jandro. Juegan al tute. Un apartida a seis juegos, otra a cuatro y, si hay empate, la buena. A esa hora beben vino. El es más sidrero que otra cosa, pero para jugar el vino es más cómodo. Las dos  parejas andan por ahí. Por eso tiene más interés. A él le  gusta jugar con Colás , porque es de buen compas, habla poco y no se enfada si pierde. Aurelio y Jandro, por el contrario, siempre riñen si les va mal. Pero, total, se trata de pasar el tiempo. Y así, pasa. Hacia las diez o diez y media la partida se acaba. Ya el chigre va quedando vacio. José marcha solo para casa. A veces la mujer y los chavales ya cenaron cuando llega él. Tiene la mesa puesta , esperándole. Si le gusta el programa, se queda viéndolo en la televisión. Está pensando en comprar un video, pero  tiene miedo de que le quite horas de sueño. Hacia las doce – a veces antes -  se acuesta. Es la hora en la que mas hablan: las cosas de la casa  o de asuntos sin importancia. Nunca del trabajo. Alguna vez José se pregunta si su mujer, que es hija de minero, hermana de mineros y mujer de un mineros, se imaginara lo que es una mina, lo que es la rampla. Pero de lo que está seguro es que ella le tiene mucho más miedo a la mina que él. Antes de apagar la luz es ella la que pone el despertador para que suene a las seis.


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